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02 de julio de 2022
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Ómicron. Lo que sabemos y lo que no
Ilustración: be_u_and_i / Shutterstock

Ómicron. Lo que sabemos y lo que no

Miguel Angel Cevallos

Con la llegada de ómicron se intensificó la vigilancia epidemiológica y se recomendó que todos redobláramos las medidas de prevención.

La nueva variante del coronavirus es la responsable de la cuarta ola de la pandemia y ya está causando un número importante de infecciones y hospitalizaciones. Aunque se espera que el número de muertes sea menor que el de las ocasionadas por la variante delta durante la tercera ola, su impacto dependerá de nuestro comportamiento social.

Las pruebas de PCR que comúnmente se utilizan para diagnosticar la infección por SARS-CoV-2 se basan en la amplificación simultánea de tres genes del coronavirus. Uno de ellos, el gen S, es especialmente importante ya que tiene las instrucciones para producir la espícula, una proteína viral que es crucial en la infección porque se encarga de iniciar el proceso de invasión a nuestras células. Todas las variantes de “preocupación”, como las califica la Organización Mundial de la Salud (OMS), portan cambios en su espícula comparadas con el coronavirus de Wuhan, el responsable de la primera ola de la pandemia.

El pasado 22 de noviembre en Sudáfrica los técnicos del laboratorio Lancet, en Pretoria, identificaron un conjunto de muestras, colectadas a principios de ese mismo mes, en las que no podían amplificar el gen S en sus pruebas de PCR. Esta misma anomalía la observaron posteriormente los técnicos del laboratorio Lancet de Patología Molecular, en Johannesburgo, en otro grupo de muestras. Coincidentemente, en esas mismas fechas, esa región del mundo estaba sufriendo un súbito aumento de nuevos casos de COVID-19. Estas observaciones no eran casuales, sino los primeros indicios de que algo grave estaba pasando.

Para entender lo que estaba ocurriendo se secuenció el genoma de algunas de esas muestras, con resultados más que perturbadores y que especificaré más adelante. Los científicos a cargo de esta investigación dieron aviso el 24 de noviembre a la OMS, que analizó los datos de forma expedita e independiente. Dos días después clasificaron a esta nueva variante como de “preocupación “y le otorgaron el nombre de la letra griega ómicron.

La OMS recomendó que los países hicieran una vigilancia epidemiológica más estrecha y que los datos de la secuencia genómica de las muestras elegidas se subieran a bases de datos internacionales de libre acceso, acompañadas de la información clínica y epidemiológica pertinente. Obviamente recomendó que, como individuos, redobláramos las medidas de prevención.

Uno podría pensar que ómicron se originó en Sudáfrica, pero hay datos claros de que esta variante ya estaba circulando en Dinamarca días antes de que los científicos sudafricanos dieran aviso sobre su existencia. Esta situación dificulta que los científicos puedan identificar el lugar donde surgió esta variante y entender cuáles fueron las circunstancias que la hicieron posible.

El enemigo en detalle

La secuencia del genoma de ómicron reveló muchas sorpresas ya que cuenta con 60 mutaciones que la hacen diferir del coronavirus de Wuhan. De estas mutaciones, 32 modifican la espícula del virus que es, como ya mencioné, esencial en los primeros pasos de la infección viral. Y no solo eso, la espícula es la proteína viral que utilizan la mayor parte de las vacunas para inducir nuestra respuesta inmune. El diseño de estas vacunas se basa en la estructura de la espícula de la variante de Wuhan, así es que, en la medida en que las mutaciones alteren la estructura de esta proteína, aumenta la probabilidad de que disminuya la eficacia de las vacunas. Ómicron es la variante que tiene más cambios en la espícula y estos cambios se localizan en lugares que no solo son cruciales en el proceso de infección, sino también en cómo el virus enfrenta nuestra respuesta inmune. De hecho, 15 de las 32 mutaciones que alteran la espícula de ómicron radican en una región que se llama dominio de unión al receptor que es clave para que esta estructura pueda reconocer a la proteína ACE2, que es precisamente el receptor que el virus utiliza como puerto de entrada para infectar nuestras células. Estas modificaciones traen consigo tres problemas importantes: primero, muchos de los anticuerpos que inducen las vacunas reconocen el dominio de unión al receptor y eran muy eficientes en bloquear la entrada del virus, ahora lo son menos. Lo mismo vale para los tratamientos que se basan en anticuerpos monoclonales seleccionados en el laboratorio, ya que están dirigidos precisamente a bloquear el dominio de unión al receptor. Segundo, estos cambios también facilitan la entrada de la nueva variante a nuestras células y exacerban el proceso de infección. Y tercero, el gen S de la nueva variante carece de una pequeña región, llamada SGTF, utilizada como blanco por muchos de los kits de diagnóstico de COVID-19 que se basan en PCR. Esta característica fue precisamente la razón por la cual los laboratorios sudafricanos no pudieron detectar al susodicho gen en las muestras que dieron pie al descubrimiento de ómicron. Desde luego, esta observación obligará a las compañías que fabrican esos kits a modificarlos para que puedan detectar la nueva variante de una manera eficiente.

Hay que recalcar que los cambios de la espícula de ómicron no son los únicos relevantes en la infección y en la generación de la enfermedad. Existen otras mutaciones que podrían ser importantes en la génesis de la COVID-19. Por ejemplo, la nueva variante posee algunas mutaciones que podrían potenciar la función de ORF9b, una proteína viral que inhibe la producción del interferón, una sustancia que producen nuestras células y es clave para defendernos contra las infecciones virales.

¿De dónde (diablos) viene ómicron?

El surgimiento de ómicron todavía es un enigma para la comunidad científica. Uno de los puntos que quedaron claros cuando se analizó la secuencia genómica de ómicron es que no proviene directamente de ninguna de las variantes anteriores. Para explicar su origen se han propuesto dos hipótesis: la primera plantea que la nueva variante surgió en una persona inmunocomprometida; por ejemplo alguien infectado con el virus causante del sida (VIH). Su sistema inmune podría ser lo suficientemente apto para mantener a raya la infección por el coronavirus, pero no lo bastante para eliminarla. En este ambiente poco agresivo para el virus, es posible que se seleccionen o prevalezcan aquellas variantes más capaces de escabullirse al ataque de los anticuerpos.

La segunda hipótesis propone que alguna variante de la primera fase de la pandemia infectó a un animal y en sus células fue adquiriendo mutaciones que la volvieron más eficiente para infectar y replicarse. Posteriormente, esta variante habría recuperado su capacidad de infectar a los humanos y por ello ómicron se parece poco a las variantes que circularon anteriormente. Hay evidencias que apoyan esta hipótesis: a finales del año pasado se descubrió que los visones (mink) de algunas granjas danesas y de otros países del norte de Europa se habían contagiado del SARS-CoV-2 que portaban sus cuidadores. Lo que causó una enorme consternación fue que algunas de las variantes que surgieron dentro de los visones enfermaron a su vez a los humanos que vivían en la vecindad de estas granjas (véase ¿Cómo ves? Núm. 269). Esta situación obligó al gobierno danés a eliminar 17 millones de visones rápidamente, afectando gravemente a su industria peletera. En este mismo tenor, recientemente se publicó un artículo en la revista Nature en el que un grupo de investigadores de la Universidad Estatal de Ohio reportan el descubrimiento de que las poblaciones de venados cola blanca que viven en los alrededores de las granjas de visones estaban infectadas por al menos tres variantes del SARS-CoV-2. Algunas de estas variantes, inicialmente de origen humano, ya portaban cambios en su espícula.

Estos datos sugieren que los animales pudieran tener un papel en el origen de nuevas variantes del coronavirus. De modo que no es descabellado pensar que ómicron surgiera de este modo y que por ello los sistemas de vigilancia epidemiológica no se percataran de su existencia.

Como pólvora encendida

Una de las propiedades más alarmantes de ómicron es la rapidez con la que se propaga; de hecho, lo hace tres veces más eficientemente que delta, la variante responsable de la tercera ola de la pandemia. Para poner las cosas en perspectiva, el 2 de diciembre pasado, poco más de una semana después del anuncio de la OMS, 30 países tenían a ómicron en su territorio. El 14 del mismo mes, ya eran 77 los países afectados y, seguramente en el momento que ustedes estén leyendo este artículo, todos los países del planeta tendrán casos provocados por la nueva variante. Es también inevitable que ómicron se convierta rápidamente en la variante dominante en todos los lugares a los que llegue. Sin embargo, la variante delta todavía será problemática por varias semanas. Con el afán de ejemplificar: el 18 de diciembre, ómicron era responsable del 23 % de los nuevos casos en Estados Unidos. Ese mismo día, aproximadamente 70 000 personas fueron hospitalizadas por COVID-19, un incremento del 64 % de lo que se veía a principios de noviembre. Los cuatro últimos días de 2021 se agregaron aproximadamente 2 000 000 de nuevos casos. La proporción exacta de cuántas de las nuevas infecciones se deben a delta y cuántas a ómicrón todavía no es clara. Sin embargo, el aumento súbito de los casos podría deberse no solo a la presencia de ómicron sino también a que se relajaron las medidas preventivas como el distanciamiento social en el Día de Acción de Gracias y en las fiestas de fin de año.

Por el rápido incremento de casos algunos países de Europa, como Alemania, Irlanda, Países Bajos, Austria, Reino Unido y Francia, han retomado las medidas de distanciamiento social, las restricciones para viajar y el cierre de fronteras, entre otras acciones para disminuir el ritmo de las infecciones y evitar que los hospitales se saturen. México no se escapa de la amenaza de esta nueva variante, el primer caso de ómicron se detectó el 21 de noviembre pasado. El 21 de diciembre nuestras autoridades de salud reconocían 23 casos, 16 de ellos en la Ciudad de México. Entre el 28 de diciembre y el 10 de enero se contabilizaban 174385 casos de contagio por SARS-CoV-2; a finales del año pasado la variante delta todavía era la predominante en el país y el aumento de casos seguramente es una combinación de la presencia de ómicron y el haber abandonado el debido distanciamiento social en las festividades decembrinas.

¿Y las vacunas?

Para minimizar los estragos que pueda causar la nueva variante es esencial evaluar el funcionamiento de las vacunas que se están aplicando en el país y en el mundo. Pero el problema es que ómicron avanza rápidamente y nos obliga a tomar decisiones sobre la marcha; para poder orientarlas hay distintas posibilidades. Una es evaluar si los anticuerpos de las personas vacunadas son capaces de neutralizar al virus en ensayos de laboratorio. Las noticias no son buenas: todas las vacunas muestran una reducción significativa de su capacidad de neutralización. Sin embargo, las vacunas que se basan en ARN, como las de Pfizer y Moderna, son las que están dando mejores resultados. Las dosis de refuerzo de otras vacunas como las de AstraZeneca, Johnson &Johnson y Novavax también permiten recuperar en cierta medida la capacidad de neutralizar al virus. Ojo, estas observaciones no incluyen qué ocurre cuando la dosis de refuerzo es distinta a la del esquema original. Por eso me parece aventurado que en México se esté aplicando la vacuna de AstraZeneca como dosis de refuerzo independientemente de cuál esquema de vacunación haya recibido una persona dada. Puede funcionar, pero no hay todavía datos científicos que apoyen esta decisión. Otro punto a tomar en cuenta es que la inmunidad que confieren los anticuerpos contra el coronavirus se debilita en algunos meses.

Todas estas observaciones son evidencias de que ómicron está logrando evadir, al menos en parte, nuestra respuesta inmune. Digo en parte, porque no se ha explorado, con la profundidad que merece, la respuesta de las células T, que son cruciales en el ataque a las células ya infectadas. Lo que sabemos es que la mayor parte de los sitios de la espícula del coronavirus que las células T utilizan para eliminar la infección siguen presentes en ómicron. Además, por fortuna la protección que nos otorgan las células T es mucho más duradera.

La otra manera de determinar qué tan bien están funcionando las vacunas es observar lo que ocurre en el mundo real. Para ello, es esencial saber quiénes se están infectando con ómicron, cuántos de ellos van a parar al hospital y cuántos se recuperan —tomando en cuenta si están o no vacunados—, qué vacuna recibieron, si completaron su esquema de vacunación e, incluso, si recibieron la dosis de refuerzo. Uno de los mejores lugares para hacer estos análisis es el Reino Unido, donde la variante dominante es ómicron; ahí se hacen miles de pruebas diagnósticas y en estos momentos ya hay más de 198000 casos debidamente diagnosticados y otros 451000 casos en los que se sospecha que la variante culpable es ómicron. Un análisis preliminar arroja que los pacientes que más frecuentemente acaban en el hospital son los no vacunados y los que menos son quienes ya tienen su esquema de vacunación completo más un refuerzo. Hay que destacar que contar con tres dosis de la vacuna Pfizer, que es la que se usa en ese país, reduce el riesgo de hospitalización en un 88 %. En otras palabras, quizá las vacunas no eviten que nos infectemos, pero impiden en gran medida que acabemos en el hospital o en el panteón. Tomando todas estas consideraciones, la compañía Pfizer está diseñando una nueva vacuna contra ómicron. Esta es una de las ventajas de las vacunas de ARN: se pueden rediseñar fácilmente. Sin embargo, un grupo de los Institutos de Salud Pública (NIH, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos encabezado por el Dr. Anthony Fauci propone que se busque una vacuna universal contra el coronavirus y no que las vacunas sean dependientes de la variante en circulación.

El análisis de los datos del Reino Unido sugiere que la enfermedad que produce ómicron es mucho menos grave que la causada por delta. El riesgo de ir a dar al hospital debido a ómicron es un tercio del observado para delta. Además, hay enfoques experimentales realizados con animales de laboratorio que muestran, por ejemplo, que ómicron produce muchas menos lesiones en los pulmones que delta. No obstante, no quiero ser demasiado optimista: la capacidad de ómicron de esparcirse es muchísimo mayor que la de las variantes que la precedieron. En otras palabras, aunque ómicron sea relativamente menos peligrosa que delta, el número de casos podría ser tan alto que ponga en jaque a nuestro sistema hospitalario y además provoque ausentismo laboral en muchas áreas al mismo tiempo.

Otra herramienta que pudiera ayudarnos a mitigar el embate de ómicron son los antivirales de Merck y de Pfizer que saldrán al mercado en pocas semanas (véase ¿Cómo ves? Núm. 277). Ambos medicamentos ya recibieron el aval de la FDA (agencia estadounidense que regula fármacos y alimentos) y se están fabricando. Los dos antivirales son muy eficientes en combatir al virus, si se toman cuando se presentan los primeros síntomas de la COVID-19.

¿Qué podemos hacer?

El flagelo de ómicron es inevitable, pero es posible tomar una serie de medidas para reducir el daño que pueda causarnos. Unas son necesariamente de índole gubernamental, como extender el programa de refuerzos a todas las personas vacunadas y ampliar el programa de vacunación a todos los niños mayores de cinco años. La compra de antivirales tendría que estar acompañada de un programa de diagnóstico rápido y barato, ya que estos medicamentos solo son útiles si se toman en las primeras fases de la enfermedad. El resto de las precauciones recae en nosotros: es esencial recibir los esquemas completos de vacunación y los refuerzos cuando los ofrezcan; usar cubrebocas KN95 o similares; lavarse las manos frecuentemente; usar el gel antibacterial y evitar los sitios concurridos sobre todo si están mal ventilados. Después de dos años las recetas ya nos las sabemos, solo hay que seguirlas al pie de la letra. ¡Cuídense!

  • Comisión Universitaria para la Atención de la Emergencia Coronavirus, Variante ómicron: lo que debes saber, UNAM: https://covid19comision.unam.mx
  • Organización Mundial de la Salud, Situación actual relativa a la variante ómicron: www.who.int/es/news/item/28-11-2021-update-on-omicron
  • Macías, Alejandro, “¿Cuánto durará la variante ómicron?”: >https://m.facebook. com/doctormacias/videos/cuanto-durara-la-variante-ómicron/900343920637074/

Miguel Ángel Cevallos, frecuente colaborador de ¿Cómo ves?, es doctor en investigación biomédica básica y especialista en genética molecular bacteriana. Trabaja en el Centro de Ciencias Genómicas de la UNAM.

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