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17 de agosto de 2017
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Ráfagas

No. 225

Los teléfonos inteligentes afectan la capacidad cognitiva

Los avances tecnológicos han hecho posible fabricar teléfonos celulares cada vez más sofisticados e “inteligentes”; sin embargo, la sola presencia de estos aparatos podría afectar la capacidad cognitiva de sus usuarios, aunque estén apagados. Ésta es la conclusión de un estudio realizado por expertos de la Escuela de Negocios McCombs de la Universidad de Texas en Austin y publicado en el Journal of the Association for Consumer Research. Los expertos analizaron el comportamiento de 800 personas que trataban de concentrarse en una tarea con su teléfono inteligente a la mano.

En un experimento, el equipo de investigadores, dirigido por Adrian Ward, pidió a los participantes que se sentaran frente a la computadora para realizar una serie de tareas que requerían plena concentración. De manera aleatoria les pidieron que colocaran sus celulares volteados sobre el escritorio, en alguna de sus bolsas o en otra habitación. Los investigadores encontraron que quienes mantuvieron el celular en otra habitación rebasaron con creces en las pruebas de concentración a los participantes que lo dejaron en el escritorio, y también que superaron por escaso margen a los otros que lo habían guardado en sus bolsas.

En una variante de la prueba, los experimentadores solicitaron a los usuarios que autoevaluaran su dependencia de los teléfonos móviles. Para eso les dieron las mismas instrucciones, pero pidieron a los que tenían el aparato a su alcance mantenerlo con la pantalla hacia arriba y apagado. Observaron que no importa la posición del teléfono ni si está encendido o apagado, tenerlo al alcance reduce significativamente la habilidad para concentrarse. Esto ocurre porque una parte del cerebro se mantiene activa tratando de no levantar ni utilizar el aparato. “No es que los participantes se hayan distraído por recibir notificaciones en sus teléfonos. La sola presencia del aparato fue suficiente para reducir la capacidad cognitiva”, explica Ward.

El viaje del maíz por América

Un equipo dirigido por investigadores del Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT), de México, analizó el material genético de poblaciones de maíz a lo largo del continente para entender cómo se propagó.

El maíz que conocemos se originó del teosinte, una pequeña planta del género Zea que fue domesticada hace cerca de 9 000 años en la región del río Balsas, en el centro de México. Actualmente existe una gran cantidad de variedades, cada una con características morfológicas y genéticas propias, resultado tanto del proceso de adaptación a los sitios a los que llegó, como a la selección humana; hombres y mujeres que fueron eligiendo las características que más les convenían tanto de la mazorca como del tallo y las hojas. El maíz se dispersó por todo el continente desde la región de Mesoamérica, hacia el norte, el sur y el Caribe.

Los investigadores sembraron semillas de 194 poblaciones de maíz representativas de 131 variedades de 23 países y analizaron el ADN de fragmentos de sus hojas. De este modo pudieron identificar tres subgrupos geográficos distintos del maíz en México y cuatro en América del Sur y el Caribe. El estudio, publicado en la revista PLOS ONE, sugiere que la localización geográfica de las diferentes poblaciones de maíz y sus perfiles genéticos coinciden con los patrones de desplazamientos humanos conocidos, como los que se produjeron del norte de México a América del Sur y a Canadá a través de Estados Unidos. En otras palabras, las migraciones humanas, el comercio, la selección y la conservación tuvieron que ver en el establecimiento de las variedades de maíz que existen actualmente en América.

“Además de tener una visión global de la variabilidad genética existente, esta información nos ayuda a entender mejor las probables rutas que históricamente siguieron los grupos que lo han cultivado en Latinoamérica”, observó Claudia Bedoya, del CIMMYT.

Polvo en el viento... y millones de bacterias

Durante las tormentas de arena, usuales en las zonas desérticas y sus alrededores, la gente se expone no solamente a las partículas de polvo que el viento transporta cientos de kilómetros: también interactúa con una cantidad y una variedad de bacterias por encima de lo común. Muchas de estas bacterias, que se adhieren a las partículas de polvo y vuelan con ellas, resultan patógenas, mientras otras podrían alojar genes de resistencia a los antibióticos que se pueden transmitir a otros organismos, por lo cual serían nocivas para la salud humana y el medio ambiente, de acuerdo con un estudio realizado por científicos del Instituto de Ciencias Weizmann, en Israel.

“En esencia, investigamos el microbioma transportado por el viento”, expresó el líder del equipo científico, Yinon Rudich, quien encontró que durante las tormentas de arena aumenta en forma sostenida tanto el número como la diversidad de especies de bacterias presentes en la atmósfera. “El microbioma de una tormenta de arena que se origina en el Sahara es diferente al de otra procedente de los desiertos sirios o de Arabia Saudita, y podemos observar la correspondencia entre la población de bacterias y las condiciones ambientales existentes en cada área”, precisó el investigador. Junto con sus colegas del Departamento de Ciencias Planetarias del instituto, Rudich examinó los genes de las bacterias aerotransportadas y determinó que si bien algunas desempeñan funciones benéficas para los ecosistemas (por ejemplo, facilitar la fijación del nitrógeno en las plantas), otras pueden tener efectos nocivos.

Los científicos israelíes identificaron la “huella” de cada fuente de bacterias a partir de la prevalencia de genes que les confieren resistencia a los antibióticos, lo que les reveló si éstos eran locales o habían sido importados de desiertos distantes. “Encontramos que a medida que aumenta la mezcla del polvo local y el procedente de zonas lejanas, se reduce la contribución de los genes de resistencia a antibióticos”, explicó Rudich en un comunicado.

Gastritis y apetito

La infección por bacteria Helicobacter pylori, asociada con trastornos como gastritis crónica y cáncer gástrico, podría afectar los niveles de hormonas que particpan en la regulación del apetito y en el equilibrio energético del organismo. Así lo sugiere la investigación realizada por un equipo binacional de médicos, quienes evaluaron las concentraciones de las hormonas ghrelina, obestatina y leptina en la sangre en un total de 178 niños mexicanos de entre 5 y 13 años de edad. En el grupo de investigación participaron expertos del Instituto Nacional de Pediatría y el Hospital de Pediatría del Centro Médico Nacional Siglo XXI (ambos en México), así como del Centro Médico de la Universidad de Vanderbilt, en Nashville, Tennessee.

Los investigadores compararon las concentraciones de estas hormonas en niños afectados por la H. pylori y en otros libres de la infección durante un periodo de un año. En sus conclusiones, reportadas en la revista especializada Pediatric Research, precisaron que los del primer grupo presentaron niveles de obestatina y leptina (ambas producidas principalmente en el estómago) menores que los del segundo grupo.

Por otra parte, los autores no encontraron ninguna asociación entre la infección por H. pylori y los niveles medios de ghrelina, como ha ocurrido en otros estudios, aun después de ajustar los resultados por género y edad. Tanto la obestatina como la leptina tienen efectos anorexígenos, es decir, actúan como supresoras del apetito; la primera se produce sobre todo en el estómago, mientras que la segunda es segregada principalmente en el tejido adiposo. La ghrelina, que también se produce en el estómago, posee el efecto contrario, de estimulante del apetito. La infección por H. pylori es la más común en el mundo; puede afectar hasta al 80 % de la población en países en vías de desarrollo, según los Centros de Prevención y Control de Enfermedades de Estados Unidos.

¿Pueden estos cambios en la concentración de dichas hormonas influir en el estado de salud o en la aparición de trastornos del peso? Los autores reconocen que serán necesarios más estudios para saberlo a ciencia cierta.

Nuevo récord de CO2 en la atmósfera

El Observatorio de Mauna Loa, Hawai, registró un nivel de dióxido de carbono (CO2) atmosférico nunca antes alcanzado: 410 partes por millón (ppm) cifra a la que no se había llegado en millones de años.

Se han registrado los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera desde el año 1958, cuando la lectura fue de 280 ppm. En 2013 llegó a las 400 ppm, lo que causó enorme preocupación. El hecho de que las concentraciones de CO2 se hayan disparado en los últimos dos años se explica en parte por factores meteorológicos como El Niño, pero la realidad es que su causa principal es la liberación a la atmósfera de miles de toneladas de dióxido de carbono, resultado de la quema de combustibles fósiles.

La temperatura promedio del planeta ya se ha elevado 1 ºC, ocasionando la acidificación de los océanos y que su nivel haya subido cerca de 30 centímetros. Y en distintas regiones del planeta los días de calor extremo son cada vez más frecuentes. Sólo cuando logremos que las emisiones se reduzcan a la mitad, el nivel de CO2 atmosférico empezará a disminuir, aunque no de forma inmediata.

Existe una conexión directa entre el calentamiento global y la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera, en especial de CO2. Sabemos que hace millones de años, cuando la concentración de dióxido de carbono era igual a la de hoy, la Tierra estaba entre 2 y 3 ºC más caliente y el nivel de los océanos era 25 metros más alto.

Esta información fue publicada en el portal Climate Central, que dirige una organización de científicos y periodistas que investigan y dan a conocer investigaciones sobre el cambio climático y sus efectos en la vida de las personas, y retomada por la revista Scientific American a finales de abril.

 

Martha Duhne

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