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27 de abril de 2018
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Ráfagas

No. 233

El origen de los cítricos

Naranja dulce, navel y sanguina; mandarina, satsuma, toronja, pomelo, limón, lima, kumquat o naranjo enano son cítricos de la familia de las Rutáceas, uno de los cultivos más preciados en el mundo. México se encuentra entre los principales productores de cítricos con Brasil, Estados Unidos, India, España, Irán, Israel y Sudáfrica. Pero de acuerdo con Manuel Talón y un grupo de científicos del Instituto Valenciano de Investigaciones Agrarias, en España, hace ocho millones de años los cítricos habitaban una sola región del planeta: las laderas del Himalaya, en el triángulo formado por lo que actualmente es la provincia de Yunnan en el suroeste de China, Assam en la India y el norte de Myanmar.

Talón y sus colegas estudiaron el genoma de 58 cítricos tanto silvestres como cultivados y descifraron su historia evolutiva por medio de análisis genéticos, filogenéticos y biogeográficos.

Después de cinco años de trabajo, descubrieron que estas plantas empezaron a dispersarse desde su sitio de origen hace poco más de cinco millones de años, cuando las lluvias torrenciales se fueron espaciando y el clima se hizo cada vez más seco. Del sureste asiático estas especies llegaron a Australia hace unos cuatro millones de años y en menos de dos millones de años ya habían surgido algunas de las especies de cítricos que conocemos hoy. El ancestro de los cítricos actuales quizá era muy parecido a un fósil descubierto en la provincia de Yunnan: pequeño, con abundantes semillas y muy ácido.

Algunas de las variedades de naranjas, limones, toronjas y mandarinas son producto de la domesticación de los últimos 1 000 años. Esta investigación, publicada en febrero pasado en la revista Nature, analiza cómo fueron surgiendo las distintas especies y variedades de cítricos y establece la relación que existe entre ellas, lo que podría ayudar a los agricultores a desarrollar nuevas variedades.

La familia de los árboles

Un equipo internacional de más de 150 científicos, incluidos cuatro mexicanos de la UNAM y del Instituto Politécnico Nacional, trabajaron en un proyecto con el objetivo de entender las relaciones de los bosques tropicales del planeta de acuerdo con su historia evolutiva.

Cuando los ecólogos estudian la biodiversidad por lo general elaboran una lista de las especies que habitan en un bosque sin incluir a sus antepasados. En esta reciente investigación se añadió la historia evolutiva para entender qué tan cercanos eran unos bosques de otros. Los investigadores tomaron más de un millón de muestras de árboles de 15 000 especies distintas de 400 zonas de los trópicos. Esto permitió realizar una comparación más detallada de los bosques de diferentes regiones del planeta.

Existen cinco regiones de bosques tropicales: el Indo-Pacífico, el Subtropical, Africano, el Americano y los bosques secos. El estudio demostró que algunas de las especies que habitan en bosques actuales comparten ancestros comunes con bosques que pueden estar a miles de kilómetros de distancia; por ejemplo, los bosques tropicales de África y los de Sudamérica están estrechamente relacionados. Sus similitudes son mayores que las que guardan con los bosques del Indo-Pacífico. El estudio también reveló relaciones de parentesco estrechas entre las especies de bosques subtropicales de Asia y Sudamérica.

Los investigadores suponen que los manchones de bosque subtropical que existen actualmente son remanentes de extensos bosques que cubrieron América, Europa y Asia hace millones de años. A raíz de cambios drásticos en el clima del planeta, enormes superficies de bosque desaparecieron pero unas lograron sobrevivir formando islas rodeadas de otro tipo de vegetación.

Los resultados de esta investigación, publicados en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences en febrero pasado ayudan a entender la diversidad y composición de los bosques tropicales actuales y anticipar las respuestas que podrían tener como resultado de los cambios de clima que se avecinan.

Las noticias falsas viajan veloces

Un estudio reciente dirigido por investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts mostró que en Twitter las noticias falsas se distribuyen más rápidamente y a más personas que las verdaderas, y por un importante margen. Además, el grueso de la información falsa no lo difunden bots (programas informáticos) sino personas que la leen y reenvían a sus contactos.

Este proyecto se originó a raíz del atentado del Maratón de Boston, en abril del 2013, en el que murieron tres personas y 263 resultaron heridas. Después del suceso, Twitter se convirtió en la principal fuente de información con miles de mensajes transmitidos por segundo. Soroush Vosoughi, uno de los investigadores, detectó que la mayor parte de la información que recibía eran rumores o noticias falsas. Para estudiar este fenómeno pidió a Twitter acceso a sus archivos.

De 2006 a 2017 los investigadores siguieron la trayectoria de 126 000 mensajes que rápidamente se convirtieron en cascada y fueron reenviados más de 4.5 millones de veces por cerca de tres millones de personas. Para determinar si las historias eran verdaderas o no los investigadores utilizaron los servicios de seis organizaciones de verificación de datos distintas e independientes, que coincidieron en sus juicios más de 95 % de las veces.

Los resultados son preocupantes. Las noticias falsas tienen 70 % más probabilidades de propagarse por reenvío que las reales, a las que toma casi seis veces más tiempo llegar a 1 500 personas que las falsas.

¿Por qué? Los investigadores trataron de explicarlo con la teoría de que a todos nos gusta la novedad y la atención que se obtiene por ser el primero en compartir lo nuevo. Para ponerlo a prueba tomaron muestras al azar de mensajes falsos y verdaderos y analizaron las reacciones que producían en los lectores. Los usuarios respondieron a noticias falsas con sorpresa y enojo, mientras que las verdaderas por lo general producían emociones menos intensas.

Los resultados de esta investigación se publicaron el pasado 9 de marzo en la revista Science.

Heces fosilizadas revelan secretos

Sabemos que en Nueva Zelanda hubo 10 especies de moa, aves que no podían volar, la más pequeña del tamaño de un gallo y la mayor de tres metros de altura, que lamentablemente se extinguieron hace 500 años porque fueron el alimento principal de los habitantes de la isla. Un equipo de científicos de la Universidad de Adelaida, Australia, y la Universidad de Auckland de Nueva Zelanda, estudió los excrementos fósiles, o coprolitos, de estas aves para extraer material genético con el fin de entender mejor las características del medio natural de Nueva Zelanda en el pasado.

Desde hace 10 años Jamie Wood, paleoecólogo del Instituto Manaaki Whenua, o Landcare Research, había colectado cientos de coprolitos en diferentes regiones del país. Wood y sus colegas estudiaron el material genético de 23 coprolitos encontrados en bosques de hayas y matorrales de la parte sur de la isla y fechados entre 124 y 1 557 años de antigüedad. A modo de comparación, también secuenciaron el ADN de excrementos de las aves kiwis, avestruces y varios mamíferos actuales.

Lo que encontraron los sorprendió: el material genético en las heces pertenecía a una enorme variedad de especies de plantas, musgos, hongos y parásitos, y su localización indicó que cada especie de ave tenía una dieta distinta. El moa de las tierras altas y el de la Isla del Sur se alimentaban de musgos y helechos, otras especies no. El moa de las tierras altas tenía un parásito que sólo podría haber adquirido por comer caracoles o plantas acuáticas. Las especies que habitaban bosques de hayas comían una gran cantidad de hongos distintos, organismos que son fundamentales para la sobrevivencia de las hayas. Al desaparecer las aves, que dispersaban en sus heces semillas y restos de hongos, la superficie que ocupaban estos bosques se fue reduciendo.

El resultado de esta investigación, publicado en febrero pasado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, nos habla del delicado equilibrio que existe en los ecosistemas, donde cada especie juega un papel único e irremplazable.

Los vampiros son lo que comen

Los murciélagos vampiro se alimentan exclusivamente de sangre de otros animales, una forma de subsistencia única entre los mamíferos. Los animales con dietas muy especializadas como los vampiros por lo general tienen particularidades genéticas y de microbioma, o sea, de los microorganismos que viven en su sistema digestivo y que les ayudan a digerir el alimento. Por esto se sospechaba que los vampiros podrían haber desarrollado adaptaciones evolutivas muy específicas.

Dos grupos de científicos se dedicaron a tratar de entender este fenómeno. El primero, en el que participó un equipo internacional de investigadores dirigidos por Lisandra Zepeda Mendoza de la Universidad de Copenhague, Dinamarca, analizó el genoma de una especie de vampiro (Desmodus rotundus) y el de los organismos que componen su microbioma. El resultado muestra que el microbioma juega un papel esencial tanto en la nutrición de los vampiros como en su sistema inmunitario, que es muy diferente al de los murciélagos carnívoros, insectívoros o frugívoros. Las adaptaciones para alimentarse de sangre incluyen la capacidad de eliminar el exceso de nitrógeno y asimilar hierro y, a nivel del microbioma, un alto número de bacterias protectoras capaces de producir sustancias antivirales.

En un segundo estudio, los mismos investigadores con un grupo de colegas del Centro Nacional de Investigación Disciplinaria en Microbiología Animal (INIFAP) y de la UNAM examinaron la presencia de virus en poblaciones de vampiros y de ganado que habitan una misma región, y encontraron que estos animales no comparten los mismos virus patógenos. En general, los murciélagos vampiros eran hospederos de menos retrovirus que otros mamíferos, murciélagos incluidos. Estos estudios, publicados en Nature Ecology & Evolution y en EcoHealth, son ejemplo de la dependencia que se desarrolla entre el hospedero y su huésped en largos procesos evolutivos.

 

Martha Duhne

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