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22 de junio de 2018
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Ráfagas

No. 85

Premios Nobel 2005

La Real Academia de Ciencias Sueca anun­ció a principios del mes de octubre a los ganadores de los premios Nobel 2005.

El de física fue otorgado a dos estado­unidenses y a un alemán, por su trabajo en el campo de la óptica. Roy Glauber, de la Universidad de Harvard, obtuvo la mitad del premio por su descripción teórica del comportamiento de las par­tículas de luz, y, de manera conjunta, el alemán Theo­dor W. Hänsch del Instituto Max-Planck y John Hall de la Universidad de Colorado, lo ganaron por el desarrollo la espectroscopía basada en láser, que sirve para deter­minar con extrema precisión el color de la luz de átomos y moléculas.

Conocemos el mundo, en buena medida, por medio de la luz, y la óptica es la herra­mienta que utilizan los físicos para entender este fenómeno. Albert Einstein descubrió que la velocidad de la luz en el vacío es una constante. Entonces, ¿es posible utili­zar la luz para medir el tiempo con mayor precisión de la que se logra con los relojes atómicos que usamos actualmente?

Roy Glauber estableció en 1963 las bases de la óptica cuántica, al aplicar la física cuántica a fenómenos ópticos. Así pudo explicar, entre otras cosas, las diferencias entre la luz que emite un foco y la de un rayo láser. Por sus descubrimientos, se le considera el padre de la óptica cuántica. A finales de los años 90, las contribuciones de Hall y Hänsch permitieron construir rayos láser capaces de medir estas frecuencias de luz con una precisión de hasta 15 dígitos.

¿Qué aplicaciones tiene todo esto? Estas investigaciones han permitido desarrollar relojes de suma precisión y mejorar la tecnología de navegación por satélite, el Sistema Mundial de Localización (GPS, por sus siglas en inglés) con miras a dirigir sondas espaciales y telescopios emplazados en el espacio.

El Nobel de fisiología o medicina 2005 fue para los australianos Barry J. Marshall y J. Robin Warren por su descubrimiento del papel de la bacteria Helicobacter pylori en la gastritis y en las úlceras duodenales o gástricas. Robin Warren, patólogo de Per­th, Australia, descubrió que en 50% de las biopsias a pacientes de estos padecimientos, una bacteria colonizaba la parte baja del estómago. También se dio cuenta de que la mucosa gástrica que rodeaba los sitios donde se localizaba la bacteria estaba siempre inflamada. Barry Marshall, joven compañero de trabajo de Warren, se interesó en este hallazgo y juntos iniciaron una investigación. Con muestras de tejido de 100 pacientes lo­graron cultivar una bacteria, hasta entonces desconocida, que extrajeron de algunas de las muestras. Esta bac­teria, llamada más tarde Helicobacter pylori, se encontró en casi todos los pacientes estudiados con inflamación gástrica, úlcera duodenal o úlcera gástrica. Basándose en estos resultados, en 1982 propusieron que la bac­teria está directamente relacionada con el desarrollo de dichas enfermedades.

Pese a que estos padecimientos se con­trolaban inhibiendo la producción de ácidos, a menudo los pacientes sufrían recaídas. Entonces Marshall y Warren demostraron que las enfermedades se curaban si las bacterias se erradicaban. Gracias a su descubrimien­to, estos padecimientos se pueden curar con antibióticos e inhibidores de secreciones ácidas tomados en conjunto. Actualmente está demostrado que Helicobacter pylori es responsable del 90% de los casos de úlceras duodenales y del 80% de las úlceras gástri­cas. Es una bacteria con forma espiral que coloniza el estómago de cerca del 50% de las personas, aunque en la mayor parte no provoca síntomas, no se sabe claramente por qué. La infección es mucho menos frecuente en los países desarrollados que en los países pobres. Se piensa que la infección se contrae de madre a hijo en los primeros meses de vida. Actualmente se trabaja en modelos con animales para intentar comprender las causas que desencadenan el desarrollo de los padecimientos.

El Nobel de química 2005 se otorgó, también de manera conjunta, a Yves Chau­vin, del Instituto Francés del Petróleo, Robert Grubbs, del Instituto Tecnológico de California y Richard Schrock, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, por el “desa­rrollo de metátesis en la síntesis orgánica”. En otras palabras, por el desarrollo de un método eficiente y respetuoso del ambiente para construir moléculas.

Todas las sustancias orgánicas poseen carbono. Los átomos de carbono tienen la característica de que pueden formar largas cadenas, unirse a otros elementos como el hidrógeno y el oxígeno, y formar enlaces dobles. Toda la vida en la Tierra está basada en los compuestos de carbono. Derivada de las palabras griegas meta, “cambio” y thesis, “posición”, la palabra metátesis significa “cambio de lugar”; en química es el intercambio de partes de dos sustancias. En las reacciones de metátesis los enlaces entre los átomos de carbono y otros elementos se rompen y se vuelven a formar, cambiando su posición original, como si se tratara de un baile donde se cambia de pareja. Chauvin pudo explicar en detalle el funcionamiento de la metátesis, así como qué clase de compuestos de metal podían actuar como catalizadores de la reacción química, acelerándo­la. El siguiente paso fue per­feccionar el proceso químico. En 1990, Richard Schrock fue el primero en producir un catalizador eficiente, basado en un com­puesto metálico, y dos años después, Grubbs desarrolló un catalizador aún más eficiente, estable al entrar en contacto con el aire.

Gracias a esta tecnología ha sido posible sintetizar nuevos materiales con métodos más eficientes. Sus productos son más amigables con el entorno, ya que el nuevo método emplea solventes no contaminantes y produce residuos menos tóxicos. Hasta la fecha producimos sólo una pequeña frac­ción de la enorme diversidad de moléculas orgánicas estudiadas. Lo importante del des­cubrimiento es que estas nuevas moléculas tienen muchas aplicaciones, entre ellas en la industria farmacéutica.

Por último, el premio Nobel de la Paz 2005 fue entregado de manera conjunta al Organismo Internacional de Energía Atómica y a su director general, Mohamed ElBaradei, por sus esfuerzos para prevenir que la ener­gía atómica se aplique con fines militares y asegurar su uso pacífico y seguro. Ana María Cetto, investigadora del Instituto de Física y profesora de la Facultad de Ciencias de la UNAM, es partícipe del premio Nobel de la Paz de este año, pues es directora adjunta de la OIEA.

Premios universitarios a amigos

La Universidad Nacional Autónoma de Méxi­co otorgó los premios Universidad Nacional y el Reconocimiento Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos 2005 a 32 miembros de su comunidad por “haber destacado en el desempeño de sus labores docentes, de investigación, extensión de la cultura, innovación tecnológica y diseño industrial, arquitectura y creación artística”.

Este año, dos de los premios fueron otorgados a amigos y compañeros, que se dedican a divulgar la ciencia y que colabo­ran en ¿Cómo ves? desde que la revista vio la luz por primera vez, hace ya siete años: José de la Herrán y Martín Bonfil, ambos en la categoría de “Creación artística y extensión de la cultura”.

El ingeniero José de la Herrán, quien recibió el Premio Universidad Nacional, es uno de los pioneros de la divulgación científica y tecnológica de nuestro país. Premio Nacional de Divulgación de la Cien­cia 2002 y Premio Nacional de Ciencias en Tecnología y Diseño 1983, el ingeniero de la Herrán es un hábil divulgador que ha dado miles de conferencias, cursos y talleres, publicado libros e innumerables artículos, y diseñado artefactos para museos. Miembro fundador de la Sociedad Mexicana para la Divulgación de la Ciencia y la Técnica, la SOMEDICYT, ideó y construyó la exposición permanente del “Túnel de la ciencia” en la estación del metro La Raza. En 1989 fundó el Gabinete de Ingeniería para el diseño de equipamientos para el Museo Universum, donde hasta la fecha se han diseñado más de 400 equipos.

José también desempeñó un papel fundamental en el desarrollo de las tele­comunicaciones en México. Instaló y puso en marcha en 1947 la primera radiodifusora de frecuencia modulada en México, fundó la empresa CICESA, dedicada al diseño y construcción de radiodifusoras comer­ciales, inauguró el transmisor de XEW-TV canal 2 y participó en la instalación de una cadena de transmisores de FM para enlazar las repetidoras AM en varios es­tados de la Re­pública.

De formación ingeniero mecá­nico y electricis­ta, se aficionó a la astronomía desde pequeño y construyó su pri­mer telescopio a los 12 años. Al parecer esta afición se le hizo hábito, ya que en 1970 diseñó y costruyó el telescopio princi­pal del Observatorio Astronómico Nacional, ubicado en la sierra de San Pedro Mártir. También diseñó y construyó el telescopio catadióptrico de 16.5 centímetros de diá­metro, primero en su tipo en México, con el que se fotografió el eclipse total de Sol del 7 de marzo de 1970.

José de la Herrán es consejero edito­rial y colaborador frecuente de la revista. Tenemos además el privilegio de contar con su asesoría, siempre gentil y oportu­na, en una gran variedad de temas. Podrás conocer más sobre nuestro querido José en esta misma edición, en la semblanza que sobre él escribió Juan Tonda.

Martín Bonfil Olivera, quien obtuvo el Reconocimiento Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos, es conocido por nuestros lectores por su columna “Ojo de mosca”, la sección de la revista que recibe más comentarios. Es­tudió la carrera de químico farmacéutico biólogo en la Facultad de Química de la UNAM y trabaja en la Dirección General de Divulgación de la Ciencia desde 1990, donde ha sido jefe del Departamento de Libros, miembro del Comité Organizador de la Maestría en Comunicación de la Ciencia (que se imparte actualmente) y divulgador de tiempo completo.

Se ha especializado en medios escritos y es autor de libros y más de 500 artículos de divulgación de la ciencia. Además de “Ojo de mosca”, durante ocho años publicó quincenalmente la columna “Las dos cul­turas” en el periódico universitario Huma­nidades. Cada semana escribe la columna “La ciencia por gusto” en el diario Milenio. Además es editor del boletín El muégano divulgador, de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia. Martín participa regularmente en programas de radio, da conferencias, cursos y talleres.

Irreverente y crítico, le encanta meter­se en camisa de once varas, tratando temas como religión y ciencia, las pseudociencias, la clonación o la política científica; inventa títulos atractivos y muy poco convenciona­les como ¿Para qué sirve la ciencia?; XXX: el poder de los cromosomas; ¿De veras el tamaño no importa? o Todos somos zombis. Martín Bonfil escribe sobre temas científi­cos con responsabilidad, conocimiento y pasión y ha logrado el objetivo de cualquier escritor que se respete: desarrollar una voz propia, que se reconozcan sus textos porque su estilo es diferente al de cualquier otro, buena receta para atrapar lectores y lograr, por puro gusto, interesarlos en esa peculiar manera de entender al mundo que da la ciencia.

Nuestras afectuosas felicitaciones a los dos premiados. En ¿Cómo ves? nos congratulamos de contar con su valiosa colaboración.

MILAGRO en la Ciudad de México

La contaminación del aire es uno de los principales problemas am­bientales de las zonas urbanas, particularmente en las megaciuda­des, áreas donde se concentra una población de más de 10 millones de habitantes. Gracias al programa MILAGRO, que impulsa Mario Molina, premio Nobel de química 1995, la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM) será la megalópolis más estudiada en lo tocante a la contaminación atmosférica. El proyecto Megacity Iniciative: Local and Global Research Observations, MILAGRO por sus siglas en inglés, tiene como propósito fortalecer la base científica para la evaluación y el diseño de políticas dirigidas a la mejora de la calidad del aire en esta zona.

La ZMVM tiene una población de más de 18 millones de ha­bitantes y cubre una superficie urbanizada total de 1,500 km2, abarcando 16 delegaciones del Distrito Federal, 37 municipios del Estado de México y un municipio del Estado de Hidalgo. Las emisiones contaminantes que aquí se producen suman millones de toneladas por año y continuamente exceden los estándares recomendados por la Organización Mundial de la Salud. Durante los últimos cuatro años, un equipo de científicos de México, los Estados Unidos y otros países, dirigidos por Mario Molina, llevaron a cabo una evaluación integral de la calidad de aire en el valle de México. El equipo internacional de investigadores regresará a la Ciudad de México en 2006 y se unirá a sus colegas mexicanos para llevar a cabo el proyecto MILAGRO. Las mediciones se toma­rán del 20 de febrero al 31 de marzo de 2006 con instrumentos instalados en tres lugares: uno en el sureste del Distrito Federal, otro en la zona de Tecámac, en el Estado de Hidalgo y el tercero en la zona de Tizayuca, también en Hidalgo. Además se realizarán mediciones con instrumentos instalados en dos aviones propiedad de la NASA, que realizarán vuelos del Puerto de Veracruz a la Ciudad de México.

El proyecto será financiado por la Fundación Nacional de Cien­cia, el Departamento de Energía y la NASA, los tres de los Estados Unidos, así como por el gobierno mexicano.

 

Martha Duhne

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