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23 de agosto de 2017
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Ojo de mosca

No. 95 Plutón y la ciencia histórica

La imagen popular de la ciencia es una receta para la desilusión. Nos la presenta como un método prácticamente infalible para obtener conocimiento absolutamente certero acerca del mundo; como una autoridad que proporciona solución a todos los problemas.

Pero la ciencia del mundo real resulta ser, cuando se la examina de cerca y sin apasionamientos, sólo una actividad humana más, con todas las fallas y defectos que esto implica… aunque también con virtudes muy particulares.

Es frecuente que se cuestione duramente el carácter cambiante de la ciencia, e incluso que se la descalifique por su falta de constancia. ¿Cómo puede confiarse en ella si en un momento dado afirmó que la Tierra ocupaba el centro del universo, para luego poner en este sitio al sol y finalmente presentarnos la poco intuitiva imagen de un universo que ni siquiera tiene centro? ¿Cómo puede ser que conceptos absolutos como el espacio y el tiempo, cimientos de la visión newtoniana, resulten posteriormente ser flexibles y elásticos como —en palabras de Einstein— un molusco? ¿Cómo aceptar, finalmente, que Plutón, que durante 76 años fue considerado como el planeta más externo, resulte no serlo y se convierta, según se anunció recientemente, en sólo uno más de los varios “planetas enanos” del Sistema Solar?

La solución, por supuesto, no es concluir que la ciencia es tan caprichosa y poco confiable como cualquier método de adivinación. Más bien, habría que conocer las razones que hacen que el conocimiento científico cambie constantemente; que evolucione.

La ciencia tiene una historia. A lo largo de ésta ha ido avanzando, y consecuentemente la visión del mundo que nos ofrece se ha ido modificando. Creemos que para mejorar, para hacerse más exacta. Al menos, eso parece cuando vemos las cada vez mayores capacidades tecnológicas, médicas y prácticas que nos ofrece. La ciencia funciona; sus predicciones se cumplen.

Y es precisamente su carácter cambiante, histórico, lo que le da su fuerza a la ciencia, el método más poderoso que conocemos para obtener conocimiento confiable acerca de la naturaleza. A diferencia de seudociencias y charlatanerías, el método científico, al ser cambiante, tiene la posibilidad de corregir sus errores.

Así como los seres vivos evolucionan gracias a que los organismos mejor adaptados a su ambiente tienen mayores posibilidades de reproducirse y sobrevivir, la ciencia, mediante prueba y error, va seleccionando a lo largo de su historia las hipótesis que mejor funcionan cuando se confrontan con la realidad.

Si la ciencia no cambiara, se estancaría. Sería una ciencia estática, sin historia, pero también sería una ciencia muerta

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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