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18 de octubre de 2017
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Ojo de mosca

No. 99 Ciencia y autoridad

La ciencia se opone al autoritarismo. En contra del principio de autoridad, que dicta que las cosas valen dependiendo de quién las dice, la ciencia, y en general el pensamiento racional, valoran las ideas en función de las pruebas y argumentos que las apoyan.

Y en efecto: la asombrosa capacidad de la ciencia para producir conocimiento confiable, que funciona cuando se aplica, se debe a que los científicos insisten continuamente en confirmar —por medio de observaciones, mediciones, experimentos— si sus teorías coinciden con la naturaleza. Al final, no importa si una teoría fue propuesta por el científico más famoso del mundo: si sus predicciones no coinciden con la realidad, tarde o temprano será descartada. Los resultados, y no la autoridad, es lo que cuenta en ciencia.

Puede ocurrir que dos teorías científicas opuestas cuenten cada una con pruebas y argumentos en su favor. En esos casos, las opiniones de los expertos se dividen. De estas controversias científicas, que pueden durar años, surgen importantes avances en el conocimiento; a veces tan grandes como para considerarse revoluciones científicas.

Aunque en esas discusiones con frecuencia intervienen factores políticos y hasta propagandísticos, al final la teoría que gana lo hace porque tiene las mejores pruebas y argumentos, y tarde o temprano convence al mayor número de expertos. De este modo, es el consenso de la mayoría científica, y no la autoridad de los científicos individuales, lo que decide cuál teoría se acepta y cuál se rechaza.

Pero de vez en cuanto surgen teorías que no son apoyadas por los expertos, sino por unos cuantos científicos que normalmente provienen de otras áreas, y que van en contra del consenso. Aunque a veces estos “rebeldes” tienen razón, lo común es que defiendan ideas incorrectas, que ya han sido descartadas, o que simplemente no son científicas. Curiosamente, suelen recurrir a argumentos de autoridad: buscan el apoyo de científicos importantes y reconocidos para intentar demostrar lo correcto de sus ideas.

En estos casos, es pertinente reconocer la autoridad de quienes sí son expertos en su campo, y que representan la opinión mayoritaria de los expertos del mundo. Después de todo, por algo son expertos.

Aunque el principio de autoridad no es aplicable en ciencia, sí es necesario distinguir entre el conocimiento autorizado (no autoritario) de los expertos en un campo y las opiniones de científicos que, por buenos que sean, pertenecen a otra especialidad.

En otras palabras, no por ser científico se vale opinar de cualquier tema.

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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