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27 de abril de 2018
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Ráfagas

No. 123

¿Cómo aceleran las mariposas?

Hace mucho que los entomólogos saben que las alas delanteras de las mariposas son las únicas controladas por la musculatura de estos insectos. Entonces, ¿para qué sirven las alas traseras? Thomas Eisner y Benjamín Jantzen, de la Universidad Carnegie Mellon, Estados Unidos, dieron a conocer la respuesta recientemente en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences.

Lo primero que notaron estos investigadores fue que si les quitaban las alas traseras a las mariposas, éstas podían seguir volando. Hicieron grabaciones en video de dos tipos de mariposa, con y sin alas traseras: una diurna, la mariposa de la col, y otra nocturna, la polilla gitana. Con un software tridimensional interpretaron sus trayectorias de vuelo. Cuando sólo tenían las alas delanteras, las mariposas volaban más lentamente y no podían girar rápido, pero seguían los mismos patrones de vuelo.

Eisner y Jantzen encontraron que si bien las alas traseras no parecen fundamentales para que las mariposas permanezcan en el aire, sí lo son para que evadan a los depredadores, pues éstas les permiten dar giros muy rápidos. Las alas traseras funcionan como los remos de la canoa cuando éstos se extienden y ocupan más superficie de agua. Es así que las mariposas logran dar la vuelta y acelerar, huyendo con sus alas traseras.

En lo que se refiere a las mariposas diurnas, las alas traseras cobran especial importancia. Los llamativos colores de estas mariposas hacen que para los depredadores sea fácil detectarlas, de manera que la capacidad de girar y acelerar aumenta sus posibilidades de escapar.

Jantzen ha señalado que muchos otros insectos se mueven a una velocidad significativamente mayor que las mariposas, pero ellas pueden efectuar veloces giros. “Aunque algo sea más veloz que tú en línea recta, si puedes dar la vuelta de repente, no te comen”, dijo Jantzen.

Maíz transgénico en México

Un grupo de científicos dirigidos por Elena Álvarez-Buylla, del Instituto de Ecología de la UNAM, detectó la presencia de maíz modificado genéticamente en distintas localidades de México, confirmando así los resultados de una investigación similar, publicada y posteriormente descalificada por la revista Nature en el año 2001.

En 1998 el gobierno mexicano prohibió el cultivo de maíz modificado genéticamente, ya que México es el centro de origen y diversificación del maíz y el riesgo de que el transgénico terminara por desplazar algunas de las variedades locales se consideró alto.

En 2001 la revista Nature publicó un artículo de Ignacio Chapela y David Quist, investigadores de la Universidad de California en Berkeley, donde mostraban que existía contaminación transgénica en campos de cultivo de maíz en remotas comunidades del estado de Oaxaca. Esto dio origen a un acalorado debate en la comunidad científica; varios expertos cuestionaron los resultados de Chapela y Quist, y la revista Nature, en su siguiente número, publicó una nota del editor en la que éste afirmaba que la evidencia presentada en el artículo era insuficiente. La controversia siguió en 2005, cuando otro grupo de científicos dirigidos por Allison Snow, de la Universidad Estatal de Ohio, reportó no haber encontrado evidencia de transgenes en muestras de maíz colectadas en las regiones donde trabajaron Chapela y Quist.

Para terminar esta controversia, y debido al interés ambiental que supone, Álvarez- Buylla y sus colaboradores realizaron pruebas genéticas en miles de semillas de maíz y en hojas, y encontraron transgenes en cerca del 1% de los más de 100 campos de cultivo que analizaron, que incluyen algunos de los que estudiaron Chapela y Quist en 2001. Para asegurarse de que los resultados eran correctos, las pruebas se repitieron tres veces y fueron confirmadas usando un método diferente. En esta ocasión Allison Snow, autora del artículo del año 2005, aceptó que el estudio demuestra la existencia de “señales positivas de transgenes”.

La investigación, publicada en la revista Molecular Ecology en diciembre pasado, parece demostrar la tesis de que no existe una forma eficiente de prevenir que los transgenes se propaguen, lo que resulta en la inevitable contaminación de los cultivos tradicionales.

El Hombre de Flores no era humano

Una investigación reciente, realizada por los antropólogos Kieran McNulty, de la Universidad de Minnesota, y Karen Baab, de la Universidad de Stony Brook, Nueva York, aporta valiosos datos para solucionar uno de los misterios de la paleoantropología moderna, al concluir que el Homo floresiensis, fósil encontrado en Indonesia en el año 2003 y conocido popularmente como Hobbit por su reducido tamaño (que recuerda a los personajes del libro El señor de los anillos, del escritor J. R. R. Tolkien), no es un ser humano sino una especie nueva para la ciencia, que pertenece al árbol evolutivo de los seres humanos.

Cuando se dio a conocer el descubrimiento de los fósiles en la isla de Flores, Indonesia, la noticia causó revuelo en el mundo científico. Los ejemplares eran muy parecidos a seres humanos, pero de un metro de altura y 25 kilogramos de peso, y vivieron hace sólo 18 000 años (cuando ya había humanos modernos). Muchos se asombraron de que en una época tan reciente hubiera una población de seres humanos diminutos que además, de acuerdo con los restos fósiles encontrados en el sitio, convivieron con lagartijas gigantes y elefantes pequeños.

Utilizando métodos de modelaje en tercera dimensión, los antropólogos compararon características de distintas regiones del cráneo del H. floresiensis con los de otras especies extintas de homínidos y con el que tendría un ser humano de ese tamaño, y concluyen que es probable que el H. floresiensis haya sido descendiente del Homo erectus, uno de los ancestros distantes del hombre moderno, o incluso de alguna especie aún más primitiva. En el artículo, publicado en el Journal of Human Evolution, Baad explica que “la forma del cráneo de H. floresiensis, particularmente la región del neurocráneo, es más parecida a la de fósiles de más de 1.5 millones de años de antigüedad encontrados en África y en Eurasia que a la de los humanos modernos, a pesar de que sabemos que el Hobbit existió hace entre 17 000 y 95 000 años”. Esta investigación concuerda con otra, realizada por William Jungers y Susan Larson, de la misma universidad, que documenta una serie de características primitivas de las piernas del H. floresiensis, que son muy distintas a las del hombre actual.

La Vía Láctea no es como la pintan

Observaciones con radiotelescopios revelan que nuestra galaxia, la Vía Láctea, es un “monstruo” cósmico de cuatro brazos, y es más masiva, veloz y propensa a chocar con otras galaxias de lo que se pensaba.

Mark Reid, de la Universidad de Harvard, y sus colegas, usaron el Conjunto de Base Muy Larga (VLBA, por sus siglas en inglés: Very Long Baseline Array) de la Fundación Nacional para la Ciencia de Estados Unidos para elaborar un mapa de la Vía Láctea. El VLBA es un sistema de 10 radiotelescopios que se localizan a distancias de miles de kilómetros en distintos países y es una herramienta astronómica que posee un enorme poder de resolución: produce imágenes más detalladas que el Telescopio Espacial Hubble. Y es que, a diferencia de las observaciones hechas con luz visible, que se oscurecen con el polvo interestelar, los estudios con ondas de radio permiten a los astrónomos penetrar en estas regiones y hacer observaciones muy precisas a enormes distancias.

Los astrónomos observaron cerca de 20 regiones de intensa formación de estrellas en nuestra galaxia. Dentro de estas regiones existen áreas que son concentraciones de moléculas de gas, llamadas máseres cósmicos, que actúan como amplificadores de ondas de radio, y funcionan como si fueran focos brillantes que iluminaran la región donde pueden captar imágenes los radiotelescopios. Observando los máseres cuando la Tierra se encuentra en puntos opuestos en su órbita alrededor del Sol, los astrónomos pudieron medir el ligero movimiento aparente de su posición contra el fondo de objetos más lejanos. Estas medidas revelaron de manera detallada no sólo las distancias que existen entre los máseres, sino su movimiento cuando orbitan el centro de la galaxia.

Las regiones de formación estelar donde se encuentran los máseres cósmicos “definen los brazos espirales de la galaxia”, explicó Reid. Medir las distancias a estas regiones proporciona, por tanto, una regla para cartografiar la estructura espiral de la Vía Láctea.

Las medidas sugieren que nuestra galaxia cuenta con cuatro (y nos dos) brazos espirales: dos dominantes y otros dos que contienen sólo estrellas recién formadas. Reid y sus colaboradores determinaron que la Vía Láctea viaja a cerca de 254 kilómetros por segundo, 15% más rápido de lo que se había calculado, y que es 50% más masiva de lo que pensaban, lo que se traduce en cerca de tres billones de estrellas. Esto implica también que la Vía Láctea y su vecina más próxima, la galaxia de Andrómeda —que se acercan una a otra por efecto de su atracción gravitacional— podrían encontrarse antes de lo previsto (se calculaba que el encuentro ocurriría en unos 5 000 millones de años). Reid dio a conocer los resultados de esta investigación el cinco de enero de este año, en la reunión anual de invierno de la Sociedad Astronómica de Estados Unidos.

La vaquita marina en riesgo de extinción

Un equipo de biólogos marinos dirigido por Lorenzo Rojas, coordinador del Programa Nacional de Investigación y Conservación de Mamíferos Marinos del Instituto Nacional de Ecología (INE), colocó una serie de sensores acústicos en el Golfo de California con el fin de detectar la presencia de la vaquita marina, Phocoena sinus, el mamífero marino que se encuentra en mayor riesgo de extinguirse y que ocupa el lugar 78 de la lista de mamíferos del mundo que están en peligro de desaparecer.

Se trata de una marsopa, parecida a un delfín pero más pequeña, robusta, con el hocico redondeado y con los extremos de la boca levantados, lo que le da un rostro que parece sonreír siempre.

Por ser pequeñas y tímidas, es difícil observar a las vaquitas marinas desde los barcos, en especial cuando hay mucho oleaje. Por eso los científicos decidieron utilizar una tecnología que les permitiera hacerse una idea más clara del estado actual de estos mamíferos. Durante tres años, colocaron sensores acústicos tanto en tres lanchas como en boyas de plástico que fijaron en el fondo del mar y que recogían cada dos semanas. Al recobrar los sensores, los subían a una cabina del crucero mexicano Koi Poi, acondicionada como laboratorio acústico. Los sonidos registrados fueron trasladados a una computadora que los enviaba para su análisis a institutos científicos localizados en el Reino Unido, Japón y Estados Unidos.

En 1997 un censo estimó la población de vaquitas marinas en cerca de 600, pero el resultado del nuevo estudio es alarmante: los investigadores pudieron detectar solamente 150 individuos de esta especie. Estos tristes resultados, sin embargo, podrían ayudar a las autoridades mexicanas a evitar que mueran las últimas vaquitas marinas como resultado de la pesca accidental. El equipo de científicos planea colocar una red de boyas acústicas en la región del golfo que ayuden a detectar la presencia de las vaquitas para protegerlas, y que este modelo pueda servir para conservar otras especies de marsopas y delfines que también se encuentran en peligro de extinción en Japón, China e India.

Los resultados de esta investigación se publicaron en noviembre pasado en la versión electrónica de la revista Nature.

 

Martha Duhne

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