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31 de octubre de 2014
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Venenos, envenenados  y envenenadores
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Venenos, envenenados y envenenadores

Gertrudis Uruchurtu

Víktor Yushchenko, candidato a la presidencia de Ucrania, estaba contento. Según la última encuesta, era muy probable que ganara las próximas elecciones. Había que preparar bien el camino. Por eso aquel día cenaba con un personaje clave: el director de seguridad. Poco tiempo después de la cena, un fuerte dolor de cabeza lo obligó a retirarse. Al día siguiente, el dolor de esto mago y de espalda se hicieron insoportables y le impidieron asistir a las presentaciones planeadas. Ningún medicamento lo aliviaba y el terror empezó a apoderarse de él cuando se vio en el espejo. Su rostro, que había sido el de un hombre guapo, ahora estaba tapizado de pústulas y quistes; su aspecto era monstruoso. Al practicársele un análisis de sangre, se encontró que contenía una concentración elevadísima de un veneno llamado dioxina, sustancia que es materia prima para fabricar el herbicida llamado agente naranja, que se usó en la guerra de Vietnam. La dioxina hace proliferar unas células llamadas macrófagos que provocan una reacción inflamatoria exagerada. Con ella los poros se tapan con queratina y aparecen quistes que dan a la cara un aspecto horrible.

El envenenamiento de Yushchenko es sólo la repetición de un hecho ocurrido miles de veces en la historia. Los venenos, los envenenadores y los envenenados son una de las partes oscuras de la humanidad. El veneno es el arma del cobarde. El envenenador lo aplica en forma furtiva, fría y calculada; sabe que el envenenado padecerá un sufrimiento corto o prolongado y lo con­templará de lejos o de cerca para satisfacer el odio o los fríos cálculos de interés para terminar con él. Es la revelación de los más bajos instintos del hombre... o de la mujer, pues se cree que a lo largo de la historia o de la leyenda, ellas han sido las autoras, si no del mayor número de envenenamientos, sí de los más espectaculares.

Uno de los primeros descubrimientos del hombre es que, más allá de su belleza y utilidad como fuente de alimento y medicina, las plantas también matan.

¿Qué es un veneno?

Cualquier sustancia extraña que al penetrar en el organismo altera y deteriora su funcionamiento se considera un veneno. Por mucho tiempo su uso fue empírico, muchas veces ligado a la superstición y a la brujería. No fue sino hasta el siglo XX cuando el avance de la ciencia empezó a explicar los distintos mecanismos de acción de los venenos. Se puede decir en forma general que cualquier veneno interrumpe la secuencia natural de las cadenas de reacciones químicas que mantienen la vida celular, trastornando el metabolismo de los organismos y conduciendo a una catástrofe bioquímica que puede llevarlos a la muerte.

La dosis es factor clave para que una sustancia actúe como veneno. La misma sustancia que produce la muerte en el organismo en cierta concentración, en una menor puede actuar como medicamento y proporcionar alivio a algún padecimiento.

La belladona es una planta que contiene tres alcaloides considerados venenosos: hioscina, escopolamina y atropina. Estas sustancias se unen a los receptores de la acetilcolina, un neurotransmisor que hace posible la transmisión en el sistema nervioso autónomo y que controla funciones tan importantes como la respiración y el ritmo cardíaco. Al alterarse esta transmisión, puede sobrevenir la muerte. Sin embargo, la atropina en dosis bajas disminuye la intensidad de las contracciones intestinales y alivia los retortijones. Si alguna vez el oftalmólogo te ha dilatado la pupila aplicándote un colirio para poder examinar el interior del ojo, ha sido gracias al atropínico que hay en esas gotas.

La planta recibió el nombre de belladona porque en Venecia, en el renacimiento, surgió entre las mujeres la moda de emplear extractos de ésta para dilatar la pupila; decían que esto hacía que sus ojos se vieran más brillantes.

Arsénico, el "polvo de la sucesión"

Eliminar a alguien para heredar sus bienes o quitarlo de en medio para ascender o por venganza no era muy difícil de lograr en la Roma antigua si se contaba con un buen veneno. Los especialistas en conseguir la sustancia adecuada eran bien pagados. En el tiempo de Nerón, siglo I de nuestra era, una mujer gala, llamada Locusta, era la experta proveedora de la realeza de las dosis de arsénico necesarias para eliminar a quien la estorbara. De esta manera Nerón se deshizo de Británico, el heredero legítimo al trono, y de muchos más. El número de envenenados fue tan grande, que el siguiente emperador, Galba, mandó matar a Locusta.

En el renacimiento italiano, quien recibía una invitación a la mesa de la familia del papa Alejandro VI, o de su hijo César Borgia, tenía gran probabilidad de no seguir vivo al día siguiente. En la cima de la corrupción del poder, eliminaron a cuanto enemigo obstaculizara sus proyectos. Empleaban un veneno a base de arsénico llamado Cantarella y lo fortalecían con otros ingredientes como fósforo.

En el siglo XVII existieron dos famosas envenenadoras que preparaban sus pócimas a base de arsénico. Giulia Toffana se hizo célebre por su aquetta di Napoli, con la que al parecer envenenó a más de 600 y Hyeronyma Spara por su especialidad de instruir y proveer de venenos discretos y adecuados a las esposas que tenían maridos incómodos para convertirlas en viudas.

Los venenos con arsénico llegaron después a Francia, donde su popularidad creció y fueron el instrumento utilizado para adquirir una herencia o alcanzar un puesto. Todo el mundo los conocía como poudres de succession, polvos de la sucesión.

Una gran controversia, aún sin resolver, es la causa de la muerte de Napoleón. Siempre se dijo que había muerto a causa de un cáncer de estómago cuando estuvo exiliado en la isla Santa Elena. Sin embargo, estudios recientes del cabello que aseguran le perteneció, revelan un contenido de arsénico muy por encima de lo normal. Algunos creen que su muerte se debió a que estuvo inhalando arsénico del pigmento verde del tapiz que cubría la casa en donde estuvo arraigado; éste contenía arseniuro de cobre, más conocido como verde de Scheele. Otros aseguran que el arsénico le fue administrado por su asistente, el conde Montholon, quien pese aparentar serle 12leal siempre, según algunos historiadores, tenía el encargo de Luis XVIII de impedir su regreso a Francia.

Impunidad

La dificultad para comprobar el envenenamiento por arsénico u otras sustancias, explica la popularidad de los envenenadores. En el siglo XIX empezó a practicarse una prueba muy burda, pero en cierta forma efectiva. Se daban a comer a un perro o a un gato extractos del estómago y de los intestinos de la persona envenenada; si los animales morían, se consideraba que había habido envenenamiento. En este siglo, los envenenamientos con arsénico cobraron una popularidad escandalosa, pero a la mayoría de los envenenadores no se les podía comprobar su fechoría y salían libres. En 1832, el químico inglés James Marsh desarrolló un método que consiste en hacer una extracción acuosa del arsénico de los tejidos. Ésta se hace reaccionar con hidrógeno para formar un gas compuesto de hidrógeno y arsénico, que al depositarse en una superficie de vidrio, libera el arsénico en forma de una película gris metálica. Este método detecta cantidades pequeñísimas de este elemento. Con esto se inició la química forense, y empezó a disminuir la impunidad de los envenenadores.

El arsénico es un elemento que tiene gran afinidad con el azufre. Al penetrar en las células, se une a él en las proteínas que lo contienen. Las enzimas son proteínas indispensables para que se realicen las reacciones del metabolismo celular. Cuando el arsénico se combina con los azufres de la enzima, la inutiliza y provoca un caos bioquímico que lleva a la muerte celular. Actualmente, el antídoto empleado en el envenenamiento con arsénico es una sustancia llamada dimercaprol. Ésta contiene en su molécula átomos de azufre que tienen mayor afinidad con el arsénico que el azufre de las enzimas. De esta manera, lo atrapa, libera a la enzima y permite que ésta realice nuevamente sus funciones vitales.

A pesar del halo de maldad que existe sobre este elemento, un medicamento a base de arsénico, llamado Salvarsán, fue muy empleado para curar la sífilis antes de que hubiera antibióticos.

Los alcaloides

Se llama alcaloides a sustancias naturales que se encuentran en algunas plantas y que tienen un efecto fisiológico —deseado o no— en el organismo del hombre o los animales. Su estructura molecular es muy variada y lo único que tienen en común es que todas contienen en su molécula átomos de nitrógeno que les comunica un carácter alcalino al disolverse en agua, por lo cual se les dio este nombre. Se conocen más de 3 000 diferentes alcaloides.

La función que tienen dichas sustancias en las plantas no es bien conocida. Se cree que algunos sólo son productos de desecho del metabolismo de la planta. En otros casos, se ha visto que la concentración de estas sustancias aumenta antes de que se formen las semillas y disminuye después de la maduración de éstas, lo que hace pensar que quizá tienen algún papel en esta maduración. Otros alcaloides pueden ser producto de la evolución ya que, por ser tóxicos, protegen a la planta de los depredadores.

Muerte con olor a almendras

El cianuro de sodio al contacto con el ácido clorhídrico del jugo gástrico se transforma en ácido cianhídrico, el veneno más rápido y letal, pues 0.01 g es suficiente para matar a una persona en 30 segundos. Tiene un olor igual al de las almendras. Fue por eso que cuando se planeó envenenar a Rasputín, se puso cianuro en un pastel de almendras. Rasputín fue un monje ruso que a principios del siglo XX logró ganarse el favor de los zares Nicolás II y Alejandra. El hijo de éstos, el zarevich, padecía hemofilia, un padecimiento en el cual la sangre no coagula normalmente y al haber una herida, puede desangrarse y morir. Se dice que Rasputín, por medio de hipnotismo, podía contener la hemorragia cuando el zarevich sangraba. Esto llevó a la zarina a depender emocionalmente de él, y Rasputín influía a tal grado en ella, que su voluntad llegó a afectar los asuntos de Estado. Tanto incomodó a los miembros del gobierno la intromisión del monje y la protección que los zares le ofrecían, que se conspiró para envenenarlo.

No obstante ser monje, Rasputín llevaba una vida licen­ciosa; frecuentemente se le encontraba en comilonas y borracheras. Los cons­piradores lo invitaron a una cena en la que consumió varias porciones del pastel y vasos de vino que contenían cianuro como para envenenar a más de tres personas. Sin embargo, el monje no mostraba ningún síntoma de intoxicación. Fue tanta la desesperación de los conspiradores al ver su plan frustrado, que terminaron matándolo a tiros.

Es probable que Rasputín sufriera de anaclorhidria, falta de ácido en el estó­mago, y por esto el cianuro no pasaba a ácido cianhídrico. Pero en aquel tiempo se le atribuyeron al monje poderes diabólicos.

Un envenenamiento literario célebre

Entre los envenenamientos más célebres en la literatura está el de Emma Bovary en la novela del escritor francés Gustave Flaubert: Madame Bovary, publicada por primera vez en 1852. La protagonista, desesperada por todos los gastos que ha hecho en sus infidelidades, y aterrorizada de que la descubra el marido, decide envenenarse con arsénico. El autor, perteneciente a una familia de médicos describe con detalle el envenenamiento:

La despertó un sabor acre que sentía en la boca. Vislumbró a Carlos y volvió a cerrar los ojos. Se espiaba cuidadosamente para ver si sufría. Pero aún no experimentaba sufrimiento alguno. Oía el ruido del péndulo, el crepitar del fuego y la respiración de Carlos, que permanecía de pie junto a la cama. ";¡Bah, qué poca cosa es la muerte! —pensaba—. Voy a dormirme y asunto concluido."
Bebió un buche de agua y se volvió hacia la pared. El horrible sabor a tinta continuaba.
—¡Tengo sed!... ¡Mucha sed! —murmuró.
—¿Qué tienes? —dijo Bovary alargándole un vaso.
—No es nada… Abre la ventana… ¡Me ahogo!
Y unas tan súbitas ansias la acometieron, que apenas si tuvo tiempo para sacar el pañuelo oculto bajo la almohada.
—Llévatelo! ¡Tíralo! —dijo vivamente.
Carlos hizo algunas preguntas; pero ella perma­necía callada e inmóvil, por miedo a que la menor emoción la hiciese vomitar. Entretanto, un frío de muerte corría por todo su cuerpo.
[…] Emma comenzó a gemir, en un principio débilmente. Un largo estremecimiento sacudía sus hombros y se iba poniendo más lívida que las sábanas, en las que se hundían sus crispados dedos. Su pulso irregular era en aquel momento casi insensible. Algunas gotas de sudor brotaban de su azulado rostro, que parecía empaña¬do por un vaho metálico. Castañeaban sus dientes; sus desorbitados ojos miraban con vaguedad a su alrededor y a cuantas preguntas le hacía Carlos contestaba moviendo la cabeza; dos o tres veces llegó a sonreír. Sus gemidos fueron poco a poco haciéndose más intensos. Se escapó un sordo rugido de su pecho y afirmó que se sentía más aliviada y que se levantaría enseguida, exclamando a poco, presa de convulsiones: —¡Dios mío! ¡Esto es horrible! Carlos cayó de rodillas junto al lecho. —¡Habla! ¿Qué has comido? ¡Contesta en nombre del cielo! Y la miraba con infinita ternura, como jamás la habían mirado. —Pues bien; allí…, allí —dijo con desfallecida voz. Carlos se lanzó de un salto al secrétaire, rom¬pió el sobre y leyó en voz alta: Que no se acuse a nadie… Se detuvo, se pasó la mano por los ojos y leyó de nuevo. —¿Qué es esto?... ¡Socorro! ¡A mí! Y repetía incesantemente: "¡Envenenada!" "¡Envenenada!"

Tomado de la edición de Madame Bovary de la UNAM de 1972, de la Colección de Nuestros Clásicos, dirigida por Rubén Bonifaz Nuño y Augusto Monterroso.

El ácido cianhídrico está formado por hidrógeno y el radical cianuro que contiene carbono y nitrógeno. Su toxicidad se debe a que este radical se une fuertemente a un átomo de fierro que se encuentra en la enzima respiratoria llamada citocromo oxidasa, impidiendo que el oxígeno de la respiración se una al fierro y realice la respiración celular. El antídoto para este tipo de envenenamiento, que rara vez da tiempo de aplicar, es una sustancia llamada tiosulfato de sodio. Éste contiene un átomo de azufre que tiene gran afinidad por el radical cianuro y es capaz de secuestrarlo y dejar en libertad al citocromo para que éste realice su función respiratoria.

Por otra parte, el ácido cianhídrico ha tenido dos aplicaciones moralmente muy reprobables. Fue el gas empleado por los nazis para el exterminio masivo de judíos y también es el gas con el cual se ejecuta a los sentenciados a muerte en la cámara de gases en Estados Unidos.

¿Brujería o veneno?

Las muertes por envenenamiento no necesariamente son resultado de las maquinaciones de una mente asesina. En muchos casos extraños se creía que se trataba de brujerías o posesiones diabólicas. Antes de 1750 el promedio de vida era de 37 años; hoy en día es de 76. La gran mortalidad en aquella época, que era mucho mayor entre la gente pobre, se atribuía principalmente a hambrunas y enfermedades infecciosas. Sin embargo, ciertos datos señalan que en Europa, al norte de los Alpes y de los Pirineos, estuvo presente otro factor. En estos lugares la mortalidad aumentaba en la primavera y a principios del otoño, a diferencia de las enfermedades infecciosas, como la disentería y la tifoidea, que atacaban en verano, y los trastornos respiratorios, típicos del invierno. Esto condujo a buscar algún factor alimenticio como responsable de la mortalidad de primavera y otoño. En aquella época, el pan de trigo era un lujo que sólo disfrutaban los ricos. La población rural pobre sobrevivía con pan de centeno, de color café y mucho más duro. El centeno crece en latitudes donde los inviernos son húmedos y fríos y la temperatura veraniega rara vez llega a los 20°C. Si en estas condiciones climáticas el cereal no se seca perfectamente después de cosecharse y se almacena húmedo, crece en el grano un moho llamado Claviceps purpurea, conocido como cuernecillo de centeno. Éste contiene los alcaloides venenosos ergotamina, ergonovina y ácido lisérgico (LSD). La toxicidad de estas sustancias se debe a que interfieren con la acción de un neurotransmisor llamado dopamina, y esto provoca espasmos musculares, confusión y alucinaciones, además de ser abortivo. Al conjunto de síntomas se le conoce como ergotismo. Las zonas de mayor mortalidad en primavera y otoño eran las mismas en las que se consumía pan de centeno. Por otro lado, las regiones donde la muerte por ergo­tismo era muy frecuente también coincidían con poblaciones en las que había habido una intensa cacería de brujas. ¿Estaba el ergo­tismo relacionado con esto? Todo parece indicar que había una relación directa. En esos pueblos había curanderas que curaban con hierbas ciertos padecimientos como las convulsiones de la epilepsia. A estas mujeres se les atribuían poderes mágicos, pero cuando les llevaban un enfermo de ergotismo y sus remedios tradicionales fallaban, se les acusaba de haber embrujado al enfermo en vez de curarlo. Era algo semejante a las acusaciones de negligencia médica hoy en día. La coincidencia entre el pan de centeno, la mortalidad y la cacería de brujas se encontró en muchas poblaciones del norte de Europa, principalmente en Rusia, Francia e Irlanda; y también en las colonias inglesas americanas, como Nueva Inglaterra, donde nació la leyenda de las brujas de Salem.

Detección de sustancias tóxicas

La ciencia ha avanzado mucho desde la época en que perros y gatos eran usados como detec­tores de venenos. Hoy, la química analítica es capaz de identificar y cuantificar casi cualquier sustancia desconocida en el material que se investiga. La tecnología ha creado instru­mentos analíticos sofisticados capaces de detectar cantidades pequeñísimas de cual­quier veneno. Entre los más comunes están los cromatógrafos y la espectroscopía de masas o alguna combinación de ambos.

El primer paso para identificar el vene­no es separarlo de las otras sustancias. La cromatografía es uno de los procedimientos más usados. Se basa en la diferente movi­lidad de cada sustancia cuando se mueve entre dos fases, una estacionaria y una móvil. La primera, puede ser gas o líquido y la fase estacionaria puede ser sólida o líquida. La movilidad de cada sustancia depende tanto de su tamaño, como de la preferencia que tenga para asociarse con la fase móvil o la estacionaria. Por ello es posible separar los componentes de una mezcla según sus propiedades. El resultado de un estudio de cromatografía nos permite conocer el número de los componentes de una mezcla y las proporciones relativas en las que se encuentran. Ahora, es cuestión de saber qué es cada uno.

Una forma común de identificar­los es por su masa molecular. Ésta se mide en un espectrómetro de masas. La sustancia"sospechosa"; es bombardeada con una corriente eléctrica de alta energía. Así, las moléculas se convierten en iones que al viajar por un campo magné­tico se separan de acuerdo con su relación masa/carga. Actualmente existen bases de datos que contienen la información de las masas molecu­lares de todos los venenos conocidos. Comparando el resultado del estudio de masas con esta base es posible identificar a los candidatos más probables.

Uno de los instrumentos más precisos es el conocido como ICP (siglas en inglés de Induction Coupled Plasma) que es muy útil para detectar cantidades pequeñísimas de metales tóxicos como arsénico, antimonio, plomo y mercurio.

Tanto la ergotamina como la ergonovina, purificadas y en cierta dosis, tienen importante acción como medicamentos. La primera, por su acción vasoconstrictora, en el tratamiento de la migraña, y la segunda, por su acción sobre la musculatura uterina, en obstetricia.

Los criminales seguirán en busca del veneno perfecto: el que no se puede detectar. Seguirán apareciendo nuevas sustancias como subproductos de procesos industriales. Algunas de éstas podrían causar envenenamientos accidentales. Pero la ciencia tiene cada día más modos de detectar los venenos y de desentrañar su mecanismo de acción, lo que permite encontrar antídotos e incluso controlar sus propiedades para usarlo como medicamento.

Gertrudis Uruchurtu es química farmacobióloga. Durante 30 años fue maestra de química en bachillerato y es egresada del Diplomado de Divulgación de la Ciencia de la DGDC/UNAM.

 
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