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24 de septiembre de 2018
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Ráfagas

No. 75

Tsunamis en el Océano Índico

Olas que viajan a velocidades de hasta 800 kilómetros por hora en las profundidades oceánicas, y que a su arribo a suelos some­ros ya no son olas sino paredes de agua de varios metros de altura, que arrastran lo que encuentran a su paso: casas, personas, pedazos de concreto, lanchas, coches o pal­meras con todo y raíces, como si se tratara de minúsculos juguetes. La avalancha de agua con su enorme contenido, es empu­jada cientos de metros hacia dentro de la costa, para después, con idéntica fuerza, ser devuelta al mar. Y luego llega otra y otra. Son barreras acuáticas, componentes de un fenómeno geológico, el tsunami, que en diciembre pasado cobró la vida de más de 150 000 personas en Asia, en las costas de 11 países.
Los tsunamis se originan por temblores, avalanchas, erupciones volcánicas, incluso el impacto de algún cuerpo cósmico (como un meteorito) en el suelo marino, y si estos movimientos generan un desplazamiento vertical de la columna de agua que se lo­caliza sobre ellos, se produce una serie de olas gigantes que viajan enormes distancias y pueden llegar a provocar una enorme destrucción a su llegada a la costa.

Para entender este fenómeno, hay que recordar que la superficie de la Tierra no es, como podría parecer, una capa conti­nua, sino que está compuesta de varias placas diferentes, las placas tectónicas: gigantescas masas de roca sólida que miden de cientos a miles de kilómetros de longitud. Su grosor también varía, de aproximadamente cinco kilómetros en los suelos marinos, a más de 100 kilómetros en los continentes. En regiones interiores de América del Norte y del Sur, por ejemplo, ese grosor alcanza 200 kilómetros. Las placas no permanecen inmóviles sino que se desplazan, y al hacerlo, chocan con otras, produciendo temblores; si la fuerza acumulada es muy grande, pueden incluso llegar a formarse cordilleras. En estas zonas de contacto una placa se desliza bajo la otra, en lo que se conoce como zonas de subducción.

De acuerdo con información dada a conocer por el Centro Nacional de Informa­ción sobre Temblores de los Estados Unidos, el terremoto de nueve grados en la escala de Richter que ocurrió el 26 de diciembre de 2004, fue resultado del deslizamiento de la Placa del Índico bajo la Placa de Burma, en una región localizada a 30 kilómetros de profundidad y a 160 kilómetros al oeste de la costa norte de la isla de Sumatra, a las 7:58 hora local, o 6:58 de la noche del 25 de diciembre, hora del centro de México. La energía liberada fue del equivalente a 475 000 kilotones de TNT o a la de 23 000 bombas de Hiroshima. Los científicos calculan que, dada la magnitud del terremoto, el piso marino sobre la falla debió desplazarse hacia arriba varios metros, lo que ocasionó que cientos de kilómetros cúbicos de agua también se desplazaran hacia la superficie. Olas muy largas empezaron a trasladarse a través del océano, desde el epicentro del terremoto. El viaje del tsunami había comenzado. Probablemente los barcos que se encontraban cerca de ahí no sintieron nada, porque en la superficie lo único que cambia es que el nivel del mar sube y baja ligeramente, cuando mucho un metro. Pero a grandes profundidades los efectos son mucho más notorios. El tsunami se mueve a velocidades de hasta 800 kilómetros por hora (velocidad a la que viajan algunos jets) y cuando llega a zonas poco profundas, cerca de la costa, pierde velocidad, pero aumenta en tamaño. Las olas llegaron a la provincia de Aceh, en Sumatra, 15 minutos después del terremoto y les tomó menos de siete horas recorrer los cerca de 4 800 kilómetros que las separaban de las costas de África.

Los tsunamis son fenómenos poco frecuentes en el Océano Índico, y a dife­rencia de lo que sucede en el Pacífico, no se cuenta con sistemas para detectarlos ni para alertar a las millones de personas que viven en sus costas. En muchos de los lugares más afectados, el mar retrocedió decenas de metros, pero al parecer casi nadie supo aprovechar los minutos que le tomaría al tsunami regresar con su asom­brosa fuerza.

Una excepción afortunada fue la de Tilly Smith, una niña inglesa de 10 años que vacacionaba en la playa de la isla Phuket, en Tailandia. Ella había estudiado en su escuela, semanas antes, las características de los tsunamis y supo leer en el extraño comportamiento del mar el indicio del horror que finalmente se produjo. A gri­tos avisó a sus padres y a un centenar de asombradas personas, que debían correr hacia los lugares más altos de la isla y así salvó sus vidas. Pocas, comparadas con las decenas de miles de personas que murie­ron en toda la región, pero más de las que lograron salvar los científicos del Centro de Alarma de Tsunamis del Pacífico, quienes detectaron el terremoto minutos después de su inicio y por no contar con sistemas de alarma bien coordinados en las costas del Océano Índico, vieron avanzar las olas destructivas sin poder hacer nada.

Un mexicano en Marte

Un proyecto de Rafael Navarro González, investigador del Instituto de Ciencias Nucleares de la UNAM, fue seleccionado entre 600 propuestas para formar parte de la misión de la NASA llamada Mars Scien­ce Laboratory, MSL, programada para su lanzamiento en 2009, año en que Marte estará de nuevo en su punto más cercano a la Tierra.

El 14 de diciembre de 2004 la página oficial de la NASA en Internet publicó la lista de las ocho propuestas seleccionadas para diseñar un laboratorio móvil, el cual va a explorar una región de Marte y bus­cará indicios de vida pasada o presente. Se planea que este laboratorio genere su propia energía y se mantenga activo durante un año marciano, que equivale a dos terrestres. Los investigadores de cada propuesta realizarán, en el lapso de poco más de cuatro años, el diseño de los distintos instrumentos (que deben acomodarse en una plataforma móvil), la construcción y las pruebas necesarias para posteriormente enviarlas a la NASA y armar el equipo completo.

Rafael Navarro, único latinoamericano incluido en el proyecto de la NASA, forma parte de un equipo de investigadores fran­ceses, rusos y estadounidenses que se han dedicado a detectar vida (o su ausencia) en diferentes sitios de la Tierra que presentan similitudes con la superficie marciana.

Rafael Navarro ha recorrido varios de­siertos del mundo, donde toma muestras y las analiza en su laboratorio, buscando evidencias de vida, y esto es lo que su equipo tendrá que hacer en Marte. El investigador encontró que el desierto de Atacama, en Chile, es uno de esos lugares en la Tierra donde, en ciertas regiones, no se encuentran rastros de vida. “El parecido de Atacama con la superficie de Marte es notable. Con la más sofisticada tecnología, encontramos las condiciones no sólo esce­nográficas, sino físicas y químicas idóneas para simular lo que tendríamos que hacer en Marte”. Pero el equipo con el que rea­liza las pruebas pesa media tonelada, por lo que el investigador tendrá que diseñar uno nuevo que quepa en un espacio de 30 por 30 centímetros y pese menos de 20 kilos. Parte del equipo consta de una nave “panal” de donde salen unos pequeños robots voladores, llamados “abejas”, que toman muestras y las analizan para poder orientar a la nave a los sitios que sean más interesantes.

En una entrevista que publicó el perió­dico La Crónica, el investigador narró que cuando era niño “estaba muy de moda la exploración espacial. Se hablaba de las mi­siones Vikingo, que irían a Marte a hacer las primeras exploraciones. Aunque yo sabía que desde México era difícil poder parti­cipar en algo relacionado con esto, decidí seguir el camino vocacional de mi interés, una carrera que me permitiera explorar el origen de la vida, y eventualmente, buscar vida en otros lugares”. Decidió entonces estudiar biología y, después de cursar un doctorado y tres posdoctorados, su sueño se está haciendo realidad.

Hallazgos en la Pirámide de la Luna

Teotihuacan, ciudad que en el siglo VII d.C era la más grande de América y la sexta del mundo, vuelve a ser noticia gracias a los hallazgos de un grupo de arqueólogos de México y Japón, quienes descubrieron dentro de la Pirámide de la Luna una tumba con 12 esqueletos humanos, 10 de ellos de­capitados. En la parte central de la tumba hallaron 18 cuchillos de obsidiana, nueve curvos y nueve en forma de una serpiente emplumada, rodeando la figura completa de un ser humano elaborada con pequeños mosaicos de piedra verde. Los entierros y ofrendas están localizados en un espacio de cinco por cinco metros y los arqueólogos consideran que la figura humana es una pieza única en el arte mesoamericano. Junto a las osamentas hallaron también 41 esqueletos de animales, todos símbolos de guerreros en la iconografía teotihuacana: cinco felinos (pumas o jaguares) completos y nueve cabezas de la misma especie, tres cuerpos completos y siete cabezas de cánidos (lobos o coyotes), así como 13 cuerpos de aves completas y cuatro incompletas, probablemente de águilas reales. De acuer­do con los especialistas, los dos esqueletos humanos que conservan la cabeza deben corresponder a personas ilustres o respe­tadas, pues portaban ornamentos: orejeras con 16 cuentas de jade y un collar de conchas que imitaban dientes.

Los trabajos de excavación del proyecto Pirámide de la Luna, iniciaron en julio de 1998 y son coordinados por Rubén Cabrera Castro, del Instituto Nacional de Antropología e Historia, y por Saburo Sugiyama, de la Universidad Estatal de Arizona de los Estados Uni­dos. Para su realización se contó con el financia­miento de la National Science Foundation y de la National Geographic Society, ambas de los Estados Unidos, y de la Sociedad Japonesa para la Promoción de la Ciencia, además del constante apoyo de especialistas de la Universidad de Ontario en Canadá, de la UNAM y del INAH.

Leonardo López Luján, colaborador del proyecto, asegura que gracias a estos hallazgos se verá de manera diferente a los teotihuaca­nos, ya que “a mediados del siglo XX se consideraba que Teotihuacan era la capital de una civilización pacífica, de carácter teocrático. Aho­ra podemos verla de manera más humana, ya que además de tener un fuerte carácter religio­so, también estaba regida por el sacrificio y por la guerra”.

Las excavaciones están lle­gando a su fase final y los inves­tigadores seguirán estudiando los materiales encontrados.

Estrés y envejecimiento

Un grupo de científicos realizó un estudio que podría explicar, a nivel celular, por qué las personas que viven bajo altos niveles de estrés sufren un acelerado proceso de envejecimiento. Elissa S. Epel, de la Universidad de California en San Francisco, y sus colegas, estudiaron a mujeres sanas y premenopáusicas, a las que dividieron en dos grupos: el primero de 39 madres de niños con enfermedades crónicas (a las que llamaron “cuidadoras”) y el segundo de mujeres con hijos sanos (al que llamaron “control”). A ambos grupos les dieron un cuestionario para saber qué tan es­tresadas se sentían y el resultado, obvio, fue que las cuidadoras expresaban vivir con niveles de estrés mucho mayores que las del grupo control.

Después, los científicos tomaron muestras de sangre de las mujeres de ambos grupos y extrajeron los leucocitos, a los que realizaron varias pruebas. Se dieron cuenta que los telómeros de los cromosomas que pertenecían a las cuidadoras eran más pequeños y que sus células tenían menores niveles de la enzima telomerasa que los de las mujeres del grupo control.

Un telómero es una especie de tapa, que se localiza en la parte final de un cromosoma. Su función es evitar que los cromosomas pierdan material genético en sus extremos, pero cada vez que una célula se divide, se reduce la longitud del telómero y cuando, después de muchas divisiones celulares, el telómero es ya muy pequeño, el cromosoma pierde la capacidad de duplicarse. Esto significa que la célula ha envejecido. El resultado de células en­vejecidas es un cuerpo envejecido, y por ello los telómeros cortos están asociados con una edad biológica avanzada.

La telomerasa es una enzima que tiene la capacidad de alar­gar los telómeros, y si es activada en una célula, podrá seguir dividiéndose y se retrasarán su envejecimiento y muerte. Los niveles de telomerasa naturalmente decrecen con la edad y como consecuencia las células envejecen y van perdiendo la capacidad de resistir a las enfermedades.

Lo que encontraron los investigadores es que el estrés crónico acelera el proceso de envejecimiento: entre más largo fue el lapso que las madres llevaban cuidando a sus hijos enfermos, más cortos eran sus telómeros y más bajos sus niveles de telomerasa. En mujeres que habían sufrido un gran estrés por largos periodos de tiempo, los telómeros eran equivalentes a los de personas 10 años mayores que ellas.

Estos resultados son un foco rojo en relación a la importancia de aprender a manejar correctamentre los altos niveles de estrés y además representan un paso sin precedentes para descifrar la conexión biológica que existe entre el cuerpo y la mente.

 

Martha Duhne Backhauss

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