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18 de diciembre de 2017
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Ojo de mosca

No. 86 La existencia de las cosas

Parece extraño cuestionar la existencia de lo que percibimos en la vida diaria. Después de todo, la ciencia pretende ocuparse de lo que existe; entenderlo, explicarlo y manipularlo. Las cuestiones ontológicas (¿qué existe en el mundo?) y epistemológicas (¿qué podemos conocer acerca del mundo?) parecen interesar sólo a los filósofos.

Y sin embargo, los científicos, por más que supongan que trabajan exclusivamente con entidades reales, se ocupan constantemente de objetos más bien fantasmales: conceptos teóricos y modelos que, a fuerza de usarlos, acaban por adquirir —o así nos lo parece, luego de un tiempo— una aparente solidez.

Un ejemplo sencillo es el de fuerza. Para los físicos, y en el uso común, las fuerzas parecerían ser algo real, objetivo, existente. Sin embargo, una fuerza no puede observarse más que a través de su efecto sobre algún objeto físico. Incluso hay casos en que un mismo efecto puede explicarse recurriendo a distintas fuerzas, según el marco de referencia que se elija para estudiarlo. Y es que las fuerzas son, en realidad, las explicaciones que nos construimos para dar sentido a ciertos efectos que observamos en el mundo físico.

Otro ejemplo es la energía: a veces parece tratarse de un fluido con existencia física, algo que puede acumularse, fluir, transformarse (pero nunca destruirse). Y sin embargo, tal fluido no existe. No hay manera, por ejemplo, de aislar “energía pura” (como a veces se muestra en películas de ciencia ficción). Y no es posible porque la energía es sólo un objeto conceptual: un número que podemos calcular para describir, e incluso predecir, ciertas propiedades de los sistemas físicos.

Si la física está llena de entidades cuya existencia es más bien teórica (¿existirán realmente los cuarks, que nunca pueden observarse aislados?), otras ciencias, como la biología, no están exentas de ellas. La selección natural, central para explicar la evolución y adaptación de los seres vivos, no es una “fuerza” que esté ahí afuera, observando a los organismos para elegir a los más aptos y hacer que sobrevivan (de hecho, ese es el error que cometen quienes, como no entienden la teoría darwiniana, se oponen a ella). La selección natural, nuevamente, es sólo el nombre, el concepto teórico con el que describimos lo que observamos en la naturaleza.

Los filósofos se cuestionan si en vista de que sólo podemos percibir el mundo a través de los sentidos, y de que los sentidos a veces nos engañan, podremos alguna vez estar seguros de que conocemos ese mundo. Los científicos, aunque a veces no se den cuenta, se enfrentan diariamente con el mismo dilema.

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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