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24 de septiembre de 2018
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Ráfagas

No. 82

Nueva teoría sobre los primeros americanos

Cientos de huellas fosilizadas de 38 000 años de antigüedad, halladas en una can­tera abandonada en el estado de Puebla, podrían modificar la teoría aceptada has­ta hoy sobre los primeros pobladores de América. En esta teoría se postula que los primeros pobladores de nuestro continente llegaron hace cerca de 11 000 años, cruzan­do por el estrecho de Bering. Las huellas, muchas de ellas de niños, se descubrieron cerca del volcán Cerro Toluquilla, en lo que fue la orilla de un lago volcánico, y se conservaron porque se cubrieron de ceniza y sedimentos, y al subir el nivel del agua se solidificaron.

La directora del proyecto, la mexi­cana Silvia González, investigadora de la Universidad John Moores de Liverpool, y un equipo de arqueólogos encontraron las huellas desde el año 2003, pero ter­minaron el fechamiento hasta hace unas semanas. Para realizarlo utilizaron diversos materiales encontrados bajo la capa de las huellas, en ella y encima: también usaron una variedad de métodos, para asegurarse de que el fechamiento fuera preciso.

De acuerdo con la teoría aceptada hasta ahora, conocida como teoría Clovis Prime­ro, los primeros pobladores americanos pa­saron de Siberia a Alaska por un puente que se formó durante la última glaciación, hace entre 10 000 y 12 000 años. Silvia González propone otra teoría, llamada de Migración Costera, según la cual grupos de personas llegaron en barcos a la costa oeste del continente americano. Su origen todavía es un misterio, pero se piensa que pudieron venir del sureste de Asia o de Australia. Los estudios genéticos que se han reali­zado en poblaciones nativas de América del Norte apoyan la teoría Clovis Primero, pero González sugiere que los pobladores que llegaron por la costa, pudieron extin­guirse sin dejar un legado genético. Piensa que pudo tratarse de pequeños grupos de cazadores que se movían continuamente y que por eso no se han encontrado vestigios de su estadía.

Como toda nueva teoría, ésta ha cau­sado una gran polémica dentro del mundo científico. El investigador Michael Faught, experto en arqueología americana, co­mentó que sería muy significativo si estos resultados fueran correctos, pero que es necesario continuar con los estudios para poder asegurarlo.

La investigación fue dada a conocer durante la Exhibición Científica de Verano, de la Royal Society, en Inglaterra, y será publicada en la revista Quaternary Science Review.

Cambio climático y huracanes

Un detallado análisis realizado por el cli­matólogo Ferry Emmanuel, del Instituto de Tecnología de Massachusetts, muestra, por primera vez, que la intensidad y la duración de los huracanes que se producen en el Atlántico y el Pacífico han aumentado un 50% desde 1970. De acuerdo con el investi­gador, este fenómeno está asociado con el aumento de la temperatura promedio de la superficie de los océanos y de la atmósfera durante el mismo periodo; esto es, que podría estar relacionado con el cambio climático que, según muchas evidencias científicas, está ocurriendo en la Tierra.

El investigador llegó a esta conclusión después de analizar datos de huracanes ocurridos en el pasado. Antes de este es­tudio, la mayoría de los análisis del clima preveían que el cambio climático podía llegar a afectar la frecuencia y capacidad destructiva de los huracanes a partir del año 2050, o aun después.

Emmanuel analizó los datos de huraca­nes obtenidos por aviones y satélites desde los años 50 y encontró que la energía que los produce, tanto en el Atlántico Norte como en el Pacífico Norte, ha aumentado significativamente, sobre todo desde la mitad de la década de los 70.

No toda la comuni­dad científica está de acuerdo con los resulta­dos de esta investigación y muchos son extre­madamente cautelosos al intentar hallar una relación directa entre la actividad de los hura­canes y el calentamiento global. Una de las razones es que la frecuencia e intensidad de los huracanes obedecen a muchos factores, entre otros la salinidad y los cambios en la temperatura de las corrientes profundas del Atlántico, que varían de forma natural cada 40 o 60 años.

Sin embargo, Ferry Emmanuel opina que lo que estamos viviendo es diferente: “Es la primera vez que estoy totalmente con­vencido de que estamos viendo una clara señal en los datos analizados. La energía disipada por los huracanes está relacionada con la temperatura superficial del mar. El aumento de ésta en la última década no tiene precedentes y probablemente sea un reflejo de los efectos que está tenien­do el cambio climático”, señaló. Éste es el primer año en el que se han registrado cuatro huracanes en el Atlántico antes de la primera semana de julio, y también fue el primero que en estas fechas presentó uno de categoría 4. El polémico artículo fue publicado en la revista Nature el pasado 23 de junio. Otro foco rojo en un panorama bastante preocupante.

Trigo angloamericano

Investigadores del Centro Internacional de Mejoramiento del Maíz y el Trigo (CI­MMYT) de México, de la Universidad de Nottingham y del Consejo de Investigación de Ciencias Biológicas y Tecnológicas, del Reino Unido, realizan un estudio que tiene el objetivo de cruzar diversas variedades inglesas y mexicanas de trigo para combinar sus mejores características y lograr mejores cosechas. Asimismo, el estudio busca asegurar la sustentabili­dad del cultivo en Inglaterra, país donde se produjeron más de 14 mil toneladas durante 2003.

Lo que han estado haciendo los investi­gadores es cruzar variedades de trigo ame­ricanas, que tienen espigas más grandes y fértiles, con las inglesas, cuyas espigas son más pequeñas aunque con mayor capacidad de fotosíntesis. Con diversas técnicas de fisiología vegetal y genética comparada, el equipo de investigadores descubrió que la variedad inglesa podría producir plantas más grandes, pero el tamaño de su espiga lo impide.

En una siguiente etapa, los investigado­res de ambos países localizarán los genes que permiten que el trigo americano tenga espigas de mayor tamaño. Al cruzar las diferentes variedades podrán producir una nueva que no sólo soporte el clima inglés, sino que produzca un mayor rendimiento sin necesidad de más agua o mayor canti­dad de fertilizantes.

¿Nuevo planeta? ¿Y si Plutón no lo es?

Un objeto celeste, llamado temporal­mente 2003UB313, fue descubierto recientemente en el Observatorio de Monte Palomar, en California, EUA, por los astrónomos Mike Brown, del Instituto de Tecnología de California (Caltech), Chad Trujillo, del Obser­vatorio Géminis y David Rabinowitz, de la Universidad de Yale. Se trata del objeto más grande encontrado hasta ahora orbitando alrededor del Sol desde el descubrimiento de Neptuno, en 1846.

El nuevo objeto forma parte del Cinturón de Kuiper, una familia numerosa de cuerpos rocosos helados que se localizan más allá de Neptuno. Su órbita (que el objeto tarda 560 años en recorrer) es muy alargada, es decir, 2003UB313 no gira a la misma distancia del Sol todo el tiempo (la Tierra y los otros pla­netas tampoco, pero sus órbitas son casi circulares). En su punto más cercano al Sol, 2003UB313 se sitúa a una dis­tancia de 38 unidades astronómicas (una unidad astronómica es igual a la distancia media entre el Sol y la Tie­rra, 150 millones de kilómetros) y en el más alejado a 97 UA. Aún no se sabe cuáles son las dimensiones exactas de este objeto, pero los astrónomos calculan que es más grande que Plutón.

Para saber cuál es la composición de 2003UB313 los investigadores estudian la luz que refleja. Utilizando el observatorio Géminis, que está en Hawai, se ha descu­bierto que la luz reflejada por este objeto es muy similar a la de Plutón, por lo que deben ser de composiciones químicas pa­recidas. Los investigadores piensan que el interior de 2003UB313 es una mezcla de hielo y roca. Otra característica que lo hace similar a Plutón, y diferente del resto de los planetas del Sistema Solar, es que éstos giran en un mismo plano, como si viajaran sobre la superficie de un disco, mientras que Plutón y el nuevo objeto tienen órbitas inclinadas respecto a ese plano (17° y 40°, respectivamente).

El nuevo descubrimiento ha desatado una acalorada discusión sobre si 2003UB313 debería ser considerado como planeta o no. Si se le da esa clasificación, entonces ha­bría que incluir también a otros habitantes del Cinturón de Kuiper, descubiertos o por descubrir, y tendríamos miles de planetas. Si no, entonces habría que pensar en re­tirársela también a Plutón, al que la mayoría de los as­trónomos consideran hoy un objeto del Cinturón de Kuiper. La cuestión la debe decidir la Unión Astronómica Internacio­nal (UAI), que es la que se encarga de hacer oficia­les los nombres de los objetos celestes. La UAI ha nombrado un comité para elaborar una definición de planeta que sea práctica para los astrónomos, aunque quizá no del gusto del resto del mundo. En cualquier caso, es interesante imaginarse cómo los niños de primaria dibujarán el Sistema Solar dentro de algunos años.

Un impacto profundo

El pasado 4 de julio una sonda hecha principalmente de cobre se estrelló, a 10 kilómetros por segundo, contra el núcleo del cometa Tempel 1, causando en su superficie un cráter de unos 50 metros de diámetro. La sonda fue lanzada por la astronave automática Deep Impact, de los Estados Unidos.

El cometa Tempel 1 fue descubierto en 1867 por Ernst Tempel, quien estimó en cinco años y medio el tiempo que éste tarda en circundar al Sol.

La astronave salió de la Tierra en enero de este año. Iba equipada con cámaras y detectores para obtener imágenes de­talladas del cráter que haría la sonda en el Tempel 1, y toda la instrumentación necesaria para identificar la composición química del núcleo del cometa.

La astronave automática se fue acercando tangencialmente al cometa y cuando estuvo a la distancia programada (unos miles de kilómetros), lanzó la sonda de 370 kilogramos. Además del cráter, el impacto de la sonda produjo un enorme aumento de la tempe­ratura y con ello la volatilización de una gran cantidad de materia del cometa. Durante los primeros minutos, los instrumentos de la astronave registraron los efectos del choque y después ésta giró sobre sí misma para presentar una coraza de protección contra los materiales liberados en el choque que pudieran perjudicar sus instrumentos.

La información enviada por la sonda, que se está analizando en la Universidad de Maryland, responsable de este proyecto científi­co, nos ayudará a saber más del origen del Sistema Solar, pues los cometas contienen las sustancias con las que éste se formó.

La construcción en la astronave estuvo cargo de la empresa Ball Aerospace y la supervisión a cargo del Jet Propulsion Laboratory por contrato de la NASA.

Este experimento demuestra que la tecnología actual puede dar en el blanco en un objeto que se hallaba entonces a 140 mi­llones de kilómetros de nuestro planeta y que viaja en su órbita elíptica en torno al Sol a unos 70 mil kilómetros por hora, y puede además analizar a gran distancia la composición de un cuerpo celeste transmitiendo a la Tierra la información recabada. Cabe destacar que a esa distancia, la información tarda en llegar a la Tierra unos siete minutos y otros siete para que la astronave reciba la respuesta. La computadora a bordo de la nave tiene 14 minutos para tomar las decisiones que hagan falta para resolver cualquier eventualidad que se presente.

José de la Herrán

 

Martha Dunhe Backhauss

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