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25 de febrero de 2017
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Ojo de mosca

No. 91 Medicina y ciencia

En un principio eran los chamanes. Se trataba sólo de curar, si era posible, o de ofrecer al menos algún alivio.

Quienes se dedicaban a ello lo hacían porque lo habían aprendido, o bien tenían facilidad para intuir qué podría ser más útil, o más reconfortante.

La acumulación de experiencia, del proceso de prueba y error sumado a la memoria, poco a poco resulta en la creación de sabiduría. Así, el conocimiento que los pueblos acumulan se va convirtiendo en el saber tradicional que sigue todavía resolviendo problemas médicos –o al menos reconfortando a los enfermos– ahí donde la medicina moderna no llega, o cuando no alcanza a ofrecer soluciones.

Pero el conocimiento tradicional no es estático. A lo largo de los siglos de acumulación de saberes y la exploración de alternativas ha ido convirtiéndose en algo más. En algún momento, el arte de curanderos y chamanes comenzó a transformarse en el oficio de la medicina.

El proceso fue largo, y en él convergieron distintas vertientes: filosofía, alquimia (y su descendiente, la química), historia natural (y posteriormente la actual biología), rudimentos de lo que hoy llamaríamos psicología…

En algún momento, ese río cada vez más caudaloso que llevaría a la medicina moderna se topó con una nueva forma de abordar los problemas. Un método que, prescindiendo de suposiciones sobrenaturales y asentado firmemente en el conocimiento del mundo físico, permitió que los esfuerzos de aquellos que se dedicaban a sanar, o al menos a consolar, a sus semejantes enfermos, avanzaran con mucha mayor rapidez y seguridad que nunca antes en la historia. La medicina se volvió científica.

Si la naciente medicina adoptó a la ciencia no fue por casualidad, sino porque funciona. El método científico –más que un método, una manera de confrontar los problemas que, por supuesto, no puede ser reducida a simple receta mecánica– es la mejor manera que conocemos para generar conocimiento confiable acerca del mundo natural.

Y sin embargo, a pesar de contar con esta herramienta, y de los numerosísimos avances que la tecnología le ha proporcionado, la medicina no ha dejado de ser, en gran parte, un arte en el que la intuición y las habilidades naturales de cada médico son las que determinan su capacidad de ayudar a los que sufren. Tampoco ha logrado, por supuesto, resolver todas las enfermedades, ni ofrecer una garantía de curación.

En un principio eran los chamanes. Se trataba sólo de curar, si era posible, o de ofrecer al menos algún alivio. Y eso es lo que sigue haciendo la moderna medicina científica. Sólo que ahora lo hace mucho mejor.

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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