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16 de julio de 2018
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Aquí estamos

No. 64 Médicos de verdad

Para los estudiantes de medicina, la primera vez que se nos cita en la sala donde hay pacientes de verdad es una experiencia inolvidable. Suele ocurrir después de varias semanas de entrenamiento en la clínica propedéutica, donde nos enseñan desde modales frente al paciente y sus familiares, hasta el escrutinio de la enfermedad y las preguntas más certeras. Aquella mañana estábamos todos mejor vestidos que de costumbre y con nuestras armas listas para ser usadas: un estetoscopio, una pluma, una tablilla con papel y, por supuesto, la bata más blanca y mejor planchada que nunca.

Acudimos todos a la sala de médicos del servicio de medicina interna, ubicado en el segundo piso del Hospital Universitario, y entramos en un cuarto con una mesa circular en la cual se apilaban libros, revistas, vasos y platos desechables, y decenas de radiografías. Nuestro mentor nos orientó sobre la primera tarea que debíamos desempeñar: al lado de una camilla procederíamos, como lo habíamos ensayado en clase, a hacer la historia clínica de un paciente, con la ayuda de varios becarios, compañeros de años superiores.

A seis de nosotros nos tocó el cuarto 217. Mi paciente se llamaba Amador; era un señor de 45 años de edad, obeso, bebedor crónico, que padecía diabetes tipo 2 y estaba en lista de espera para un transplante.

Don Amador me contó de cuándo empezó a tomar, sus hábitos higiénicos, sus vacunas, sus amigos y sus mascotas, datos todos importantes para conocerlo mejor. Por mi parte, me esforcé en hacer un interrogatorio minucioso e incisivo; incluso busqué entre sus sábanas pistas de un posible sangrado y repetí varias preguntas como por descuido para conocer si sus respuestas eran confiables. A la hora de la exploración física, estrené el estetoscopio Littman, que mamá me compró con gran esfuerzo económico y aún no manejaba con pericia.

Mi resumen del interrogatorio y la exploración por aparatos y sistemas me orilló a sospechar de una hepatitis alcohólica, sin descartar la viral, más una insuficiencia vascular periférica probablemente causada por la diabetes mal tratada; después supe que había acertado con los padecimientos de don Amador y expuse con éxito mi resumen junto con los de mis compañeros de grupo. Él sería atendido a la brevedad.

Al terminar la clase, los compañeros y yo nos reunimos en la tienda oficial de la escuela, a tomar una cerveza de raíz y comentar sobre nuestros pacientes y sus tratamientos, como médicos de verdad.

Carlos Jair García Guerrero
Estudiante de la carrera de médico cirujano y partero
Facultad de Medicina, Universidad
Autónoma de Nuevo León

 

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