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21 de octubre de 2017
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De letras

No. 226 El bibliotecario lector

En los años 90 surgió la idea de que la mente humana, de forma muy elemental, está compuesta de módulos que realizan tareas especializadas, módulos que ya traemos como parte de nuestra “programación”. Salta a la vista que clasificar, o categorizar, es uno de ellos; su estudio es parte de la psicología cognitiva y de la filosofía del lenguaje. La estrategia mental para hacer categorías puede basarse en un prototipo abstracto o en un ejemplar concreto para comparar. El uso de estas dos estrategias parece que activa distintas partes del cerebro.

Désele a un niño pequeño una serie de piezas diversas y tenderá a acomodarlas según algún criterio. Lo interesante es la decisión que se toma para el eje de clasificación. Este eje puede variar; por ejemplo, primero por color, o tamaño o material. Así, el carrito de bomberos estará en el “rojo” y luego en “pequeños” y después en “madera”. Más tarde, la criatura se dará cuenta de que hay casos limítrofes, difíciles de decidir: un carrito mitad verde y mitad rojo, por ejemplo. El niño con un módulo sano tomará una decisión apoyada en lo más evidente: si se ve más verde que rojo, por ejemplo.

¿Qué sucede en ausencia o descompostura del módulo? Cosas divertidas, enojosas y hasta tenebrosas. Les contaré dos casos notables. Uno, de la persona que ayuda en las labores domésticas de una cierta pariente; la otra, del bibliotecario de la escuela Héroes de la Constitución. La primera, a la que llamaremos doña M, nació, por lo que cuenta su familia, con dicho módulo mental estropeado. En casa de la parienta sucede que un día clasifica los cubiertos en cuchara sopera, tenedor, cuchillo y cuchara cafetera. Al día siguiente se fija en que el mango de unos cubiertos es rojo y de otros azul, así que hace bellos juegos completos rojos y azules. Pero después nota que unos pinchan y otros son redondeados... Cuando la parienta le pide que se ciña a un solo criterio, de ser posible el más directo y sencillo, doña M se suelta llorando porque no entiende en qué falló.

El bibliotecario escolar, le pondremos señor S, nació con el módulo en funciones, pero algo ocurrió, según cuentan sus colaboradores. Empezó clasificando correctamente Topología integral en “Matemáticas” y Recursos oceánicos en “Biología”, pero con el tiempo notaron que colocaba, por ejemplo, El lazarillo de Tormes en “Crítica social”, apartado que por cierto él inventó. Cuando los alumnos venían a pedir ese libro y el señor S no se encontraba presente, nadie podía ubicarlo. Pero debe estar en “Novela”, clamaban todos, lectores y empleados. Un día la directora de la escuela lo encontró a la hora del almuerzo leyendo una reciente adquisición, Pueblo en vilo. No le dijo nada; esperó a ver dónde lo colocaba. El primer día lo puso en “Historia”, pero luego decidió mandarlo a “Política”; abrió después el clasificador “Guerra cristera”, pero algo lo hizo virar a “Sociopolítica”, a la que al día siguiente añadió “Historia sociopolítica”.

El comité bibliotecario de la Héroes de la Constitución consideró que la confusión del señor S se debía a que leía los libros. Los miembros bromearon a sus costillas: esperemos que no se le ocurra clasificar los tomos de esas cosas que se llamaban enciclopedias. Dejen eso, comentó el profesor de física; imaginen cuando tenga que clasificar temas cuánticos... Al contrario, terció la maestra de feminismos, es ideal porque al rato las credenciales darán cuenta de los múltiples géneros de nuestros alumnos, y no la absurda dicotomía hombre-mujer, pues esto no es una dualidad onda-partícula.

Llamaron al señor S; lo mandaron de vacaciones y luego a tomar un curso. Reaprendió que es deseable que un bibliotecario jamás lea los libros que clasifica, pues no verá contaminado su criterio por consideraciones de contenido. Simplemente tomará las palabras clave como base para su clasificación. Pondrá, llegado el caso, El patito feo en “Infantiles” y no en “Aves” o, peor, en “Discriminación étnica”.

 

Ana María Sánchez

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