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20 de enero de 2018
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Ráfagas

No. 35

Lluvia artificial en México

Quizá hayas visto una película en la que un científico con pinta de loco, manejando una avioneta destartalada, localizaba nubes y las jalaba hasta llegar a un páramo seco y árido en donde por algún artilugio tecnológico, lograba hacer llover para el júbilo y regocijo de los escuálidos habitantes de la zona. Atrapar nubes como si fueran ganado no se puede, pero sí provocar que llueva. Esto es lo que ha logrado un grupo de investigadores del National Center for Atmospheric Research (NCAR), en colaboración con el gobierno del estado de Coahuila y la compañía privada Altos Hornos de México.

En el NCAR, los esfuerzos han sido continuos desde principios de los 70 y, después de muchos intentos, se consiguió aumentar la cantidad de lluvia en una zona y cuantificar los resultados.

En experimentos realizados durante más de tres años en Coahuila, la lluvia producida en nubes “sembradas” se mantuvo durante más tiempo, cubrió áreas más grandes y la precipitación total fue mayor (en algunos casos hasta del doble), que en las nubes normales. Los investigadores utilizaron un aeroplano bimotor, que llevaba en las alas aparatos que lanzan unas partículas llamadas higroscópicas (una mezcla de cloruro de sodio, magnesio y calcio). Estas partículas tienen la propiedad de absorber y condensar el vapor de agua que se encuentra en las nubes, formando gotas con el peso suficiente para descender en forma de lluvia, proceso al que se denomina “sembrar” nubes.

Este proyecto se diseñó para repetir el éxito logrado por el NCAR durante más de cinco años en Sudáfrica, a principios de los 90, y estaba planeado para cubrir un periodo de cuatro años, pero el financiamiento se suspendió al tercero, con el fin de la sequía en el estado.

“Estamos muy contentos con los resultados”, comentó Roelof Bruintjes, director del proyecto. El grupo de investigadores espera que las pruebas se retomen en la próxima temporada de sequía para poder establecer resultados contundentes.

¿Podía hablar el hombre de Neandertal?

“En un principio fue el Verbo”, dice la Biblia. Lo cierto es que muchos científicos están de acuerdo en que la capacidad de hablar es probablemente el atributo conductual más importante para diferenciar al ser humano del resto de los animales, y nos hace ser organismos únicos. En lo que no se han puesto de acuerdo es en cuándo y dónde ocurrió esta transformación, y al respecto existen varias teorías. En una reciente investigación, Richard F. Kay y Matt Cartmill, del Duke Univerity Medical Center de Durham, Carolina del Norte, aseguran que la capacidad de hablar se originó mucho antes de lo que se había supuesto, y que hace 100 000 años el hombre de Neandertal ya la tenía. Basaron su trabajo en la idea de que la posibilidad de hablar está directamente relacionada con la anatomía, y realizaron estudios comparativos de una estructura llamada canal hipoglosal, que es un pequeño canal que atraviesa la base del cráneo por donde pasa el grupo de nervios que innerva los músculos de la lengua. Este canal es mayor en el ser humano moderno que en los chimpancés y los gorilas.

Los investigadores proponen que el tamaño del canal es un indicador de la coordinación motora de la lengua y por lo tanto refleja la capacidad de hablar. Los canales de los Australopithecus son similares a los de los primates y significativamente menores a los del hombre moderno. Pero los de neandertales, que se extinguieron hace aproximadamente 30 000 años, y los de Homo sapiens más antiguos, de hace cuando menos 400 000 años, son similares a los del hombre moderno y mucho más grandes que los de los primates. Estos hallazgos sugieren que la capacidad de hablar surgió mucho antes de lo que se había deducido por medio de restos arqueológicos que ya evidencian un comportamiento simbólico, para el cual era necesario que existiera el lenguaje, como son las pinturas y algunos artefactos rudimentarios que se encuentran en cuevas de África y Europa, con una antigüedad de 40 000 años.

Los investigadores aseguran que para que fueran capaces de hablar, estos homínidos debían tener una serie de particularidades anatómicas y fisiológicas, como un alargamiento de la laringe y lóbulos prefrontales mayores; y el tamaño del cerebro y otras características de los neandertales son similares a las de los humanos modernos, lo que apoya esta nueva teoría. “Esta investigación propone que los neandertales hablaban —concluye Cartmill— pero si se oían como los seres humanos modernos no podemos saberlo”.

El jaguar, pieza fundamental en la conservación

El jaguar es el felino más grande de América; el cuerpo de los adultos mide entre 1.2 y 1.85 metros de largo y los machos pesan alrededor de 120 kilogramos y las hembras 80, lo que lo convierte en el predador terrestre más poderoso de la América tropical. Sin embargo, desde hace algunos años estas características no le han servido para protegerse y, al igual que los otros felinos silvestres, se encuentra en peligro de extinción. Los jaguares habitaban desde el sur de los Estados Unidos hasta el sur de Argentina, pero actualmente existen poblaciones importantes sólo en algunas regiones de México, Belice y Brasil. Dentro de México, en la Reserva de la Biósfera de Calakmul en Yucatán, se lleva a cabo un plan de protección del jaguar, patrocinado por el Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México, el grupo Unidos para la Conservación y el Safari Club International, una organización que tiene su base en los Estados Unidos y reúne fondos de cazadores para proyectos de investigación y protección.

El proyecto consiste en capturar a los jaguares por medio de dardos con tranquilizantes y, una vez dormidos, extraerles muestras de piel y sangre (para realizar investigaciones posteriores), removerles larvas de moscas que suelen anidar en la piel y, finalmente, colocarles collares que emiten ondas de radio para poder monitorear sus movimientos, su comportamiento y ubicar su hábitat. Desde que inició el programa, se ha colocado el collar a 20 animales y actualmente se monitorea a cinco de ellos.

El principal investigador del proyecto, Gerardo Ceballos de la UNAM, dice que una vez que esta fase del programa termine, planean colocar una red de cámaras de video en las rutas por donde se desplazan los jaguares, con el fin de determinar el tamaño de la población, estimada entre 400 y 500 individuos. Como parte del proyecto, los investigadores cuentan con un presupuesto para pagar a los campesinos de la zona, en caso de que un jaguar mate a uno de sus animales, ya sean borregos, chivos o vacas.

El problema más grave que enfrentan estos magníficos felinos, no es la caza sino la destrucción de su hábitat. “Este no es solamente un proyecto para salvar a los jaguares”, concluye Carlos Manterola, de Unidos para la Conservación, “estamos utilizando al jaguar como una bandera roja para llamar la atención sobre el estado en el que se encuentran las selvas mayas y la urgente necesidad de conservarlas”.

Agua de mar para regar cultivos

El hambre de millones de seres humanos, la escasez de agua dulce y la pérdida de tierra cultivable son probablemente los mayores retos que tenemos que enfrentar en este recién estrenado siglo. Es por esto que la noticia dada a conocer por el Chinese People’s Daily el pasado 25 de junio, de que científicos de la República Popular China han logrado con éxito regar diversos cultivos de jitomate, berenjena, trigo y pimientos con agua de mar, ha causado una gran expectativa y una enorme dosis de esperanza en el resto del mundo. El arroz y la colza serán los siguientes cultivos con los que experimentará el grupo de investigadores de la Universidad de Hainan, de la isla Hainan en el sur de China, dirigidos por el investigador Lin Qifeng.

Este país, con 20% de la población mundial, tiene solamente 7% de la tierra cultivable y acceso a agua dulce per cápita de alrededor del 20% del promedio mundial. De sus reservas, más del 70% se utiliza en agricultura.

Los cultivos mencionados han sido modificados genéticamente para que puedan resistir la alta salinidad del agua de mar, capacidad que tienen de manera natural las plantas halófitas. Estas plantas eliminan la sal que encuentran en su medio de formas diversas: algunas lo hacen a través de glándulas que secretan sal, localizadas en sus hojas; otras almacenan la sal en sus hojas y tallos, y los tiran al final de la época de crecimiento, y otras más impiden la entrada de la sal a sus células por medio de membranas semipermeables que rodean sus raíces. Estas adaptaciones evolutivas están codificadas en sus genes. Lo que hicieron los investigadores fue localizar y posteriormente introducir estos genes en los cultivos mencionados, logrando así que toleraran el agua salada. Es decir, se trata de cultivos transgénicos.

El grupo de investigadores asiáticos informó que ésta es la cuarta generación de plantas cultivadas que resisten con éxito las condiciones de salinidad, y que la productividad, sabor y nivel nutricional son similares a los cultivos regulares.

En otros países ya se han obtenido resultados en el mismo sentido. Por ejemplo en Florida, Estados Unidos, una compañía privada logró cultivar grandes extensiones de pasto para campos de golf, resistentes a la salinidad. Pero una diferencia importante de los resultados de China es que estos nuevos cultivos halófitos cubren actualmente 300 000 hectáreas en las provincias de Shandong, Hebei, Guangdong y Hainan, extensión que no tiene precedente en el resto del mundo.

El heavy metal y la violencia

La violencia es uno de los fenómenos sociales más preocupantes y es por esto que se ha analizado desde muchos ángulos distintos, como son la influencia que tiene el maltrato y el abuso sexual en la infancia, el papel de los medios masivos o la pobreza. Varios investigadores de distintos centros y universidades, la estudian desde una perspectiva que podría parecer totalmente ajena: la presencia de metales pesados en el cuerpo.

El doctor Louis Gottschalk de la Universidad Irvine, de California, Estados Unidos, realizó una investigación durante más de 30 años en la que se propuso encontrar si existe una conexión entre los metales pesados y las conductas violentas. El investigador tomó muestras de cabello a un grupo de 200 internos en distintas cárceles y penitenciarías en Los Ángeles y San Bernardino, que tenían historias de violencia: asesinatos, violaciones y asaltos, y a otro grupo compuesto por personas no violentas. Posteriormente realizó una serie de pruebas para medir la concentración de distintos metales presentes en ambos grupos. Los análisis mostraron que las muestras de cabello de los presos violentos tenían un nivel de manganeso cerca de cinco veces más alto que el de la segunda muestra: 1.62 partes por millón (ppm) en comparación con 0.35 ppm.

El manganeso es un metal que se encuentra en el subsuelo y en algunos alimentos y entra al cuerpo por tres vías. La primera es a través del sistema digestivo, en el que el cuerpo retiene únicamente de 3 a 5% del manganeso que se ingiere. En la segunda, el manganeso que se encuentra en el aire, pasa directamente de los pulmones al torrente sanguíneo, evadiendo así las barreras del sistema digestivo. La tercera vía es aún más inquietante: de acuerdo con los resultados de diversas investigaciones, el manganeso se absorbe también por el epitelio de la nariz y llega a través del nervio olfatorio directamente al cerebro. Cuando una persona esta sobreexpuesta a este metal, se produce un estado en el cual inicialmente se da una pérdida de peso, problemas en la piel — en la que ésta adquiere una textura parecida a la plastilina—, disminución en el crecimiento del cabello y un estado de irritación casi constante. Posteriormente aumentan las conductas agresivas y la excitación mental, y se producen deformaciones en la espina dorsal y temblor en las manos. En experimentos con ratas, el investigador Gottschalk ha demostrado que la exposición prolongada al manganeso provoca hiperactividad y una marcada tendencia a pelear con otras ratas.

Un suceso que apoya esta teoría es el ocurrido en la isla Groote Eylandt, localizada frente al territorio de Australia, lugar que se ha convertido en un laboratorio natural para estudiar los efectos del manganeso en el comportamiento. Desde que en la isla empezaron a explotarse grandes minas de manganeso en los años 60, la población aborigen ha estado expuesta a niveles muy altos de este metal en su comida, en el agua y en el aire. Un pequeño grupo de sus habitantes, generalmente familiares, muestran claramente los síntomas clínicos de intoxicación por manganeso. El número de encarcelamientos, arrestos y eventos violentos que suceden en la isla es el más alto de toda Australia y mayor al de muchos otros países. Pero también es un hecho que el manganeso no ha afectado a toda la población, lo que apoya la teoría de que la propensión genética desempeña un papel importante en este complejo rompecabezas.

El investigador Herbert Needleman, de la Escuela de Medicina de la Universidad de Pittsburg, opina que debemos ser muy cautelosos al intentar explicar el comportamiento de un individuo tomando como base este tipo de estudios. En lo que coincide la mayoría de los investigadores es en que un fenómeno tan complejo como la violencia probablemente tiene un origen igualmente complejo. Vale la pena intentar analizarlo desde todos sus ángulos, incluido el de la bioquímica cerebral.

 

Martha Duhne

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