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14 de noviembre de 2019
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Antropoceno
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Antropoceno

Miguel Rubio Godoy

El impacto de las actividades humanas ha cambiado drásticamente el planeta. Pero, ¿es suficiente para considerar que hemos iniciado una nueva época geológica?

En el siglo XVII el arzobispo irlandés James Ussher calculó con base en el Génesis (el primer libro de la Biblia) que el mundo había sido creado el 23 de octubre del año 4004 antes de la era cristiana. No fue hasta el siglo XIX, con el nacimiento de la geología, cuando se empezó a acumular evidencia de que el planeta es mucho más antiguo.

Analizando los estratos de roca de la corteza terrestre, paulatinamente se fue descubriendo que nuestro mundo no sólo es antiguo, sino cambiante: en los 4 600 millones de años de historia de la Tierra no ha habido un mundo único, sino varios, que han aparecido y desaparecido dejando su huella en los estratos geológicos. Valles, montañas y desiertos han sido creados por la dinámica del planeta y luego se han convertido en polvo que las aguas arrastran por el paisaje hasta el mar, polvo que con el paso del tiempo se sedimenta, se comprime y se convierte en rocas, que es precisamente lo que estudian los geólogos y que dan un método bastante más preciso que el Génesis para determinar la antigüedad del planeta.

Huellas geológicas

Cada mundo en esta sucesión se ha caracterizado por sus condiciones atmosféricas y climáticas particulares, así como por los organismos que lo habitaron. La temperatura media, la composición química del aire, los animales más comunes y abundantes: todos estos elementos dejan su marca en el polvo de su época y son reconocibles cuando el polvo se convierte en roca.

En la inmensidad casi incomprensible de tiempo que lleva de existir el planeta —4 600 millones de años—, los geólogos han detectado distintas fases, que han acomodado como una sucesión de muñecas rusas, cada una de cientos de millones de años de duración. Estas grandes etapas se llaman eones y se subdividen en eras (Paleozoica, Mesozoica, Cenozoica…), que a su vez contienen periodos (por ejemplo, Triásico, Jurásico, Cretácico). Aún más breves son las épocas, como el Holoceno, que comprende los últimos 12 000 años, a partir de la última glaciación. Estas clasificaciones no son caprichosas: el paso de una etapa geológica a otra deja una huella identificable en los estratos rocosos del planeta, por ejemplo la huella de iridio de la frontera entre el Cretácico y el Paleogeno (transición causada por el impacto de un meteorito en Chicxulub en lo que hoy es Yucatán y que se llevó de corbata a los dinosaurios y a 75 % de las especies del planeta hace 65 millones de años). Otra transición de una etapa geológica a otra que ha quedado grabada en los estratos se dio cuando los primeros organismos fotosintéticos empezaron a producir oxígeno, hace unos 2 500 millones de años. Este gas se acumuló en la atmósfera paulatinamente y empezó a oxidar grandes concentraciones de hierro, las cuales dejaron un estrato rojizo claramente visible en la corteza terrestre. Este acontecimiento alteró el curso de la vida en nuestro planeta permitiendo la aparición de organismos que respiraban oxígeno.

Nueva época

El término Antropoceno surgió en el año 2000, en una reunión científica celebrada en México en la que se presentaban datos sobre el impacto de las actividades humanas en los océanos, los suelos y la atmósfera. En el público estaba Paul Crutzen, ganador junto con Mario Molina y Sherwood Rowland del Premio Nobel de química en 1995 por explicar cómo se forma el agujero en la capa de ozono de la atmósfera. A medida que los expositores presentaban sus datos haciendo alusión al Holoceno, la época geológica en que oficialmente nos encontramos, Crutzen se agitaba cada vez más, hasta que estalló, exclamando que ya no estábamos en el Holoceno, sino en el Antropoceno (antropos, “hombre”: la era del hombre, o de la humanidad).

El exabrupto de Crutzen popularizó una palabra sexy que rápidamente empezó a circular entre académicos, pero pronto trascendió al imaginario popular. Basta con buscar el término en Google y ver cómo ha permeado muchos ámbitos. Lo usan muchas personas —artistas, biólogos, periodistas, escritores—, pero un grupo esencial no estaba del todo convencido: los geólogos.

Acostumbrados a estudiar rocas de cientos de millones de años y a ver indicios de cada etapa geológica tatuados en la piedra, a los geólogos les parecía absurdo que, siendo el ser humano una especie que lleva un tiempo insignificante en el planeta, se le considerara una fuerza geológica. Para convencerlos de que el Antropoceno es una época geológica con todas las de la ley hay que demostrar que la huella de la humanidad efectivamente se puede encontrar en las capas más recientes de la corteza terrestre. La Comisión Internacional de Estratigrafía, que formalmente evalúa y acepta la definición de las eras geológicas, encargó al geólogo británico Jan Zalasiewicz recopilar y presentar la evidencia para determinar si existe o no el Antropoceno.

Zalasiewicz reunió a un grupo de colegas de distintas disciplinas (geólogos, estudiosos de los ciclos terrestres como el del agua o el carbono, un arqueólogo, un historiador) y empezó a recabar y analizar la evidencia disponible para determinar si efectivamente había concluido el Holoceno, una época notablemente estable de 12 milenios de duración. El equipo empezó por revisar la concentración de CO2 en la atmosfera, que había permanecido prácticamente sin cambios durante miles de años (durante todo el Holoceno varió entre 260 y 280 partes por millón, ppm), pero que hoy rebasa las 400 ppm. Luego analizaron los residuos de isótopos radiactivos que no ocurren de manera natural, los cuales empezaron a acumularse en la atmósfera y a sedimentarse a partir de 1945, tras las primeras explosiones nucleares. Ahí también había evidencia clara del impacto humano sobre el planeta. Después estudiaron los suelos y encontraron que hay niveles de fósforo y nitratos no observados en los últimos 100 000 años. Estas concentraciones se deben al uso extendido de fertilizantes y han dejado una inconfundible huella química en sedimentos de lagos y en los hielos de Groenlandia. Estos cambios se hacen patentes a partir de la llamada Gran Aceleración, posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando se dispararon la población humana y la industrialización y aumentó la producción mundial de plástico, aluminio y concreto, materiales artificiales casi indestructibles que hoy se encuentran por doquier y cuyos restos forman los llamados “tecnofósiles”, los marcadores geológicos de nuestra era.

Ha pasado muy poco tiempo desde la mitad del siglo XX como para que se hayan creado fósiles biológicos, pero quizá los vestigios más característicos de nuestra era sean los de los pollos de engorda, o broiler, variedad de gallina criada y seleccionada para producir carne, que hoy día es el animal más abundante en nuestro mundo, con un estimado de 23 000 millones de estas aves: tres pollos por cada uno de los 7 700 millones de seres humanos que existen hoy. Además de los pollos y otros animales que criamos para comer, como vacas, cerdos y ovejas, los seres humanos también hemos crecido poblacionalmente de manera desmesurada en las últimas décadas: a partir de la Gran Aceleración, se ha triplicado la población mundial, pasando de 2 500 millones de habitantes en 1950 a los 7 700 millones que somos ahora. Y la tendencia es que siga aumentando la población, con estimados de 8 500 millones para 2030 y casi 10 000 millones para 2050. Este notable crecimiento poblacional de una especie, el Homo sapiens, que además a través de la tecnología amplifica su acción e impacto en el entorno, por supuesto ejerce una descomunal presión sobre nuestro planeta y los sistemas biológicos y físicos que permiten que exista la vida. Y se nota: lo estamos experimentando.

Aún no es oficial

Antes de reconocer formalmente una nueva época geológica que afectaría el trabajo de geólogos, geofísicos y paleontólogos de todo el mundo, los geólogos de la Comisión Internacional de Estratigrafía (CIE) necesitan pruebas muy sólidas. En particular, necesitan convencerse de que las actividades humanas han dejado impreso en los sedimentos y hielos de hoy un rastro claro distinto de los sedimentos y hielos del Holoceno. La labor de Zalasiewicz y su equipo ya ha aportado suficientes pruebas para que se abra un Grupo de Trabajo sobre el Antropoceno (GTA) en la CIE.

Pero los partidarios del Antropoceno no se han puesto de acuerdo acerca de cuándo habría empezado esta nueva época. Unos ponen el cambio hace unos 12000 años, cuando se inventó la agricultura. Otros lo ubican en el siglo XVI, cuando a raíz de los viajes de Colón empezó el intercambio de especies entre Europa y América. Otros más proponen que el principio del Antropoceno sea 1945, el año de la primera explosión nuclear de la historia y por lo tanto de la primera deposición de isótopos radiactivos no naturales. El GTA votó en mayo por proponer como inicio del Antropoceno alguna fecha de mediados del siglo XX, pero parece que no tomará una decisión definitiva antes de 2021. Por el momento, el proceso de certificación de la nueva época continúa.

Vivir en el Antropoceno

Fuera del ámbito geológico, el término Antropoceno ha sido ampliamente adoptado por servir como paraguas o estandarte de un montón de calamidades desencadenadas por la acción del ser humano (antropogénicas) y muchas veces interconectadas: cambio climático, deforestación, desertificación, pérdida de diversidad biológica, contaminación, introducción de especies invasoras. Siendo habitantes del Antropoceno, es urgente que como individuos, sociedad y especie biológica en un mundo con límites biofísicos definidos, cobremos cabal conciencia de la situación de emergencia planetaria en la que nos encontramos, pues no queda mucho tiempo para revertir una situación crítica. Y no se trata de avisos catastrofistas, sino del consenso de los grupos científicos más serios en el tema, como el Programa de Naciones Unidas para el Ambiente, el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) y la Plataforma Intergubernamental de Ciencia-Política y Servicios Ecosistémicos (IPBES).

En mayo de este año el informe de IPBES acerca del impacto del ser humano sobre la riqueza biológica y los ecosistemas no deja lugar a dudas. Estamos afectando profundamente los cimientos que permiten la vida, la nuestra y la de los demás organismos con los que compartimos el planeta: se ha modificado la capacidad de la naturaleza de brindar servicios ambientales fundamentales, como clima previsible, agua dulce y aire limpio. Está comprometida la existencia de los animales que polinizan cerca de la mitad de las plantas con las que nos alimentamos. Corren peligro los bosques y selvas que nos proporcionan energía y materias primas para fabricar, medicamentos e infinidad de sustancias útiles y que son riqueza biológica que permite la subsistencia y evolución biológica en un mundo siempre cambiante, y por supuesto, un alivio y fuente de gozo, inspiración e identidad para las poblaciones humanas.

Escribo estas líneas en agosto de 2019, a pocos días de que se publicara el más reciente informe del IPCC. En este informe también se presentan datos incontrovertibles del impacto antropogénico sobre nuestro mundo, y se señala con claridad meridiana que tenemos que decidir hoy qué mundo les legaremos a nuestros descendientes, considerando que ya hemos tenido diversos y dramáticos adelantos de que este no será un lugar agradable si seguimos actuando como si no pasara nada. Ya no serán excepción, sino la norma, las sequías y las olas de calor mortíferas, las lluvias torrenciales que provocan inundaciones, desbordamiento de ríos y deslaves, las epidemias, los inmensos incendios forestales que cada vez cuesta más trabajo controlar y contener.

Sobrevivir en el Antropoceno

No todos los geólogos están convencidos de que, efectivamente, estemos en una nueva época geológica. Lo que sí es indiscutible es que, independientemente de que los geólogos se pongan de acuerdo o no sobre el nombre de nuestra era, el impacto de las actividades humanas ha cambiado drásticamente el funcionamiento del planeta (véase ¿Cómo ves?, Núm. 236).

Si las actividades humanas han modificado los ciclos biofísicos del planeta, es a causa de otros ciclos que tenemos que romper o cuando menos modificar radicalmente: entre otros, el insostenible ciclo económico de esperar un crecimiento infinito basado en un mundo con recursos finitos y el fomento de un consumismo desbordado de productos que rápidamente se hacen obsoletos; el ciclo de destrucción de bosques para cultivar o pastorear animales; el ciclo absurdo de construir ciudades repletas de casas y edificios sin ventilación que en un mundo cada vez más caliente requieren aire acondicionado, que a su vez contribuye a ese calentamiento y es uno de los principales consumidores de energía del planeta.

Pero ante el cúmulo de cambios que experimentamos en nuestra época, la amplia evidencia científica y la demostración cada vez más frecuente de nuestro impacto negativo sobre el planeta, seguimos actuando como si no pasara nada. Para enfrentar los retos del Antropoceno es necesario tener lucidez, observar fríamente la evidencia y decir las cosas sin tapujos, como lo ha hecho la joven sueca Greta Thunberg, quien hace un año comenzó a cuestionarse para qué ir a la escuela si los adultos estamos empeñados en enseñarles cosas inútiles a las nuevas generaciones y en destruir el planeta que les heredaremos (véase ¿Cómo ves? Núm. 149). Greta se atrevió a decir que el emperador iba desnudo: inició un movimiento estudiantil de protesta contra el cambio climático que ya es global, propició manifestaciones multitudinarias y cambios de política pública en algunas naciones y está invitada a las reuniones de alto nivel de la Organización de las Naciones Unidas a celebrarse próximamente. ¿Cuántas Gretas hacen falta para que asumamos la realidad del Antropoceno?

Más información

  • Antropoceno: la problemática vital de un debate científico”, Correo de la UNESCO. Un solo mundo, voces múltiples: www. es.unesco.org
  • Trischler, Helmuth, “El Antropoceno, ¿un concepto geológico o cultural, o ambos?”: www.scielo.org.mx
  • Vargas, Edgar, “Bienvenidos al Antropoceno”, Cienciorama: www. cienciorama.unam.mx

Miguel Rubio Godoy es licenciado en investigación biomédica básica por la UNAM y doctor en biología por la Universidad de Bristol, Inglaterra. Es investigador del Instituto de Ecología, A.C. y colaborador habitual de esta revista.

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