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27 de febrero de 2017
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Ojo de mosca

No. 96 De lo bueno, ¿poco?

“Lo bueno, si breve, dos veces bueno”, sentenció el jesuita español Baltasar Gracián en su Arte de la prudencia, publicado en 1647.

El consejo pasó a la sabiduría popular en la frase “de lo bueno, poco”, y normalmente acierta: todo exceso suele ser malo, y la moderación es con frecuencia lo más recomendable.

¿Conviene aplicar a la ciencia esta recomendación? ¿Llega el exceso de pensamiento científico a ser nocivo? ¿Puede ser dañina la aplicación de los frutos de la investigación científica?

La última pregunta es fácil. La tecnología muchas veces resulta dañina para el ser humano o el ambiente, a veces deliberadamente, por accidente o por una aplicación irresponsable. Ejemplos: la guerra química, la contaminación de ríos y lagos por desechos industriales, la dispersión de genes provenientes de plantas transgénicas en cultivos tradicionales.

Pero parecería que lo único que falla aquí es la manera en como se están aplicando los frutos de la ciencia. Pueden prohibirse las armas químicas, construirse plantas industriales que no contaminen, y la tecnología transgénica puede aplicarse con medidas de seguridad para no contaminar otros cultivos.

La cuestión del exceso de pensamiento científico es más compleja. Claro, querer aplicar el método científico a cuestiones como el amor, el arte, la política o la religión suena tonto. Sobre todo si entendemos tal método como hacer observaciones, mediciones, experimentos… Pero para evitar tales absurdos sólo se necesita saber dónde es aplicable la ciencia y dónde no. Las ciencias naturales producen conocimiento acerca de la naturaleza, y cuestiones como las mencionadas, que son más bien humanas y sociales, caen fuera de su ámbito.

Parecería entonces que el problema no es la demasiada ciencia, sino sólo la ciencia mal aplicada.

Pero también puede entenderse la ciencia en forma más amplia, como la aplicación de la lógica y el pensamiento racional para generar hipótesis que expliquen los fenómenos que nos rodean y luego someterlas a prueba para ver si son efectivas. Puesta así, la ciencia no suena tan inadecuada para abordar cuestiones sociales y humanas.

Después de todo, incluso el comportamiento humano y social tiene una base en lo natural: existe gracias a nuestras funciones cerebrales, y éstas a su vez son posibles gracias a nuestros genes, que evolucionaron por selección natural.

Sin caer en un exceso reduccionista, es probable que un análisis científico aplicado con sabiduría a asuntos como la política, el amor, el arte o la religión pudiera, si no explicarlos por completo, al menos proporcionarnos algún conocimiento nuevo acerca de estos fenómenos.

Tal vez, en el caso de la ciencia, un poco más nunca viene mal.

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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