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24 de abril de 2018
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Aquí estamos

No. 6 Los exámenes de ciencia... ¿instrumentos de tortura?

Va a comenzar la dura semana de exámenes semestrales, y el contar apenas con el tiempo para dormir, comer y bañarse. Estudiar resulta como instalar un disco dentro de nuestras cabezas para después retirarlo y grabar otro (o por lo menos así de fácil desearíamos que fuera).

Al terminar ese agobiante periodo, no importa cómo nos fue, sino ya haberlo pasado. Algunos se preocuparán cuando reciban su examen; otros, en cambio, vivirán en la angustia toda la semana hasta saber los resultados, sintiéndose culpables de aquí a la eternidad...

Actitudes del tipo indiferente o de pensar en no ser merecedores de nada son comunes después de saber los resultados de los tortuosos exámenes; sin faltar por supuesto el consabido regaño paterno, que muchas veces trata de ser mitigado con el clásico “es que el maestro me odia”.

Aunque el examen es un quita y da, mucho depende de los alumnos y de lo bueno que sea el maestro. Lo que uno suele esperar del examen es que todo pueda ser resuelto con lo que estudiamos hasta el cansancio el día anterior (confiando en que estuvimos muy atentos a las clases y nuestros apuntes están completos), pero nada es más frustrante que encontrarnos con preguntas que en seguida nos hacen pensar “¿esto lo vimos?”.

Así como hay alumnos que se prepararon intensamente para hacer un buen examen, para otros es más efectivo estudiar cinco minutos antes, o peor aún, durante el examen nunca falta el que hace increíbles esfuerzos para copiar; o el alumno creativo, que en lugar de estudiar, ocupó su tarde elaborando el correspondiente acordeón.

Los maestros, al igual que los alumnos, pueden clasificarse. Cada uno cuenta con su estilo, que no precisamente se encuentra determinado por la materia que da. Está desde el maestro de matemáticas que en realidad estudió para geógrafo, hasta aquel experto en química cuya clase es tremendamente complicada. Así, para el examen, uno ya tiene idea de qué esperar del terrible maestro de ciencias, o de la dulce maestra de música.

Las palabras de aliento por parte de los maestros antes de iniciar el examen, no siempre inspiran a la motivación. ¡Buena suerte! o ¡Desearán no haber nacido!, acompañados de cantaletas o murmullos mientras uno trata de concentrase para el examen, provocan un desequilibrio que te puede llevar al borde del grito.

Finalmente, al encontrarnos haciendo el tan anunciado examen, se nota en algunos sudor en las manos, mientras otros se repiten a sí mismos tantas veces como pueden todo lo que estudiaron la tarde anterior. Y hay quienes prefieren dar prisa al mal rato y, con la hoja casi en blanco y probablemente llena de incoherencias, entregan su examen.

Para mí, ese asunto del examen resulta bastante ambiguo; el copiar o los nervios incontrolables nada tienen que ver con lo que el alumno realmente sabe. Pienso que el verdadero conocimiento debería ser evaluado con la participación en clase. Lo que sí resulta muy claro es que el examen significa terror tanto para el mejor alumno, como para el que no tiene idea de cómo le va a hacer. Incluso para los maestros representa un “karma” el tener que calificarlos. Así que, ¿tienen sentido estos instrumentos de tortura?

Paulina S. Paz
3° de secundaria
Escuela Secundaria Logos, México, D.F.

 

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