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27 de marzo de 2017
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Ojo de mosca

No. 93 La ciencia naturalizadora

Una de las acusaciones que con más frecuencia se le hace a la ciencia es la de ser excesivamente ambiciosa. Los científicos insisten, se dice, en querer explicarlo absolutamente todo, y al hacerlo descalifican cualquier tipo de explicación no científica.

La acusación no es descabellada, pues efectivamente existen científicos que adoptan tales actitudes cientificistas. Consideran que la única vía de conocimiento válida para resolver cualquier problema es la científica.

Pero también es cierto que quienes se quejan de la excesiva ambición de la ciencia son generalmente personas que albergan creencias de tipo místico o esotérico: proponen explicaciones sobrenaturales (es decir, que van más allá de lo natural) para ciertos fenómenos.

La ciencia, como uno de sus supuestos primarios, exige adoptar una postura naturalista ante el mundo que nos rodea. Esto quiere decir que, por principio, se da por supuesto que todo lo que existe puede explicarse sin recurrir a elementos sobrenaturales. Sólo mediante este supuesto puede la ciencia aplicar sus poderosos métodos para resolver problemas y generar así nuevo conocimiento sobre el mundo. Admitir la posibilidad de causas sobrenaturales, y por tanto misteriosas, más allá de nuestra capacidad de comprensión racional, haría imposible la investigación científica.

Algunos fenómenos para los que se plantean explicaciones sobrenaturales son bien conocidos: la vida, la mente, los sentimientos. En este caso, una actitud científica exige suponer que pueden ser explicados sin recurrir a causas misteriosas, más allá de lo que la física, la química, la biología y la psicología pueden explicar.

En otros casos, lo que se pretende explicar son fenómenos cuya existencia misma está en duda (presencia de seres extraterrestres, fenómenos extrasensoriales, fantasmas, magia…). La postura científica en estos casos exige primero demostrar su existencia, antes de comenzar siquiera a investigarlos.

El requisito naturalista de la ciencia podría parecer caprichoso. Pero es una exigencia práctica: se apoya, simplemente, en el hecho de que su aplicación ha permitido a la ciencia producir el conocimiento confiable que hemos venido usando constantemente durante siglos. El naturalismo científico funciona, y esa es la mejor prueba de su valor. Lo cual no quiere decir, claro, que no existan otras formas de explicar e interpretar el mundo que también sean válidas.

Frente a quienes temen que una explicación científica despoje al mundo que nos rodea, y a nuestras propias vidas, de ese halo misterioso que parece darles valor, la actitud científica ofrece explicarlos no como milagros, sino como fenómenos que pueden entenderse racionalmente como parte del mundo natural al que pertenecemos.

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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