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16 de diciembre de 2018
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Ráfagas

No. 80

Nopales en peligro

Una palomilla, Cactoblastis cactorum, amenaza la supervivencia de varias especies de nopal en México, entre ellas algunos endémicas, es decir, que si desaparecen de nuestro territorio, se habrán extinguido.

La triste historia inició en Argen­tina, lugar de origen de la palomilla, cuando unos agrónomos se dieron cuenta de que ésta era un depredador natural de algunas especies de nopal. La palomilla afecta al nopal en sus estados larvarios, ya que los huevos son depositados uno sobre otro hasta formar una especie de bastón, que contiene de 60 a 100 huevos. Cuando nacen las larvas, se entierran en las hojas del nopal, donde viven y se ali­mentan de los tejidos internos del nopal, durante dos a cuatro meses. Pasado este tiempo, las palomillas emergen para poner sus huevecillos en poco tiempo. Una sola colonia de larvas puede consumir de dos a cuatro pencas de un nopal.

Entonces a alguien se le ocurrió una idea genial: si la palomilla era una ex­celente comedora de nopales, ¿por qué no llevarla a otros países que quisieran deshacerse de los nopales que se hubieran convertido en plaga para sus respectivos cultivos? ¡Bárbaro! Así, decidieron ex­portarla en 1915 a Australia, donde una especie de nopal, que fue importada del estado de Texas, Estados Unidos, se había convertido en plaga en zonas agrícolas Poco tiempo después, en 1933, se llevaron la palomilla a Sudáfrica, a Hawai en 1950 y a las Antillas en 1960. Y ahí empezó la pesadilla. Resultó que las poblaciones de dos especies nativas de Opuntia, nombre científico de los nopales, que no tenían vela en este entierro, fueron severamente afectadas. Y después la palomilla se dis­persó, de manera natural, a islas cercanas: Haití, Bahamas y las Islas Vírgenes. En poco tiempo llegó a América continental, a la Florida, parece ser que en un cargamen­to contaminado que venía de República Dominicana. Allí atacó seriamente a una especie, O. spinosissima, que está en peligro de extinción.

¿Podría la palomilla llegar a México, cuna y sitio de distribución de más de 88 especies endémicas de Opun­tia? Así lo creen varios expertos. Las palomillas son excelentes voladoras y, por lo tanto, pueden pasar de la Florida (donde no ha sido posible erradicarlas) a los estados del noroeste de México. También podría llegar por el Caribe, ya sea volando o en algún embarque contaminado. Se ha aler­tado al personal de aduanas y de los servicios fitosanitarios del país, a los investigadores y a los productores de nopal, para que sepan identificar la larva y estén informados sobre los daños que podría causar. Asimismo, México ha solicitado apoyo técnico a la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, para realizar estudios de campo. Con experiencias similares, como la de los eucaliptos, que han ido desplazando a árboles nativos, o la de las mojarras, que están acabando con los peces de nuestros ríos, ¿no sería lógico que hubiéramos aprendido la lección de que no es una buena idea mover a una especie de su lugar de origen, donde tiene depreda­dores naturales, a otros sitios donde crece sin control? Parece que no.

Salineras mayas

El descubrimiento de evidencias de 41 salineras en la laguna de Icacos, en Beli­ce, es un indicio de que la producción y distribución de bienes que realizaban los mayas durante el periodo Clásico Tardío, del 600 al 900 d.C, fueron mucho más elaboradas de lo que se pensaba. Varios hallazgos arqueológicos ya habían demos­trado la importancia que para los mayas tuvo el comercio de varios productos, específicamente el de la sal. Por ejemplo, estudios realizados por Thelma Sierra Sosa, investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia, en Xcambó —sitio arqueológico maya localizado en la costa norte de la península de Yucatán—, demos­traron que desde esta ciudad prehispánica se controló la producción de varias zonas salineras y que sus pobladores desarrollaron un comercio importante, creado por la cre­ciente demanda de sal. Aquí encontraron vestigios de numerosos depósitos circula­res, que parecen haber sido utilizados para almacenar sal.

La importancia del reciente hallazgo, realizado por Heather McKillop, de la Uni­versidad Estatal de Luisiana, radica en que además de las salineras, se encontraron en ellas varias herramientas muy elaboradas. A diferencia de las salineras de la península, donde se dejaba que la sal se secara al sol, las de Punta Icacos estaban localizadas fue­ra de las áreas urbanas y ahí se usaban ar­tefactos que nos hablan de que hace entre 1 100 y 1 400 años, los mayas eran capaces de producir sal en grandes cantidades y con métodos casi industriales. En esta investi­gación se encontraron abundantes restos de carbón cerca de ollas, todas del mismo tamaño, así como cilindros de barro usados para detener las ollas sobre el fuego: evi­dencias de que los mayas hacían hogueras para evaporar artificialmente la sal del agua marina y también que estandariza­ron el tamaño de su producto. Se hallaron además un remo de madera (fechado en 1 300 años de antigüedad) y varios postes enterrados en el suelo, en un área de 10 por 15 metros, que probablemente se usaban para amarrar canoas. Aunque en el arte maya existen representaciones de canoas, el remo es el primer objeto de madera de ese periodo que se ha encontrado. McKillop concluye que en la zona existió una impor­tante producción de sal que se transportaba en canoas con las que se recorrían ríos y lagunas para llegar a las ciudades mayas. Se calcula que las salinas fueron abandonadas alrededor del 900 d.C., al mismo tiempo que muchas ciudades mayas.

Miden el metano en la atmósfera

Usando tecnología satelital, Christian Frankenberg y sus colegas de la Universi­dad de Heidelberg, Alemania, y del Royal Netherlands Meteorological Institute, Ho­landa, han realizado mapas atmosféricos para saber dónde y cuánto gas metano se produce. Los resultados de la investigación, publicados en el mes de mayo en la revista Science, demuestran que en los trópicos se emiten los niveles más altos de metano.

El metano, cuya fórmula química es CH4, es un hidrocarburo que constituye hasta el 97% del gas natural. Este último es una mezcla de gases (metano, nitrógeno, etano, CO2 y restos de butano y de propano) encontrada frecuentemente en yacimien­tos fósiles, sola o acompañado de petróleo. El gas natural es la base para producir el gas que se consume en los hogares, pero es necesario extraerle el etano, el propano y el butano, y además se le añaden algunas sustancias para que sea detectable por el olfato humano, ya que el metano es inodoro. El metano se origina también en procesos naturales, como la descomposi­ción de residuos orgánicos y la digestión y defecación de animales, pero más del 60% de las emisiones son resultado de activida­des humanas, principalmente las agrícolas y la extracción de hidrocarburos.

Una vez que se encuentra en la at­mósfera, el metano tiene la propiedad de absorber la radiación infrarroja que de otra manera escaparía al espacio, por lo que se considera como un gas de efecto invernadero. Los investiga­dores utilizaron un satélite, ubicado a 800 kilómetros de altura, para medir la intensidad de la luz del Sol que re­cibe después de atravesar la atmósfera. Los gases de la atmósfera, incluido el meta­no, absorben energía de la luz, pero cada uno absorbe diferentes longitudes de onda. Midiendo la energía que logró pasar por la at­mósfera y que no fue absorbida en el trayecto, el satélite pudo calcular qué tipo de gases tuvo que atravesar la luz. La investigación muestra que las mayores emi­siones de metano se originan en la India, en el sureste de Asia y en varias regiones de China; las fuentes parecen ser las enormes plantaciones de arroz, la ganadería y la producción de combustibles fósiles en las zonas industrializadas en los márgenes del Río Amarillo en China.

Medir de manera precisa las emisiones de metano es muy importante, ya que es uno de los gases que contempla el Proto­colo de Kyoto, el tratado internacional que busca reducir los gases de efecto invernadero para el año 2012. Benito Müller, del Instituto Oxford de Estudios sobre Energía del Reino Unido, opinó que a pesar de que los países en desarrollo producen gran cantidad de metano, no de­ben cargar con todo el peso de reducir las emisiones, ya que es necesario tomar en cuenta sus limi­taciones económicas. Los investigadores planean llevar a cabo una nueva misión en el 2007 para medir las emisiones de bióxido de carbono, otro de los gases de efecto invernadero que, de acuerdo con los investigadores, es el principal responsable del calentamiento global.

Evolución de la conducta

Un grupo de científicos holandeses ha de­dicado buena parte de los últimos años a investigar distintos rasgos de la personali­dad y cómo éstos pasan de una generación a la siguiente. Su objeto de estudio no fueron personas con depresión, obsesivos-compulsivos o autistas. Es más, ni siquiera se trató de seres humanos, sino de un pequeño pájaro europeo, conocido como “carbonero” o “herrerillo”, Parus major, que habita en bosques, huertos, jardines y parques urbanos de Europa y la parte norte de Asia. El grupo estudió a miles de indivi­duos, observando cómo interactúan unos con otros y comparando los rasgos de su personalidad con la de sus descendientes, para después analizar su ADN. De acuerdo con Piet Drent del Instituto de Ecología de Holanda y Niels Dingemanse de la Universi­dad de Groningen, del mismo país, quienes dirigieron el estudio, los resultados parecen indicar que la personalidad tiene profundas raíces genéticas. Y lo mismo podría suceder con los humanos.

Los investigadores estudiaron una po­blación completa de carboneros, aves que pueden pasar su vida entera en un solo sitio, sin desplazarse a otro lado. Marcaron a los carboneros de un bosque y llevaron un registro de su comportamiento, salud y éxito reproductivo. A veces captura­ban algunos y les realizaban estudios de conducta en el laboratorio, con una serie de pruebas diseñadas para conocer sus personalidades. Después los regresaban al bosque, para seguir observándolos. En una de las pruebas, colocaron un objeto extraño para ellos: una lámpara de mano o un muñeco de la Pantera Rosa, en medio de su jaula. Algunos pájaros inmediatamente se aproximaban a inspeccionarlo, mientras que otros preferían mantenerse alejados. En otro experimento, colocaban la jaula en un cuarto grande, donde se encon­traban cinco árboles. Al abrirla, algunos pájaros salían a explorar los árboles y otros preferían quedarse en la seguridad de su jaula. Los experimentos revelaron que los pájaros tenían personalidades consistentes, que permanecían estables durante varios años. A los “audaces”, como los cataloga­ron, les gustaba explorar objetos y lugares nuevos, eran más agresivos y sufrían menos estrés que los “timidos”, más precavidos y retraídos. En otra serie de experimen­tos, los investigadores demostraron que estas características tienen fuertes bases genéticas. En sólo cuatro generaciones, pudieron producir aves significativamente más tímidas o más audaces al seleccionar estos rasgos en los progenitores, a los que cruzaban, y observar la conducta de los descendientes. Los investigadores también se plantearon por qué a través de la evolu­ción no se ha seleccionado un solo tipo de personalidad, “los audaces”, por ejemplo, y se han eliminado las otras. La respuesta parece indicar que un tipo de personalidad puede ser más eficaz que otra en ciertas circunstancias, pero si éstas cambian, la otra personalidad podrá adaptarse mejor. Y la condiciones de la vida de las aves en este pequeño bosque europeo pueden cambiar de un día al siguiente. Suena familiar.

Hacia la clonación terapéutica

Científicos de Corea del Sur desarrollaron una técnica muy eficiente para producir células madre o troncales con fines te­rapéuticos. La investigación, dirigida por Woo Suk Hwang y Shin Yong Moon, de la Universidad Nacional de Seúl, se dio a conocer en la revista Science en mayo pasado. Los investigadores lograron producir 11 líneas de células troncales humanas genéticamente idénticas a las de pacientes que sufrían diversas enfermedades. Este método, llamado clonación terapéutica, tiene como finali­dad producir células troncales para intentar que posteriormente produzcan cualquier tipo de células del cuerpo que sean nece­sarias, según el padecimiento del donante.

La técnica consiste en remover el núcleo (que es donde se localiza el material genético) de una célula somática de un do­nante, es decir, cualquier célula de su cuerpo que no sea ni óvulo ni espermatozoide. Después, este núcleo es introducido en un óvulo, al que le han extraído su propio núcleo. El óvulo empieza a dividirse y después de cinco días, el clon, que en este momento tendrá aproximadamente 100 células, se transforma en una esfera hueca y de aquí se toman las células para producir una línea de células troncales. Hasta ahora se habían obteniendo los óvulos en clínicas de fertilidad, con la autorización de las donantes, pero nunca antes se habían utilizado células de personas con alguna enfermedad, con la idea de producir los tejidos específicos que éstas necesitan y reducir las posibilidades de rechazo. El principal problema había sido el alto índice de fracaso: apenas en febrero pasado el mismo equipo de científicos dio a conocer que había necesitado 248 óvulos humanos para lograr producir una sola línea de celulas troncales. Pero ahora los investigadores han mejorado su técnica y esta vez lograron una línea de células troncales por cada 17 óvulos, lo cual es notoriamente más eficiente.

El gobierno de Corea del Sur, que patrocinó la investigación, aseguró que ha emitido leyes muy estrictas que prohíben la clonación con fines reproductivos. Los investigadores aseguran que han dado un gran paso para el desarrollo de la clonación terapéutica, pero admiten que todavía falta mucho para llegar a desarrolllar terapias eficientes para los enfermos a los que está destinada.

 

Martha Duhne Backhauss

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