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22 de octubre de 2017
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Ojo de mosca

No. 98 Verdad científica

En ciencia, la palabra “verdad” debería usarse con mucho cuidado, o quizá evitarse por completo.

Es común pensar que la ciencia revela verdades acerca de la naturaleza. Sin embargo, el conocimiento científico tiene la característica de que siempre puede ser cuestionado: siempre se puede dudar de sus “verdades”. Es más: son precisamente estos cuestionamientos los que hacen que la ciencia avance. Cuando la duda es justificada y lo que se creía seguro resulta no serlo, el conocimiento científico avanza un paso, que puede ser pequeño o tan importante como para calificarse de “revolución científica”.

¿Es la ciencia entonces una ficción, un mito arbitrario? ¿Cómo puede una teoría ser verdadera y luego dejar de serlo? El carácter cambiante del conocimiento científico muestra que las teorías científicas son sólo modelos: representaciones que usamos para tratar de entender cómo es la naturaleza que nos rodea. Ello no quiere decir que los modelos coincidan perfectamente con esa naturaleza que intentan representar. Pero tampoco que se construyan caprichosamente: la ciencia tiene un compromiso con la realidad, y a pesar de sus limitaciones, intenta reflejarla con la mayor exactitud posible.

A veces, ante el poder de explicación y predicción que alcanzan las teorías científicas, olvidamos esto. Pero hay que recordar que incluso las sensaciones que obtenemos por medio de nuestros sentidos no son percepciones reales, sino producto del procesamiento de datos por nuestro cerebro. Cuando vemos un cuadro, no vemos el cuadro en sí, sino los fotones de luz reflejados en su superficie y que llegan a nuestras retinas. Éstas envían impulsos nerviosos al cerebro, que a su vez los procesa en forma muy compleja para, finalmente, construir una interpretación que nos da la sensación de “ver”.

Si los datos de los sentidos no son la realidad, no son “verdades”, sino modelos que intentan representarla, ¿por qué la ciencia debería ser distinta? Y sin embargo, los científicos quieren conocer la naturaleza, no engañarse. Por ello confrontan continuamente sus teorías con esa naturaleza, y descartan sin miramientos las que no resisten la prueba.

El filósofo Karl Popper decía que las teorías científicas no son edificios construidos sobre sólidos cimientos apoyados en la roca sólida de los hechos, sino chozas construidas sobre un pantano y sostenidas por estacas que clavamos tan profundamente como podemos, sin llegar nunca a suelo firme. Si las estacas son lo suficientemente profundas, la choza será resistente, pero nunca estaremos seguros de que no será derribada.

Más que verdades, lo que la ciencia nos ofrece es conocimiento útil. Nada más, pero nada menos.

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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