Ojo de mosca 322
Desperdiciar la ciencia
Martín Bonfil Olivera
Stenepteryx hirundinis. Clase: Insecta. Subclase: Pterygota. Filo: Endopterygota. Orden: Diptera
Suele pensarse que la ética se relaciona más con las humanidades y las ciencias sociales que con las ciencias naturales y la tecnología. Pero quien lo crea puede llevarse sorpresas. Porque el conocimiento científico y sus aplicaciones tienen profundas implicaciones para el bienestar no sólo de las sociedades humanas, sino del planeta mismo.
Hoy, que ya ha transcurrido el primer cuarto del siglo xxi, tenemos conocimiento y tecnología que nos permitirían influir decisivamente en muchos problemas que enfrenta la humanidad. Pero, por alguna razón, y por increíble que parezca, decidimos no hacerlo.
Un ejemplo claro son las vacunas: desde hace más de dos siglos sabemos que pueden ayudar de manera segura y eficaz a prevenir múltiples enfermedades transmisibles. Y aun así cada día crece el número de personas que creen en teorías de conspiración (todas debidamente refutadas) que falsamente afirman que las vacunas son peligrosas por una u otra causa. Hasta quienes no creen esto abiertamente pueden caer en la indecisión y dudar de si deben vacunar a sus hijos o a sí mismos.
Sumemos a esto las terribles decisiones de los gobiernos de algunos países de reducir la inversión en vacunas y programas de vacunación y tenemos un escenario de tragedia: la caída mundial en los niveles de vacunación contra diversas enfermedades como el sarampión o las paperas, que en algunas regiones —como el continente americano— estaban en vías de ser erradicadas.
Podríamos combatir eficazmente estas enfermedades. Pero, a nivel individual o social, elegimos no hacerlo. Desperdiciamos el conocimiento que la ciencia nos otorga. Y al hacerlo actuamos de manera poco ética, en nuestro propio perjuicio.
Otro ejemplo grave es el calentamiento global y la crisis climática que trae aparejada: sabemos perfectamente que el fenómeno es real y lo provoca la emisión de gases de efecto invernadero (principalmente dióxido de carbono) producto de la quema de combustibles fósiles que impulsan la industria a nivel mundial. Sabemos cuál es la solución —reducir el uso de combustibles y la emisión de gases y sustituirlos por energías limpias—, pero como sociedad permitimos que nuestros gobiernos, junto con las industrias globales, decidan ignorar el problema, que sigue agravándose.
Y hay muchos ejemplos similares: la negativa a utilizar cultivos genéticamente modificados, más nutritivos y resistentes a plagas, para combatir la crisis alimentaria mundial; la destrucción de hábitats y la extinción de especies, que podríamos combatir si limitáramos la deforestación y las construcciones en terrenos que debieran estar protegidos… Pero dejamos que las decisiones burocráticas o la corrupción prevalezcan por encima del sentido común.
Conocer las soluciones a problemas graves y no aplicarlas es una falta ética elemental: desperdiciar como sociedad la utilidad y el potencial del conocimiento científico. Darnos cuenta de que los problemas científicos y tecnológicos también son éticos y sociales quizá nos ayudaría a evitar este desperdicio.












