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18 de enero de 2018
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Ráfagas

No. 70

Muere Francis Crick

Francis Crick, el físico que descubrió junto con James Watson la estructura de la molécula más famosa del mundo, el ADN, murió de cáncer de colon el pasado 28 de julio en San Diego, California.

Crick estudió física en el University College de Londres, obtuvo su maestría en 1937 y empezó el doctorado poco después, pero tuvo que interrumpir sus estudios en 1939 debido al inicio de la Segunda Guerra Mundial. Durante la guerra trabajó como investigador en la armada inglesa, diseñando circuitos para minas magnéticas y acústicas. Abandonó al ejército en 1947 para estudiar biología, química orgánica y cristalografía. En 1949 se unió al Consejo de Investigación en Medicina en la Universidad de Cambridge, con el interés fundamental de “entender la misteriosa barrera que separa lo vivo de lo que no tiene vida”. Realizó investigaciones de la estructura de las proteínas y terminó su doctorado sobre la difracción de rayos X en proteínas. En 1951 conoció a James Watson, entonces un joven de 23 años recién doctorado, y juntos, dos años después, propusieron que la molécula de ADN tiene una estructura tridimensional en forma de una doble hélice. Aseguraron también que es el ADN y no las proteínas, como se pensaba hasta entonces, el responsable de transmitir la información genética de una generación a la siguiente.

En una entrevista Crick dijo que la colaboración con Watson funcionó muy bien, debido a que ninguno tenía miedo de cuestionar seriamente las ideas del otro. Y así, cuestionando, revisando las aportaciones de otros científicos y planteándose las preguntas correctas, lograron terminar su investigación, que fue publicada en la página 737 de la revista Nature el 25 de abril de 1953, bajo el título “La estructura molecular de los ácidos nucleicos”. El artículo, de sólo 875 palabras, empezaba, modestamente: “Deseamos sugerir que la estructura…” y al principio no atrajo mucha atención. Pero nueve años después, en 1962, Watson y Crick obtuvieron, junto con el biofísico neozelandés Maurice Wilkins, el premio Nobel de Fisiología y Medicina, y el artículo se convirtió en la piedra de toque de la revolución genética que se desbordaría durante el resto del siglo XX.

En 1957 Crick se interesó por el llamado dogma central de la biología, la teoría de que el ADN pasa su información al ARN y después ésta es usada para construir proteínas. Más tarde propuso que debían existir pequeñas mo l é c u l a s q u e trasladaran la secuencia del ARN a los aminoácidos, teoría que resultó cierta. Ahora sabemos que estas pequeñas moléculas constituyen el ARN de transferencia. En 1977, con 30 años de experiencia en biología molecular y cerca de 90 artículos publicados, Crick decidió darle un giro a su vida y se trasladó a La Jolla, California, al Instituto Salk, donde empezó sus estudios sobre neurobiología. “Cambié”, dijo Crick, “porque pensé que a los 60 años me había ganado el derecho de hacer lo que me diera la gana y este campo era el que más me interesaba”. Ahí realizó estudios sobre el sueño y se interesó por la teoría de la panespermia, la idea de que la vida se originó y se desarrolló en otro planeta y posteriormente llegó a la Tierra; pero fue el tema de las redes neuronales que producen la conciencia humana el que se convirtió en su pasión durante los siguientes 27 años.

Tomás Poggio, profesor de ciencias de la visión y biofísica del Instituto de Tecnología de Massachusetts, dijo que “Crick empezó sus investigaciones sobre la conciencia, en una época en que ningún neurocientífico se atrevía a tocar el tema, porque no se consideraba respetable ni serio”. Por lo visto a Crick eso le importó un rábano y trabajó en este campo por casi tres décadas. “Me interesa la conciencia, porque quiero entender cuál es nuestro lugar en el vasto y complicado universo que nos rodea”. Actualmente el Instituto Salk es uno de los centros de investigación más importantes del mundo en el campo de las neurociencias.

Crick consideraba que el truco para desarrollar una investigación estaba en escoger un problema importante y formular correctamente una pregunta medular. Y después tener la persistencia (o la necedad) para contestarla. Nada menos.

A los 88 años, Francis Crick cerró su ciclo de vida un día del mes de julio. Él fue uno de los responsables, entre otras cosas, de lo que en opinión de muchos científicos fue el descubrimiento más importante del siglo XX en biología: la naturaleza del código genético y la transmisión de información de generación en generación.

Premio para Ana María Sánchez

El Premio Nacional de Divulgación de la Ciencia fue otorgado este año a Ana María Sánchez Mora, añeja divulgadora de la ciencia en medios escritos (lo de añeja nunca en relación a su edad, sino al tiempo en que, felizmente para la divulgación, se ha desarrollado en este campo: desde 1981). Este premio es el más alto reconocimiento con el que cuenta el país para honrar la trayectoria de un divulgador, y lo otorga la Sociedad Mexicana para la Divulgación de la Ciencia y la Técnica, la SOMEDICYT, con apoyo de la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Autónoma Metropolitana y el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT). Ana María tiene maestría en física y en literatura comparada, ambas de la UNAM. Actualmente trabaja en la Dirección General de Divulgación de la Ciencia (DGDC),UNAM, donde es responsable académica de la maestría en comunicación de la ciencia y profesora de la misma. Ha impartido cursos de física, redacción y divulgación escrita, estos últimos en el diplomado en divulgación de la DGDC, del cual fue coordinadora de 1998 a 2001. En su trabajo ha logrado combinar dos de sus pasiones: la ciencia y la literatura (la otra es la música, específicamente el violoncelo), y ha escrito cuentos, ensayo, novela, teatro, así como artículos y libros de divulgación.

Además de felicitarla y felicitarnos por contar con ella, nos permitirnos recomendar que lean (y gocen) sus libros: Relatos de ciencia, Claudia, un encuentro con la energía, La divulgación de la ciencia como literatura, y recientemente La ciencia y el sexo (los últimos tres editados por la DGDC), además de su novela La otra cara, finalista del Premio Joaquín Mortiz para Primera Novela 1996.

En su último libro, La ciencia y el sexo, Ana María hace una reflexión que debería ser lema y guía de todos a quienes nos interesa la divulgación de la ciencia: “El único resultado ético y universal digno de nuestra dedicación es que la racionalidad, la capacidad de dudar y de buscar respuestas, y la posibilidad de reconocer errores y renovarse, cualidades del método de la ciencia, así como la tolerancia, producto del conocimiento (que no de la información), lleguen a formar parte del bagaje cultural humano.” Enhorabuena, Ana María.

Hoyos no tan negros

Después de casi 30 años de asegurar que los hoyos negros destruyen todo lo que entra en ellos, hasta la información, el famoso físico Stephen Hawking dio una conferencia de prensa en Dublín, en el marco de la 17º Conferencia Internacional sobre Relatividad General y Gravitación, donde dijo que se equivocó y que parece que de los hoyos negros se puede escapar, por lo menos, algún tipo de información.

De ser así, se resolvería uno de los enigmas más importantes de la física moderna, conocido como la “Paradoja de la información de los hoyos negros”. Fue el trabajo del mismo Hawking el que creó la paradoja, ya que en 1976 aseguró que una vez que se forma un hoyo negro, éste empieza a “evaporarse” perdiendo energía y esa energía disminuye su masa, es decir, radia como un cuerpo a cierta temperatura. Esta temperatura será menor cuanto más grande sea el agujero negro, por lo que agujeros negros de masas como la del Sol o más grandes tardarían en evaporarse un tiempo superior a la edad del Universo. Pero, aseguraba Hawking, esta energía no acarrea ninguna información sobre el contenido del hoyo negro. Y una vez que el hoyo negro finalmente desaparece, toda la información que existía previamente se pierde. El problema que presenta esta teoría es que contradice las leyes de la física cuántica, que describe al espacio y la materia en escalas muy pequeñas. Las leyes cuánticas aseguran que cualquier proceso puede ocurrir en reversa, como una película vista de atrás hacia adelante, por lo que el pasado del hoyo negro podría inferirse teóricamente de su presente. Esto implica que un hoyo negro debe guardar información sobre los objetos que cayeron en él. El argumento de Hawking era que los intensos campos gravitacionales que se generan dentro de los hoyos negros podrían modificar las leyes de la física cuántica, y permitir que se destruyera información, por ejemplo transportándola a un “universo paralelo”, si es que éste existe.

En la conferencia, Hawking dijo estar apenado por los fanáticos de la ciencia ficción, ya que debido a que la información sí se conserva, no existe la posibilidad de utilizar los hoyos negros para viajar a otros universos. “Si saltaras a un hoyo negro, tu masa y energía regresarían a nuestro Universo, pero mutilada, es decir que contendría la información de lo que eras, pero ésta sería irreconocible”.

Hawking agregó:“Es grandioso resolver un problema que me ha preocupado por casi 30 años, aunque la solución sea menos asombrosa que la alternativa que yo había sugerido”.

En la nueva versión que dio Hawking, quien es investigador de la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, los hoyos negros no son tan negros después de todo: no destruyen todo lo que entra en ellos. Emiten radiaciónes por largos periodos y liberan poco a poco la información de lo que cayó en ellos al mismo Universo que los vio nacer.

El riesgo de ser macho

Dos investigadores de psicología evolutiva de la Universidad de Michigan, Daniel Kruger y Randolph Nesse, realizaron un estudio sobre las diferencias que existen en las tasas de mortalidad entre hombres y mujeres para las 11 principales causas de muerte en diferentes grupos de edad en los Estados Unidos y en otros 20 países. También estudiaron las diferencias en los índices de mortalidad entre los dos géneros en los últimos 70 años en cinco países. Llegaron a la conclusión de que en los países desarrollados, el mayor factor de riesgo demográfico que existe, en relación a muertes prematuras, es pertenecer al sexo masculino.

La investigación demuestra cómo las diferencias de género, moldeadas a través de la evolución, interactúan de formas muy complejas con múltiples aspectos culturales, para dar un patrón que se repite en diversas culturas y a través del tiempo, resultando en índices de mortalidad más altos para los hombres, fenómeno muy parecido al que sucede con el resto de los mamíferos.

En las especies animales en las que las hembras son las que invierten más tiempo y esfuerzo en el cuidado de sus crías, éstas tienden a ser muy cuidadosas en la elección de la pareja, por lo que el éxito reproductivo de los machos depende de su habilidad para competir con otros machos, ya sea ganando batallas o desarrollando conductas que las hembras prefieren. A través de la evolución, en estos machos han prevalecido los genes que promueven la habilidad competitiva y la capacidad de tomar riesgos, con el alto costo de que su capacidad de repararse y de prevenir enfermedades no se ha desarrollado al mismo grado que en las hembras. Ésta es una de las razones evolutivas que explica que en la mayoría de las especies animales las hembras vivan, en promedio, más que los machos. Además, en los mamíferos, los machos poseen un sistema fisiológico, inmunológico y endócrino más vulnerable que el de las hembras, en parte debido a los efectos inmunosupresores de la hormona masculina testosterona.

Los investigadores aseguran que en los varones el éxito reproductivo también está relacionado con la capacidad de tomar riesgos en la competencia por los recursos, por alcanzar un nivel social más alto y por encontrar una pareja. En las mujeres, la capacidad de tomar riesgos está limitada debido a que la supervivencia de los hijos depende más del cuidado materno. La tendencia de los hombres a ser menos precavidos que las mujeres se refleja en las diferencias de género que claramente se aprecian en las estadísticas sobre accidentes y violencia: los accidentes son la cuarta causa de muerte en hombres y la séptima en mujeres.

Los autores también tomaron en cuenta factores culturales como son la mejoría en las condiciones de salud para las mujeres durante el parto y el hecho de que los hombres acuden con menor frecuencia al médico, así como el riesgo de padecer enfermedades cardiacas o la respuesta al estrés, el cual no afecta igual a ambos géneros. Pero una de las conclusiones más interesantes del estudio es que resulta imprescindible entender hasta qué punto nos gobiernan patrones de conducta adquiridos a través de millones de años de evolución.

 

Martha Duhne Backhauss

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