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25 de junio de 2017
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Ojo de mosca

No. 80 Preguntas básicas para científicos

Muchas veces a los científicos se les hacen preguntas que se consideran “muy profundas”. Preguntas como ¿qué es el tiempo?, ¿qué es la vida?, ¿qué es la conciencia? y otras similares.

Desde luego, son preguntas difíciles. Pero de algún modo pueden responderse, y han sido respondidas −hasta cierto punto, y dentro de ciertos marcos de referencia muy definidos− por los científicos. El concepto de tiempo, por ejemplo, aunque siga siendo indefinible en un plano filosófico, ha sido delimitado por los físicos con suficiente precisión como para poder usarlo en los modelos que construyen para explicar el Universo. La vida ha dejado también de ser una esencia misteriosa y hoy se puede describir en términos concretos de estructura, función e interacción de las moléculas que forman las células vivas. Y la conciencia está comenzando a ser entendida con la misma profundidad.

Existen otras preguntas “profundas” que quedan definitivamente fuera del campo de competencia de la ciencia, y que por tanto no tiene sentido formularle a un científico: ¿existe Dios?, ¿de dónde venimos y por qué estamos aquí?, ¿cuál es el sentido de la vida?

Pero hay otro tipo de preguntas que, según indica el sentido común, la ciencia debería ser capaz de responder, y sin embargo no lo ha hecho. Se trata de preguntas muy básicas relacionadas, curiosamente, con la física (que es, discutiblemente, la más básica entre las ciencias naturales). ¿Por qué las cargas eléctricas de signos opuestos se atraen?, ¿por qué el tiempo corre hacia delante?, ¿por qué todo en el Universo obedece la segunda ley de la termodinámica?, ¿por qué la materia tiene masa? Desde luego, se han ofrecido conjeturas, explicaciones sugerentes, pero las respuestas no son definitivas.

Ni la química ni la biología parecen tener tantos problemas con sus conceptos más básicos (en parte, hay que decirlo, gracias a que se basan en los conceptos básicos de la física). Las razones por las que dos moléculas reaccionan entre sí, o por las que una proteína de la clase de las enzimas es capaz de acelerar cierto tipo específico de reacción bioquímica, o la manera en que el ácido desoxirribonucleico almacena la información genética, han sido elucidadas satisfactoriamente.

¿Qué se saca en claro de todo esto? Quizá una conclusión que no debería ser sorpresiva: que la ciencia nunca puede ofrecer explicaciones completas. No puede hacerlo ningún sistema humano de conocimiento. Sin embargo, la ciencia es quizá el que más ha logrado acercarse a esas elusivas “bases” que se hallarían en el fondo inalcanzable de la explicación del mundo natural. Lo cual, desde cualquier punto de vista, no es un logro menor.

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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