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28 de junio de 2017
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Ojo de mosca

No. 88 Intolerancia y ciencia

La intolerancia (es decir, según el diccionario, la falta de “respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”) ha estado presente desde siempre en la historia de la humanidad.

Sin embargo, a lo largo de esa misma historia se ha ido reconociendo, en la mayoría de las sociedades, que la tolerancia, junto con otros valores como la libertad y la democracia, representan un avance valioso que debe ser promovido. Por ello, hoy se reconoce generalmente que conductas como la discriminación, la esclavitud o las prácticas de los gobiernos totalitarios son inaceptables. Lo cual no quiere decir, claro, que no sigan existiendo; sólo que lo que antes era aceptado sin más hoy se ha convertido, afortunadamente, en algo repudiado y condenado por la sociedad.

Recientemente la publicación en varios diarios europeos de una serie de caricaturas en las que se ridiculizaba al profeta Mahoma ha causado una ola de ataques violentos a las embajadas de países de Europa en varias naciones islámicas. Se trata sin duda de una falta de respeto a las creencias de quienes profesan una de las principales religiones del mundo, pues además de satirizar a una de sus figuras centrales, se viola el principio que prohíbe a los musulmanes representar gráficamente al profeta. Se trata también de una expresión más de la cada vez más generalizada discriminación que sufren los inmigrantes islámicos que habitan en países europeos.

Sin embargo, y a pesar de las injusticias que haya detrás de la situación, el caso representa también un choque de valores: los de la libertad de expresión —probablemente llevada a un extremo imprudente— y los de una religión que algunos extremistas —de ninguna manera todos los creyentes islámicos— interpretan como justificación para llegar a la violencia.

¿Tiene algo que ofrecer el pensamiento científico respecto a este tipo de problemas? Quizá sí: el valor que le da al uso de evidencia comprobable para verificar lo dicho y de argumentos racionales para justificarlo. Cuando hay choques entre culturas, en los que se puede caer en discusiones interminables, podría ser útil aplicar el principio de que, por encima de valores que en la esfera personal pueden ser perfectamente respetables (como los religiosos), en la esfera pública deberían preferirse aquellos que estén fundamentados en evidencia. No es casual que el pensamiento democrático, dentro del cual ha florecido el respeto a los derechos humanos, incorpore el pensamiento científico como base de la educación pública.

Las discusiones seguirán, probablemente. Pero el uso del pensamiento racional por encima de las creencias particulares podría ayudar a evitar futuros conflictos. ¿Será esto posible?

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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