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26 de marzo de 2017
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Ojo de mosca

No. 82 Tres objeciones a lo sobrenatural

Una de las características de la ciencia que más frecuentemente se subraya es su carácter naturalista: su rechazo implícito y total de cualquier suposición sobrenatural para explicar la naturaleza.

Podría pensarse que tal rechazo es una simple opinión, una elección caprichosa o bien un prejuicio sin mayor fundamento. En realidad, las razones que lo sustentan son profundas y tienen que ver con la posibilidad misma de hacer ciencia. He aquí algunas de ellas.

Una primera razón para rechazar las suposiciones sobrenaturales es que, dentro del juego de la ciencia, equivalen a hacer trampa. En efecto: si una explicación recurre a la magia, milagros o la intervención de entidades divinas, esto implica que nosotros, como seres sujetos a las leyes de la naturaleza, seremos incapaces de entender tal intervención: el “más allá”, por definición, se halla más allá de nuestra comprensión. Se trata entonces de explicaciones que no explican nada: sólo pueden aceptarse como acto de fe, pero no entenderse. La ciencia, en cambio, busca darnos una visión comprensible de la naturaleza.

Por otro lado, las explicaciones sobrenaturales violan una de las reglas prácticas más útiles en ciencia: la llamada “navaja de Occam” o principio de parsimonia, que exige la mayor simplicidad posible en las suposiciones. Una vez que empezamos a multiplicar las explicaciones (y es indudable que postular la existencia de seres sobrenaturales es más complicado que proponer explicaciones naturales), ¿dónde debemos parar? (¿Quién es el verdadero causante del fenómeno que estamos observando: dios, un fantasma, duendes, los extraterrestres, la CIA, Santa Clos?)

Pero quizá la razón más importante que justifica el rechazo científico a lo sobrenatural se halla en lo que Jaques Monod, uno de los padres de la biología molecular, llamó el “principio de objetividad”: la suposición de que no hay un proyecto detrás de la naturaleza. Monod argumentaba que, si no se adopta este principio indemostrable, la investigación científica resulta inútil y pierde todo sentido. ¿Para qué buscar explicaciones por medio de observaciones, experimentos, planteamiento y discusión de hipótesis y generación de modelos si en realidad todo puede ser simplemente parte del Gran Plan de la Naturaleza (que, desde luego, debe ser producto de algún ser superior)?

Así como no tiene caso que un detective comience a buscar pistas y generar hipótesis para encontrar a un criminal si en realidad cree que el asesinato lo cometieron fantasmas o extraterrestres, el científico no puede hacer su labor a menos que suponga que las explicaciones detrás de los misterios que investiga pertenecen al mundo de lo natural.

Se trata, sobra decirlo, de una suposición que vale la pena: ha dado lugar a todos los grandes logros de la ciencia.

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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