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17 de agosto de 2017
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Fusión nuclear, de las estrellas a la Tierra
Damien Jemison/LLNL

Fusión nuclear, de las estrellas a la Tierra

Daniel Martín Reina

Es un sueño que persigue parte de la comunidad científica desde hace más de medio siglo: conseguir una fuente de energía barata, limpia y prácticamente ilimitada, que elimine de un plumazo los problemas energéticos de nuestra civilización. Una fuente de energía que la naturaleza conoce muy bien, pues es la que hace que brillen las estrellas en el cielo nocturno y el Sol nos ilumine durante el día.

El principio de la fusión nuclear es sencillo. Cuando se unen dos núcleos de átomos ligeros se libera energía. Si la reacción se mantiene el tiempo suficiente, la energía liberada puede superar ampliamente a la invertida para desencadenarla, con lo que esa ganancia de energía podría aprovecharse luego para generar electricidad. Además, el combustible habitual, el hidrógeno, es abundante y la reacción no produce gases nocivos. Todo son ventajas, salvo un pequeño inconveniente: la fusión nuclear controlada es muy difícil de conseguir.

El pasado 20 de febrero, sin embargo, se publicaba en la prestigiosa revista Nature un artículo firmado por varios investigadores del Centro Nacional de Ignición en Livermore, California, Estados Unidos. Los autores del artículo refieren que mediante el uso de láseres lograron, por primera vez en la historia, que el combustible libere más energía en la reacción de fusión que la absorbida.

Seguramente habrá que esperar todavía varias décadas hasta que se pueda utilizar la fusión como una fuente de energía útil. Pero estos últimos resultados nos dan la esperanza de que algún día no muy lejano seamos capaces de imitar a las estrellas y tener nuestro propio Sol en la Tierra.

Combustible estelar

El hidrógeno es el elemento más simple del Universo, ya que cuenta con un único protón en su núcleo y un solitario electrón orbitando a su alrededor. También es el principal componente de las estrellas, como nuestro Sol. En su interior la temperatura es tan alta —varios millones de grados— que el hidrógeno se encuentra en estado de plasma: los electrones han conseguido desligarse de sus respectivos núcleos atómicos, formando ambos una "sopa" de partículas cargadas eléctricamente. Si a esto se le suma una densidad 10 veces mayor que la del plomo, resulta que los núcleos de hidrógeno se pueden acercar lo suficiente como para superar su mutua repulsión eléctrica —por tener la misma carga—, unirse y formar un núcleo atómico de helio. Esto es, en esencia, lo que se conoce como fusión nuclear. En el proceso se pierde algo de masa, que se transforma en luz y calor, y se emite hacia el exterior (masa y energía son equivalentes, de acuerdo con la famosa ecuación de Einstein, E = mc2). Esto es lo que hace que brillen las estrellas. Se calcula que una estrella de tamaño medio como el Sol es capaz de transformar unos cinco millones de toneladas de hidrógeno en helio cada segundo. Por eso suele decirse que el hidrógeno es el combustible de las estrellas, capaz de hacer que el astro genere luz y calor mientras pueda fusionarse en helio.

Si esto es lo que ocurre en el interior de las estrellas, ¿cómo conseguir la fusión nuclear en un laboratorio? La receta, en principio, parece fácil: recreando las condiciones que se dan en el interior de las estrellas. Básicamente, esto consiste en confinar la mayor cantidad de combustible de hidrógeno en el menor espacio posible y calentarlo a millones de grados; cuanto más tiempo, mejor. Si la combinación de estas variables —densidad, temperatura y tiempo— es la adecuada, entonces la reacción de fusión es capaz de mantenerse por sí misma, y la energía que se desprende es mucho mayor que la suministrada; se dice en ese caso que se ha alcanzado la ignición. En última instancia, conseguir la ignición, es el objetivo de los científicos.

En la práctica, todo esto es sumamente complicado. A semejante temperatura, cualquier material tiende a explotar debido a la elevada presión. Además, el combustible utilizado fundiría el recipiente que se emplease para contenerlo. Y en el caso de que el recipiente no se derritiera de inmediato, al entrar en contacto con el plasma lo enfriaría considerablemente, deteniendo la reacción de fusión.

El Sol en una botella

Al estar el plasma cargado eléctricamente, una forma de intentar aislarlo del exterior sería mediante lo que se conoce como botella magnética. Es decir, un campo magnético con la forma apropiada para que las partículas eléctricas que componen el plasma no puedan escapar, quedando confinadas en su interior. Esto fue lo que propusieron, a principios de la década de 1950, los científicos soviéticos Andrei Sakharov (1921-1989) e Igor Tamm (1895-1971), y en el argot técnico se llama "fusión por confinamiento magnético". El primer prototipo experimental, construido en 1956, consistía en una cámara de vacío toroidal —con forma de dona— que contenía hidrógeno. Mediante fuertes descargas eléctricas se conseguía elevar la temperatura del gas hasta convertirlo en plasma, que permanecía confinado por la acción de potentes electroimanes. Por su forma, a este dispositivo se le bautizó como tokamak (de Toroidal Kamera Magnetik, "cámara magnética toroidal" en ruso).

Con uno de estos primitivos tokamaks, unos científicos soviéticos consiguieron en 1969 mantener un plasma a cinco millones de grados durante algunas centésimas de segundo, un verdadero logro para la época. Este resultado atrajo la atención del mundo occidental y muy pronto se empezaron a construir tokamaks en los principales laboratorios especializados en la fusión nuclear. Los más optimistas auguraban ya las primeras centrales de fusión para la década de 1990; sólo era cuestión de aumentar las dimensiones del reactor. Con un tokamak más grande, las temperaturas que se podrían alcanzar serían mayores y la fusión nuclear resultaría más eficiente.

Pero entonces los científicos se tuvieron que enfrentar a la naturaleza compleja e ingobernable del plasma. Cuanto más se calienta y se intenta comprimir para desencadenar la fusión, más se resiste el plasma a los esfuerzos para confinarlo. Como cuando tomas un puñado de arena con la mano y los granos se te escurren entre los dedos, el plasma siempre encuentra la manera de que sus partículas escapen de la prisión magnética. El proyecto JET (siglas de Joint European Torus), el tokamak más grande de la actualidad que lleva operando desde 1983 en las afueras de Oxford, Inglaterra, consiguió en 1997 generar un pico de 16 megawatts de potencia. Fue un hito en la historia de la fusión nuclear, pero que está muy lejos del objetivo de producir energía neta, pues para lograrlo se tuvo que suministrar casi 23 megawatts.

La realidad es que, a pesar de haber superado numerosas dificultades técnicas durante estos años, el reactor JET no es lo suficientemente grande como para alcanzar la ignición. Hoy todas las esperanzas de la fusión por confinamiento magnético están puestas en un proyecto denominado Reactor Termonuclear Experimental Internacional, ITER por sus siglas en inglés, que se basa en la tecnología tokamak y en el que participan siete países.

El método láser

El tokamak parecía la vía más segura para obtener energía neta a partir de la fusión nuclear. Pero en los últimos años le ha salido un duro competidor en Estados Unidos; más concretamente en el Laboratorio Nacional Lawrence, en Livermore, California. Allí se inauguró el 29 de mayo de 2009 el Centro Nacional de Ignición (NIF, por sus siglas en inglés), un gigantesco edificio de 10 pisos de altura y que ocupa un área equivalente a tres campos de fútbol. En el NIF se busca, mediante el uso de láseres, calentar una bolita de hidrógeno congelado, más pequeña que un grano de pimienta, hasta conseguir la fusión nuclear. Es lo que se conoce como "fusión por confinamiento inercial".

En esencia, el NIF es un enorme amplificador de láser. Todo empieza con un débil pulso inicial, de apenas una milmillonésima de joule (unidad de energía), que se origina en el centro del edificio. Dicho pulso es dividido luego en los 192 canales que se encargan de dirigir los haces de láser hacia su objetivo. A lo largo del kilómetro y medio que deben recorrer por el interior del edificio, todos los láseres atraviesan hasta 52 placas de vidrio amplificadoras; en cada una de ellas, la energía del haz aumenta en un 25%. Después de atravesarlas todas, la energía total del láser alcanza los cuatro millones de joules, unas 1 000 veces superior al consumo eléctrico de Estados Unidos en ese instante, y 100 veces superior a la energía que puede proporcionar cualquier otro láser del mundo. Justo antes de penetrar en la cámara de ignición y acercarse a su objetivo, unos cristales alteran la longitud de onda de la luz láser, pasando ésta del infrarrojo, adecuado para el desplazamiento lineal de los haces, al ultravioleta, que resulta más eficaz para inducir la fusión.

La cámara de ignición es una enorme esfera de unos 10 metros de diámetro. En su centro, un mecanismo que recuerda a un lápiz gigantesco mantiene en posición fija al objetivo, un cilindro de oro que contiene el combustible de hidrógeno y que se conoce con el nombre de hohlraum (palabra inspirada en la alemana que significa cavidad o área hueca). Los rayos láser convergen en el hohlraum con una sincronización y precisión tales que, después de haber serpenteado por el interior del edificio, deben incidir en el blanco con un desfase de apenas 30 billonésimas de segundo como mucho.

Al recibir el impacto de los láseres, el hohlraum se comporta como un horno y responde emitiendo rayos X de alta energía, que alcanzan el envoltorio de la cápsula de hidrógeno y hacen que se expanda muy rápidamente. De acuerdo con la tercera ley de Newton, esta acción tiene una reacción, y es que el interior de la cápsula se comprime hasta el grosor de un cabello humano, alcanzando una densidad 100 veces mayor que la del plomo y una temperatura de decenas de millones de grados. Este súbito aumento de temperatura y densidad es lo que desencadena la fusión nuclear.

La energía de fusión comercial

En noviembre de 1985, durante la cumbre de Ginebra, el presidente de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov, propuso a su homólogo de Estados Unidos, Ronald Reagan, que sus países trabajaran de la mano en el desarrollo de la energía de fusión. Superadas las reticencias iniciales, ambos mandatarios se comprometieron a investigar la fusión nuclear "como una fuente de energía inagotable para beneficio de toda la humanidad". Así comenzó uno de los proyectos más ambiciosos de todos los tiempos: el Reactor Termonuclear Experimental Internacional (ITER por sus siglas en inglés).

ITER es un proyecto que cuenta con siete miembros: la Unión Europea, más Suiza, Estados Unidos, Rusia, Japón, China, India y Corea del Sur. Basado en la tecnología tokamak, ITER producirá unos 500 megawatts durante alrededor de 500 segundos, tras gastar 50 megawatts en la ignición. El combustible será un gramo de deuterio y tritio a partes iguales, calentado mediante haces de microondas hasta más de 100 millones de grados y confinado por la acción de nueve imanes superconductores, cada uno de ellos capaz de generar un campo magnético de 200 000 veces el de la Tierra.

La construcción del ITER empezó en 2010 en Cadarache, en el sur de Francia. La mitad del terreno de 90 hectáreas será ocupado por el edificio de 20 pisos que albergará el ITER y se asentará sobre una plataforma equivalente a 60 campos de fútbol. En su interior, el reactor de fusión duplicará en tamaño al más grande que existe actualmente y pesará 23 000 toneladas. Se estima que el ITER costará un mínimo de 16 000 millones de euros —el dinero que gasta la humanidad en petróleo en menos de dos días— y que empezará a funcionar en 2020, aunque seguramente ambos datos son demasiado optimistas. Es más probable que el ITER cumpla su objetivo alrededor de 2026.

Ahora bien, el ITER es sólo el primer paso en el camino hacia la producción comercial de energía de fusión, pues producirá energía de forma puntual; el siguiente desafío es hacerlo de forma continua, lo cual es el objetivo de DEMO (acrónimo de Demonstration Power Plant), proyecto aún en fase de diseño. El primer prototipo de reactor de fusión comercial propiamente dicho sería PROTO (acrónimo de Prototype Power Plant) en la lejana década de 2050.

Acertado cambio de rumbo

Los experimentos en el NIF no empezaron con buen pie. Entre 2009 y 2012, los intentos por alcanzar una reacción de fusión mantenida fallaron estrepitosamente, consiguiendo apenas energías salientes del orden de 1 000 veces menores que las entrantes. La simetría de las implosiones, clave para lograr la estabilidad del escurridizo plasma y sacar el máximo provecho a la reacción de fusión, era muy diferente de las predicciones teóricas.

Después de analizar las causas del fracaso, los científicos introdujeron un cambio significativo en el experimento. Hasta ese momento, los pulsos de láser de la instalación estaban diseñados para proporcionar la mayor parte de la energía al final del proceso, con la idea de comprimir el combustible al máximo y aumentar el rendimiento de la reacción de fusión (cuanto mayor es la temperatura de un cuerpo, mayor es su resistencia a ser comprimido). Pero al trabajar así, la fina capa de plástico que recubría el combustible se rompía y se mezclaba con éste, reduciendo la presión interior y limitando la energía resultante.

A partir de entonces, los científicos modificaron los pulsos de láser de forma que la energía se suministrara en su mayoría al principio del proceso de compresión. De esta manera se limitó la compresión total a la que se puede someter el combustible. Pero a cambio la implosión del combustible resultó ser mucho más uniforme, pues el plástico ya no se rompía. Así, los investigadores del NIF consiguieron que la diana de hidrógeno se calentara hasta unos 50 millones de grados, y alcanzara una presión 150 000 millones de veces superior a la de la atmósfera terrestre. Semejantes condiciones propiciaron la fusión, y esta vez el combustible liberó 17 000 joules, bastante más que los 10 000 que desencadenaron el proceso. Este hito en la historia de la fusión nuclear ocurrió el 30 de septiembre de 2013.

Ahora bien, si consideramos el experimento en su conjunto y tenemos en cuenta los 1 800 000 joules necesarios para alimentar los láseres, entonces la situación cambia. La energía obtenida por el combustible ni siquiera llega al 1% de la suministrada por el láser. Para que te hagas una idea, los 1.8 megajoules (MJ) equivalen a la energía cinética de una vagoneta que viaja por la autopista a 120 kilómetros por hora. En cambio, los 17 kilojoules (KJ) de energía suministrados por el combustible son comparables a la energía de un motociclista que circula plácidamente por la ciudad. Es evidente que todavía queda mucho para revertir esta situación.

Fusión fría: ¿misión imposible?

El 23 de marzo de 1989, dos respetados químicos de la Universidad de Utah, los estadounidenses Stanley Pons y Martin Fleischmann, anunciaron en una rueda de prensa que habían conseguido producir una reacción de fusión a temperatura ambiente, sin necesidad de alcanzar los millones de grados habituales del interior de las estrellas. Es lo que se conoce como fusión fría, término acuñado por el físico estadounidense Paul Palmer en 1986.

La noticia saltó a la portada de los medios de comunicación de todo el mundo. La fusión fría iba a suponer el final de la crisis energética y el comienzo de una nueva era de abundancia. No sólo se anunció como un logro extraordinario, sino que además, supuestamente, el equipamiento para conseguirlo era mínimo. El experimento consistía en sumergir una barra del metal paladio en un recipiente lleno de agua pesada. El agua pesada no es más que agua en la que se ha reemplazado el hidrógeno habitual por deuterio, un isótopo del hidrógeno (el deuterio tiene un neutrón, por ninguno del hidrógeno). Luego se introducían en el recipiente un par de electrodos conectados a una batería. Al hacerlo, dijeron Pons y Fleischmann, el deuterio se había separado del oxígeno del agua pesada, acumulándose en la barra de paladio y generando al mismo tiempo una cantidad anormalmente elevada de calor; unas 50 veces más que la energía utilizada en el experimento. Estos científicos concluyeron que, de alguna manera, el paladio había conseguido comprimir los átomos de deuterio hasta el punto de que sus núcleos se fusionaron en helio. Así de sencillo.

En cuanto Pons y Fleischmann publicaron sus asombrosos resultados, parte de la comunidad científica dejó de lado sus quehaceres diarios y se centró en intentar reproducirlos. Nadie lo consiguió. Una comisión de expertos, constituida por el Departamento de Energía de los Estados Unidos, trabajó durante cinco meses y llegó a la conclusión de que el paladio no podía conseguir de ninguna manera que los átomos de deuterio se unieran tan estrechamente como para hacer que se fusionaran en helio. Más aún, tal fenómeno contradecía todo lo que se sabía sobre reacciones nucleares hasta la fecha. Lo más seguro era que Pons y Fleischmann hubieran provocado una reacción química en la que los elementos químicos involucrados —deuterio, oxígeno y paladio— no cambiaron, sino que simplemente se combinaron de distinta manera y las mediciones que realizaron eran erróneas. Lo cual fue una suerte para ellos, porque de haber conseguido la fusión del deuterio, los neutrones liberados en el proceso hubieran herido mortalmente a todo el equipo científico.

Reto descomunal

Pero aun cuando consigamos la producción de energía neta en todo el proceso, hay numerosos aspectos técnicos que resolver antes de que se pueda utilizar la fusión nuclear como fuente de energía útil. Hay que buscar materiales capaces de soportar las altas temperaturas del reactor y el bombardeo durante años de los neutrones de alta energía que se generan en las reacciones de fusión. El tritio, uno de los ingredientes habituales del combustible, se puede obtener a partir de litio, pero no en las cantidades necesarias; el reactor de fusión debería generar su propio tritio mediante una compleja serie de reacciones. Además, un reactor de fusión debería suministrar energía de forma continua durante años, sin interrupciones, caídas o averías. Ahora mismo, la fusión inducida por láser sólo puede provocar implosiones intermitentes, pues es necesario esperar varias horas a que se enfríen los láseres para volver a dispararlos. Un reactor comercial necesitaría prácticamente una implosión cada segundo. De la misma manera, los tokamaks deberían mantener el plasma durante semanas, no segundos.

En cualquier caso, los enormes desafíos que plantea la fusión están a la altura de los beneficios que podría proporcionar. El otro ingrediente usado en el combustible, el deuterio, se puede obtener a partir del hidrógeno presente en el agua del mar. Apenas genera una pequeña cantidad de residuos de corta duración (el tritio es radiactivo, pero su vida media es de sólo 12 años y medio) y únicamente emite helio, un gas inocuo usado habitualmente para llenar los globos de los niños, y podría darnos la mayor eficiencia energética conocida hasta la fecha. En potencia, un litro de agua contiene la energía que consumiría un ser humano en toda su vida. Y cinco litros equivalen al petróleo almacenado en un buque tanque petrolero de gran tamaño.

Por si esto fuera poco, la reacción de fusión tiene una gran ventaja adicional: es absolutamente segura. Si algo va mal, lo único que puede ocurrir es que la temperatura en el interior del reactor se venga abajo y la reacción se detenga por sí sola. Igual que si paramos un microondas. Es imposible que un reactor de fusión se salga de control, por mucho que falle cualquiera de sus elementos. En cambio, ya sabemos por experiencia lo terrible que puede ser un accidente en un reactor de fisión nuclear, como el reciente de Fukushima en 2011 o el ya más lejano de Chernóbil en 1986.

La energía es el motor que impulsa al mundo, y su demanda no ha dejado de crecer desde hace más de un siglo. Sólo en las tres últimas décadas se ha duplicado su consumo, y se calcula que para 2030 aumentará un 60%. Los combustibles fósiles, como el petróleo, son limitados y contaminan el medio ambiente. También la fisión nuclear plantea serios problemas medioambientales y de seguridad, mientras que las energías renovables no han logrado aún ser más que un mero complemento. Sólo la fusión nuclear parece emerger en el horizonte como la única alternativa real. Esperemos que, en las próximas décadas, científicos e ingenieros consigan hacerla realidad y resuelvan el problema energético de la humanidad.

Más información

Daniel Martín Reina es físico y colaborador habitual de ¿Cómo ves? Actualmente es miembro del grupo de Investigación de Instrumentación Electrónica y Aplicaciones de la Universidad de Sevilla, España. Escribe el blog de divulgación La aventura de la ciencia: http://laaventuradelaciencia.blogspot.mx

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