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26 de abril de 2018
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Ráfagas

No. 180

Los esperados Ig Nobel

Con la idea de premiar investigaciones que primero hacen reír y después pensar, se celebró en el Teatro Sanders de la Universidad de Harvard la 23º entrega de los premios Ig Nobel, en una ceremonia a la que asistieron 1 100 espectadores y cinco premios Nobel.

En el evento se presentó la première de una pequeña ópera de cuatro actos titulada "El artefacto Blonsky", inspirada en el trabajo de dos científicos que obtuvieron el Ig Nobel 1999, George y Charlotte Blonsky, quienes diseñaron una máquina para ayudar a las mujeres en el momento del parto. Se trata de una mesa circular, donde se coloca y amarra a la futura madre, para después ponerla a girar a gran velocidad. La ópera fue interpretada por cuatro cantantes, cinco premios Nobel y una orquesta compuesta por investigadores de Harvard y del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT).

Los Ig Nobel 2013 fueron otorgados a:

El de medicina, a un equipo de investigadores de Japón, China y el Reino Unido por evaluar el efecto de escuchar ópera en pacientes a los que se les ha realizado un trasplante de corazón… y que además son ratones.

El de fisiología lo recibieron científicos de Francia, Reino Unido, Holanda y Polonia por confirmar experimentalmente que las personas que piensan que están borrachas también se perciben como atractivas; es decir, que la belleza se encuentra en los ojos de quien se observa, después de haber ingerido algunas copas.

Por primera vez los premios de biología y astronomía se dieron de manera conjunta a una sola investigación originada en Suiza, Sudáfrica, Alemania, Australia y el Reino Unido, que reveló que cuando los escarabajos peloteros (coleópteros que se alimentan de excrementos) llegan a perderse, son capaces de orientarse observando la Vía Láctea.

El premio a la ingeniería para la seguridad fue dado a un estadounidense por inventar un sistema electromecánico para atrapar secuestradores de aviones. El sistema atrapa y deja caer al maleante a través de unas puertas, a un sitio donde es cubierto con un material, como un capullo, para posteriormente ser transportado a otra área del avión donde se le pone un paracaídas y se le lanza a la superficie de la Tierra donde unos policías, previamente alertados, lo esperan impacientes y probablemente muy divertidos.

Un grupo de italianos, ingleses, suizos, rusos y franceses recibieron el premio de física por descubrir que algunas personas podrían correr sobre la superficie de un lago, suponiendo que tanto las personas como el lago se encontraran en la Luna.

El premio de química de este año recayó en investigadores japoneses y alemanes, por descubrir que los procesos bioquímicos que producen lágrimas en las personas que cortan cebollas son bastante más complicados de lo que se pensaba.

El de arqueología fue otorgado a investigadores de universidades canadienses y estadounidenses por un trabajo que consistió en hervir una musaraña (familia de pequeños mamíferos placentarios que habitan en casi todo el mundo), tragársela sin masticarla (por eso eligieron un animal chiquito), y observar con atención sus excrementos durante los siguientes días para saber cuáles son los huesos que se disuelven dentro del sistema digestivo humano.

El premio de probabilidad lo obtuvieron investigadores del Reino Unido, Holanda y Canadá, por llevar a cabo dos descubrimientos: en primer lugar, que la probabilidad de que una vaca se levante aumenta en relación al tiempo que lleva recostada y en segundo lugar, que una vez que decide pararse, no es posible predecir con facilidad el tiempo que se tomará para volver a echarse.

El de salud pública fue para médicos de Tailandia por recomendar técnicas quirúrgicas para realizar amputaciones de penes, excepto en los casos en que este órgano hubiera sido comido, aunque fuera de manera parcial, por un pato.

El Premio Ig Nobel de la paz fue otorgado al presidente de Bielorrusia por decretar que es ilegal aplaudir en público y a la policía de ese país por arrestar a un manco por aplaudir.

Los galardonados contaron con 60 segundos para intentar explicar el objetivo científico que perseguían con sus investigaciones.

Las palabras en las redes sociales

El lenguaje que usamos en las redes sociales varía de acuerdo al género, edad y rasgos de personalidad, según un estudio realizado por 11 investigadores de la Universidad de Pensilvania, dirigidos por Andrew Schwartz y publicado en la revista PLoS One en el mes de septiembre.

Las redes sociales como Facebook y Twitter son utilizadas actualmente por cerca de 1 000 millones de personas, por lo que constituyen un importante campo de estudio para las ciencias sociales. Pero este estudio es el más amplio realizado hasta la fecha: contó con
75 000 voluntarios quienes, además de participar en un cuestionario sobre su personalidad, permitieron el acceso a más de 15 millones de mensajes de sus páginas de Facebook, en las que se analizaron 700 millones de palabras y frases.

A diferencia de estudios anteriores que buscaban relacionar el uso del lenguaje con atributos individuales utilizando palabras elegidas a priori, en éste se usó la técnica de análisis de vocabulario abierto para estudiar las palabras que aparecieron en los textos sin reducirlas al conteo de las que se encontraban en listas predeterminadas.

Respecto al género, encontraron que las mujeres utilizan más palabras relacionadas con sus emociones y describen procesos sicológicos y sociales como te amo, feliz, bebé, hermana, compras. Los hombres utilizan más palabras relacionadas con el sexo, groserías, hacen más referencias a objetos, como el X-box, y al fútbol. También cuando hablan de sus parejas utilizan más el posesivo: mi esposa, mi novia.

En relación con la edad, las palabras más comunes en los mensajes de los menores de 18 años tienen que ver con la escuela y las tareas; en el rango de los 19 a los 22 años lo más frecuente está relacionado con el sexo y la universidad; a partir de esta edad empieza la preocupación por el trabajo. De los 30 años en adelante, el centro de los mensajes son la familia y los amigos. El estudio plantea también nuevas e interesantes hipótesis, por ejemplo, que una vida activa parece estar ligada a una mayor estabilidad emocional.

Los investigadores advierten que las personas mayores aún no usan las redes sociales con la frecuencia que lo hacen los más jóvenes, por lo que este grupo de edad no está bien representado.

La alimentación y la salud dejan huellas

Oana del Castillo, del Centro del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), sede Yucatán, se dedicó por años al estudio de huesos reguardados en el Laboratorio de Osteología de la Escuela Nacional de Antropología e Historia buscando entender las condiciones de alimentación y salud, así como distintos aspectos de la vida cotidiana de la población colonial de la Ciudad de México. Concluye que el promedio de vida de los indígenas de la época era de unos 30 años debido a la mala alimentación, diversas enfermedades y a las condiciones de insalubridad en que vivían.

Parte de los huesos estudiados provienen de un hallazgo realizado en 1992 durante la construcción de la línea 8 del metro, cuando personal del INAH recuperó 400 restos óseos que habían sido sepultados en el Hospital Real de San José de los Naturales, la primera institución fundada para atender a la población indígena de la Nueva España, que estuvo en funciones de 1531 a 1822. La investigadora contó también con osamentas del Hospital de San Juan de Dios, al que acudían diversas castas, y que funcionó del siglo XVII al XVIII, así como los encontrados en los atrios de varias iglesias.

Del Castillo explicó que en los restos óseos de indígenas se encuentra una mayor proporción de estroncio, elemento químico que se encuentra en los vegetales, mientras que en osamentas de distintas castas, la cantidad de magnesio y zinc resultó ser más elevada, lo que indica el consumo de carne y sus derivados. La antropóloga aseguró, en un comunicado emitido por el INAH el 2 de septiembre para dar a conocer los resultados de la investigación, que las principales enfermedades de la época fueron las intestinales, respiratorias y las infecciones bucales ocasionadas por sarro, caries y abscesos. Entre las más graves estaban la tuberculosis y la sífilis. Tan sólo en la colección de los restos del Hospital de San José de los Naturales se identificó a 53 individuos con sífilis, 29 hombres y 24 mujeres. A varios siglos de distancia, estos estudios nos permiten acercarnos a la vida cotidiana de la población civil de la Nueva España.

Las ballenas sufren por el Sol

A pesar de que en 1987 se aprobó el Protocolo de Montreal, que prohíbe usar productos químicos que destruyen la capa de ozono, el uso de estas sustancias continúa. El incremento de la radiación de rayos ultravioleta (UV) que llega a la superficie terrestre, consecuencia de la destrucción de la capa de ozono, representa una amenaza para muchas especies, incluidos los seres humanos.

Existen pocos estudios acerca de los efectos de esta radiación en los grandes mamíferos marinos, que pueden considerarse como los barómetros de los rayos UV en los mares dada su longevidad y enorme distribución geográfica.

Un equipo de investigadores del Centro Interdisciplinario de Ciencias Marinas del Instituto Politécnico Nacional, de la Universidad de Querétaro, y la Universidad Newcastle del Reino Unido, se interesaron en las estrategias utilizadas por estos animales para contrarrestar las lesiones producidas por la exposición al Sol. Durante tres años tomaron muestras de la piel de tres especies de ballenas durante su migración anual a las costas de la Península de Baja California.

Sabemos que cuando la radiación UV es excesiva puede producir mutaciones que llegan a desarrollar cáncer de piel en humanos, por lo que resultaba importante conocer la frecuencia y magnitud de las modificaciones en el ADN de estas ballenas. Los investigadores descubrieron que las reacciones fisiológicas de cada especie fueron distintas.

El rorcual común (Balaenoptera physalus) tiene la piel más oscura y el contenido de melanina más alto, y como resultado presentó el daño genético más bajo. Las ballenas azules (Balaenoptera musculus) tuvieron la menor concentración de melanina, aunque su piel se puso gradualmente más oscura conforme avanzó la exposición al Sol y tenía señales de daño en el ADN. El cachalote (Physeter macrocephalus) tiene un mecanismo completamente distinto. Su piel cuenta con una proteína que lo protege contra la radiación UV; es la especie que pasa más tiempo en la superficie del agua, por lo que parece estar más adaptada a la exposición constante al Sol.

Se demostró que las lesiones en el material genético aumentaban con la edad de la ballena y por lo tanto, con el tiempo que su piel ha estado expuesta al Sol. Los resultados de esta investigación se publicaron en la revista Scientific Reports en el mes de agosto.

 

Martha Duhne

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