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23 de enero de 2018
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¿Quién es?
Marietta Tuena
Foto: Pilar Unzeta

No. 8 Marietta Tuena

El oficio de conocer dudando

Encaramada en su árbol de fruta-pan— en un solar de Chetumal, Quintana Roo—, de niña Marietta dudó de las bondades del aceite de ricino y las vacunas, y rehusó poner pie a tierra hasta que, con argumentos, sus padres la convencieron de bajar. Así conoció el paraíso de la libertad. Hoy, a sus 62 años de edad, la Universidad Nacional le paga por dudar sistemáticamente de cuanto se da por sentado acerca de los mecanismos energéticos de los sistemas biológicos y la reconoce como investigadora emérita.

Para la doctora Tuena, investigadora de tiempo completo en el Instituto de Fisiología Celular, la ciencia representa “una manera de vivir en la que la verdad es lo único importante”. El científico —dice— debe ser inquisitivo; si afirma algo, está obligado a demostrar la validez de su aseveración. “Nuestro trabajo es pensar y repensar. Es una actividad laboriosa y a veces frustrante, pues hay ideas que no resultan y trabajos que no dan fruto. Por eso, más que inteligencia, la ciencia requiere persistencia”. Y si alguna cualidad distingue a esta mujer de voz apacible y maneras relajadas, que teje ideas con orden y firmeza, es precisamente su tenacidad. Fue la cuarta hija de dos inmigrantes italianos que se conocieron y casaron en Chetumal poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Cuando entró a la escuela primaria ya sabía leer y escribir. Al concluir el primer año escolar, la familia se mudó a la Ciudad de México. Para Marietta fue un trauma. Privada de su árbol de fruta-pan, de su maestra, de sus andanzas —descalza y casi desnuda— por la orilla del mar, de empaparse bajo los chorros de agua de lluvia que caían de los aleros de su casa, de los viajes a Belice y de las vacaciones en los cayos marinos, de esa “vida preciosísima de gran libertad”, se sintió encerrada en el pequeño departamento de la calle Agustín Melgar. La consolaron el cercano bosque de Chapultepec y los mangos y ciruelas verdes que comía al salir de su nueva escuela, porque le recordaban su terruños. Pese a todo, admite con el regocijo que parece llevar inscrito a flor de piel, “aquí me fue bastante bien”. Entre sus gustos estaba el escribir pequeñas historias, y lo hacía tan bien que una de ellas, Doña Moscona, resultó premiada en un concurso y Marietta la leyó en una radioemisora. Todo mundo creyó que su vocación eran las humanidades, y así lo corroboraron las pruebas de aptitud que le practicaron en la escuela secundaria. Pero ella eligió un destino distinto.

La futura doctora Tuena era una de las tres mujeres entre medio centenar de alumnos que formaban su grupo en la Escuela Nacional Preparatoria, ubicada entonces en la calle de San Ildefonso. Esta desproporción y el menosprecio a sus capacidades académicas, por el hecho de pertenecer al género femenino, le planteó un reto, que afrontaría de nuevo en la Facultad de Medicina —donde se graduó como médico cirujano—, al prestar su servicio social en Coatetelco, Guerrero, e incluso mientras cursaba su doctorado en bioquímica, en el Departamento de Biología Experimental del Instituto de Biología, o realizaba su primera estancia como profesora visitante, en la Universidad John Hopkins, de Baltimore, Estados Unidos.

Para entonces, Marietta estaba ya casada con el doctor Armando Gómez Puyou y acababa de dar a luz al menor de sus tres hijos. De su esposo, quien desde que estudiaron la maestría ha sido su colega y frecuente colaborador científico, dice: “Me gustó su seguridad y su inteligencia; la crítica mutua ha sido parte de nuestro éxito académico”. Juntos han realizado numerosas estancias de investigación en Estados Unidos, Suiza, Brasil, Polonia y Suecia, muchas veces acompañados de sus hijos, pues como explica la doctora Tuena, siempre ha vivido “en una especie de clan”.

Instalada en la sala de su casa —donde se realiza esta entrevista—, rodeada de una ordenada selva de plantas, cuadros y bellos objetos de uso cotidiano, que crean una atmósfera de viva exuberancia intelectual, y acompañada por el trinar de numerosos pájaros enjaulados, la doctora Tuena resume su actual línea de investigación: “Me dedico a estudiar la cinética de la enzima que hace el adenosín trifosfato, la moneda de cambio utilizada por la célula para llevar a cabo cualquier proceso. Esta enzima es una molécula extraordinariamente complicada, pero hermosísima, una catedral proteica que sirve para mantener la vida”. ¿Qué significa la vida para la doctora Tuena? “Una maravilla, por eso hay que vivirla con pasión y deleite”. ¿Y el futuro? “Quisiera que mis nietos —tres hasta hoy— siguieran este camino, esta pasión infinita de saber”. Y concluye “Quien guste de la ciencia, debe ser curioso, conocer cosas que están ahí pero que nadie ha visto antes”. Como la posibilidad de hacerse dueña de su propia vida, dudando desde un árbol de fruta-pan.

Personalmente

Mayor defecto: El idealismo, porque afecta mi estado de ánimo. Y un científico debe ser objetivo y racional.

Mayor virtud: La tenacidad.

Si no fuera bioquímica: Me hubiera gustado mucho ser astrónoma; o bailarina de ballet, si hubiera tenido facultades.

Manías: Las plantas. Tengo debilidad por comprarlas y cuidarlas, aunque ya no haya dónde ponerlas.

Aficiones: Los libros, la música clásica, el cine sin violencia, la historia en general y la cocina, en especial la italiana.

 

Miguel Ángel Rivera Ávila

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