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23 de abril de 2017
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Ojo de mosca

No. 89 ¿Ciencia básica o ciencia aplicada?

Todo mundo lo ha escuchado alguna vez: “En un país como el nuestro, con tantas carencias, no parece justificado invertir el dinero de nuestros impuestos en aquella ciencia que no aborde los Grandes Problemas Nacionales: pobreza, desigualdad social, enfermedades, desnutrición, falta de agua u otros servicios…”

Esto implica que la investigación científica que aborda los problemas llamados “básicos”, es decir, aquellos que no tienen una aplicación directa (la referencia clásica es a aquellos científicos que “estudian la pata de la mosca”), debería quedar, naturalmente, en segundo lugar en la agenda de desarrollo de la ciencia nacional. Y como el presupuesto rara vez alcanza, y jamás sobra, esto querría decir con frecuencia que los fondos para aplicar la ciencia básica nunca llegarán.

Pero ya Louis Pasteur dijo alguna vez que no existe la ciencia aplicada; sólo las aplicaciones de la ciencia. Y el científico mexicano Ruy Pérez Tamayo añade que la ciencia —actividad humana que busca comprender la naturaleza y cuyo único producto es el conocimiento— no se ocupa de resolver problemas sociales, laborales, de salud y ni siquiera tecnológicos, sino solamente problemas científicos.

Visto así, parecería que la distinción entre ciencia básica y ciencia aplicada es más bien una falacia, o al menos un malentendido. Según Pérez Tamayo (y Pasteur parecería apoyarlo), una cosa es generar conocimiento acerca de la naturaleza y otra muy distinta es aplicar dicho conocimiento, por ejemplo para resolver los Grandes Problemas…

¿Qué hay entonces de la investigación que se hace, y que indudablemente resulta importante, para desarrollar medicinas, máquinas, tratamientos o procesos que permiten abordar esos problemas y quizá encontrar soluciones para algunos de ellos, elevando así el nivel de vida del ciudadano? Simplemente, que no se trata de investigación científica, sino tecnológica, médica o social. Investigación que, por supuesto, también es importante apoyar, pero que se nutre de los resultados —del conocimiento— que produce la “ciencia básica”, o mejor dicho, la investigación científica. Pretender realizar sólo ciencia aplicada es como querer obtener manzanas sin primero cultivar los árboles que las producen.

Según Pérez Tamayo, más que distinguir entre ciencia básica o aplicada, importa apoyar la ciencia bien hecha. Es decir, la que produce nuevo conocimiento confiable, de calidad, que ya luego podrá ser aplicado para beneficio de la sociedad. Y la historia nos muestra que el conocimiento científico, aun aquel que parece más abstracto, llega tarde o temprano a generar aplicaciones útiles.

Aunque en realidad, y parafraseando al famoso físico Richard Feynman, “la ciencia es como el sexo: algunas veces tiene aplicaciones prácticas, pero no es por eso que la hacemos”.

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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