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03 de agosto de 2020
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Ráfagas

No. 255

Localizan el bosque más antiguo del mundo

En 2010 un grupo de científicos del Reino Unido y Estados Unidos empezó a estudiar una cantera en el condado de Greene, estado de Nueva York. Diez años después concluyeron que se trata de un bosque fosilizado de 386 millones de años de antigüedad, el más antiguo conocido hasta la fecha.

Los investigadores examinaron más de 3 000 metros cuadrados e identificaron los restos de árboles de las clases Cladoxylopsida y Archaeopteris, ambos parecidos a los árboles actuales, con un cuerpo arbóreo y hojas similares a helechos. Un descubrimiento asombroso fue la presencia de raíces muy largas, que transformaron la manera en que las plantas podían sostenerse y absorber agua.

Este antiquísimo bosque pertenece a la época en que el planeta se empezaba a teñir de verde y los bosques a ser un elemento común de la Tierra. La aparición de los árboles, a mediados del Devónico (393 a 383 millones de años atrás), marcó también una etapa de cambios fundamentales en la historia de la Tierra, su ecología, ciclos geoquímicos, la cantidad de CO2 atmosférico, y, por lo tanto, del clima.

Los científicos calculan que este bosque fue muy extenso y podría haber llegado hasta lo que hoy es el estado de Pensilvania y concluyen, en un artículo publicado en la revista Current Biology de diciembre pasado, que desapareció debido a una inundación prolongada, ya que en el sitio encontraron fósiles de peces. Se trata de un hallazgo importante, que nos da información sobre la evolución de los árboles y, en un panorama más general, sobre la vida en la Tierra.

El papel de las abuelas

Las probabilidades de sobrevivir de las hembras de muchas especies de mamíferos se desploman drásticamente cuando dejan de ser fértiles. Sin embargo en otras especies, entre ellas los seres humanos, la etapa de “senescencia reproductiva” puede durar muchos años, a veces más de una tercera parte de la vida.

Para entenderlo, unos investigadores de las universidades de Exeter y de York, ambas del Reino Unido, decidieron estudiar a las orcas, un grupo de mamíferos marinos que poseen esta característica. Las orcas son cetáceos emparentados con los delfines. Pesan cerca de cinco toneladas, miden hasta nueve metros y poseen una enorme aleta dorsal. Son los depredadores más eficientes de los mares, razón por la cual se les conoce también como ballenas asesinas. Su dieta incluye pulpos, pingüinos, salmones, leones marinos, focas y hasta tiburones. Pueden vivir entre 60 y 90 años.

Los investigadores se dieron a la tarea de estudiar si la longevidad de las hembras posreproductivas desempeña un papel en la supervivencia de las crías y los juveniles, lo que se conoce como “efecto abuela”. En los humanos, la ayuda de las abuelas permite a las madres realizar otros trabajos vitales. En las comunidades primitivas, por ejemplo, les permitía conseguir alimento.

Para que sea posible el efecto abuela, las hembras de más edad deben poder interactuar con sus descendientes. Esto sucede con las orcas, que forman grupos familiares estrechos en los que las crías pasan largas etapas de su vida con sus madres y abuelas.

Los investigadores estudiaron dos poblaciones de orcas residentes en las costas del estado de Washington y de Columbia Británica. Por medio de fotografías diferenciaron a los individuos de cada grupo por sus manchas, forma de las aletas y otras características. Observando los nacimientos y siguiendo a las crías descubrieron relaciones de parentesco entre los individuos de cada grupo. Los investigadores encontraron que las abuelas ayudan a los juveniles a independizarse y cooperar en la búsqueda de alimento enseñándoles a cazar. También observaron que durante un lapso de hasta dos años tras la muerte de una abuela, las crías tienen 4.5 veces más probabilidades de morir que los individuos que sí tienen abuela. Los resultados de esta investigación se publicaron en diciembre pasado en la revista PNAS.

Un paso para entender la migración de las mariposas monarca

La monarca (Danaus plexippus) es probablemente la más conocida de todas las mariposas del mundo porque lleva a cabo una asombrosa migración de cerca de 4 000 kilómetros por el continente americano, desde el sur de Canadá y norte de Estados Unidos hasta el centro de México y, pasados unos meses, de vuelta al norte. A diferencia de otros animales que migran, la generación que emprende el vuelo de los bosques de oyamel del centro de México no es la misma que emprenderá el regreso. Se han hecho muchas investigaciones para entender las características de este viaje circular que se repite año con año.

Investigadores de las universidades de Kansas y Toronto organizaron durante 20 años un proyecto de ciencia ciudadana (es decir, en el que participaron personas no especializadas que ayudaron a recabar información). Esto se hizo a través de una organización no gubernamental, Monarch Watch, que al principio de la migración distribuyó pequeñas etiquetas adhesivas a ciudadanos de Canadá y Estados Unidos. Los voluntarios tenían que localizar mariposas y ponerles la etiqueta en las alas, anotando información de la fecha, hora y ubicación del sitio. Esta información luego se enviaba al portal de la organización. Entre 1992 y 2015 se etiquetó a más de 1 300 000 mariposas.

Para cada mariposa etiquetada, los investigadores calcularon el ángulo del Sol a mediodía en el momento de la marcación y descubrieron que la mayoría de las monarca inicia su viaje cuando este ángulo es de entre 57º y 48º sobre el horizonte al mediodía. Los investigadores encontraron también que las mariposas en su viaje se guían por este ángulo y pasan de 17 kilómetros a casi 47 kilómetros por día a mitad de la migración.

Cuando examinaron las 13 000 etiquetas que lograron recuperar en México en más de dos décadas, descubrieron que las mariposas con más posibilidades de terminar con éxito el viaje eran las que empezaron la migración antes. Las que se esperaron a finales del otoño, cuando el Sol se encuentra más bajo en el horizonte, tenían menos probabilidades de terminar el viaje. Los resultados de esta investigación se publicaron en la revista Frontiers in Ecology and Evolution y son un paso más para entender uno de los grandes misterios del mundo natural.

Prisioneros de guerra mayas

Científicos de la Universidad de Bonn y de la UNAM estudiaron los restos óseos de 20 personas con 1 400 años de antigüedad, encontrados en la ciudad maya de Uxul, en Campeche, para tratar de entender su origen y las circunstancias de su muerte.

Durante las excavaciones, realizadas en 2013, se descubrieron en una cueva los restos óseos de 20 individuos. Estudios posteriores revelaron que las personas habían sido asesinadas, desmembradas y decapitadas.

En 2018 se logró determinar la edad y género de las personas sacrificadas. Posteriormente, los investigadores alemanes solicitaron a colegas de la UNAM que realizaran un análisis de estroncio en los restos.

El estroncio es un elemento químico que se ingiere en la comida y se acumula en los huesos. La cantidad de estroncio que se encuentra en el suelo varía en distintas regiones y esta proporción pasa a los vegetales que ahí germinan y a los huesos de las personas que se alimentan de ellos. En tanto el desarrollo del esmalte dental termina al inicio de la infancia, el análisis químico sirve como indicador del lugar donde la persona pasó los primeros años de su vida.

A principios de 2019, investigadores del Instituto de Geofísica de la UNAM tomaron muestras del esmalte de los dientes de 13 individuos. Los resultados demostraron que 11 de ellos habían nacido a cuando menos 150 kilómetros de Uxul, en lo que hoy es Guatemala, y que se puede suponer que pertenecían a la clase gobernante de una ciudad enemiga, ya que ocho de estos individuos tenían incrustaciones de jade en los incisivos. Los huesos tenían marcas de navajas de piedra y señales de que fueron expuestos al fuego.

Sabemos por representaciones pictóricas del Periodo Clásico maya que en en la guerra los gobernantes victoriosos tomaban como prisioneros a miembros de las élites de la ciudad derrotada y los sacrificaban públicamente. Por ello las acciones documentadas en Uxul no deben considerarse como expresiones de brutalidad, sino como demostraciones de poder. Los resultados de esta investigación se presentaron en la Conferencia Arqueológica en Halle, Alemania.

Sobrepeso de bebés y de sus madres

Un estudio realizado por investigadores del Instituto Nacional de Salud Pública de Morelos y publicado en la revista PLOS ONE en diciembre pasado, encontró que existe una clara relación entre el cambio de peso de las madres durante el primer año después del parto y el de sus bebés. La incidencia de sobrepeso y obesidad en niños, niñas y adolescentes se ha incrementado a nivel mundial. La obesidad de los padres es reconocida como uno de los predictores inmediatos más significativos de obesidad infantil.

Los investigadores hicieron un estudio con el objetivo de analizar si existía una relación entre el cambio de peso de la madre durante los primeros 12 meses después del parto y la trayectoria de crecimiento y peso de sus hijos en los primeros cinco años de vida.

El índice de masa corporal, o IMC, es una medición del peso de una persona en relación a su género y estatura y es un indicador de la cantidad de grasa que tiene el cuerpo. Con este índice se puede detectar peso bajo, normal, sobrepeso y obesidad. Los investigadores tomaron una muestra de 935 parejas de madres y bebés recién nacidos de seis hospitales públicos de maternidad, que atienden a personas de ingresos entre moderados y bajos. Las mamás se dividieron en cuatro grupos de acuerdo a su IMC poco después del parto, y durante un año se les preguntó en varias ocasiones acerca de la alimentación que recibían sus pequeños. Estos a su vez asistieron a una consulta médica dos veces al año durante cinco años. A los tres años y medio de edad, los hijos de madres que mantuvieron exceso de peso durante el primer año tras el parto tenían en promedio más peso que los de madres con un IMC correcto para su edad y estatura.

A los cinco años, la prevalencia de obesidad y sobrepeso en los niños era casi el doble en el grupo de madres con sobrepeso. Estos bebés tendían a tener una dieta más rica en calorías, que producía una mayor propensión a la obesidad. El estudio concluye que el embarazo y el posparto son una ventana de oportunidad para intervenir a fin de reducir las probabilidades de sobrepeso en los niños.

 

Martha Duhne

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