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18 de octubre de 2018
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De letras

No. 230 Callar

El verbo callar tiene varias acepciones, todas en torno a dejar de hacer ruido. Puede callar una persona, un violín, una rana o el viento. Una persona calla por conveniencia, por educación, por timidez... Callar es abstenerse de manifestar lo que se siente o se sabe. “Me gustas cuando callas y estás como distante” escribe el poeta Pablo Neruda, y uno intuye las posibilidades de ese silencio amoroso. El imperativo ¡calla! (o en infinitivo, a callar, o adverbiado de cariño, calladito) tiene tono de coerción, ya sea en un bando virreinal o en un regaño paterno, a los que uno se puede oponer callandito, es decir, de forma silenciosa y disimulada. Algunos sistemas de creencias, religiosos, políticos o sociales, tienen en mucha estima el callar de sus sometidos, pues ante cualquier disensión o cuestionamiento lo esgrimen, sea porque se atenta contra la patria, los dioses, las convenciones sociales o una combinación de intransigencias. Por supuesto, hay muchas maneras de hacer callar a quien no piensa o no cree como uno, sobre todo si uno piensa que siempre tiene la razón.

Los calla que me interesan aquí son tal vez menos conocidos; corresponden a la orden de abstenerse de expresar algo que causa incomodidad, principalmente porque no se le ve sentido o utilidad. Uno se refiere a la teoría cuántica y el otro al arte.

Para describir el extraño comportamiento de las partículas del microcosmos la mecánica cuántica ha alterado la lógica de la descripción clásica. Luis Estrada, el pionero de la divulgación de la ciencia en México, nos dice en su artículo “El mundo cuántico” que los físicos fueron proponiendo reglas cuya validez quedó cimentada sólo en su valor explicativo, y que a pesar de que las consecuencias del conocimiento cuántico son muy profundas y sorprendentes, todavía no se comprende bien su significado; por ejemplo, que la observación íntima del mundo microscópico produce perturbaciones inevitables, o que pueden existir correlaciones entre partes de un sistema que parecen independientes. Sin embargo, añade, se sabe que estas y otras rarezas no son obstáculos para diseñar experimentos que “claramente comprueban la ‘realidad’ de las descripciones cuánticas y que sugieren maneras de aprovecharlas en el terreno tecnológico”. Sobra decir que estas aplicaciones son ya parte de nuestro entorno cotidiano.

David Kaiser, experto en historia y filosofía de la física, explica brevemente cómo los desarrollos bélicos a partir de 1940 conllevaron un inusitado financiamiento gubernamental a proyectos científicos multidisciplinarios de resultados pragmáticos. Esta preferencia por lo útil “cosechó resultados impresionantes” y a la vez el rechazo de todo lo que tuviera que ver con la “interpretación” o, peor aún, la “filosofía”. Algunos físicos muy influyentes denigraban estas cuestiones incomprendidas o inexplicables por ajenas a la “física real”. Fue cuando se acuñó jocosamente el lema “¡Calla y calcula!”.

En otra realidad conceptual, el escritor italiano Italo Svevo nos habla de la necesidad que tienen algunos, sobre todo críticos de arte, de interpretar con palabras lo que ven, oyen o leen. Svevo afirma que el sentimiento es irracional, y que esto se confirma porque no tiene nada en común con la razón, ese producto del cerebro humano cuyo soporte es la lógica, ni con sus métodos ni con sus objetivos. Y el razonamiento, al contrario del sentimiento, está ligado a la palabra, en la que se apoya y que a la vez le impone límites. “Se puede desear, pensar un ideal de razonamiento que no use palabras, que esté en las cosas, pero es imposible hacerlo”. Solamente con el sentimiento decimos: “no tengo palabras para expresarme”. Se pregunta el autor de La corrupción del alma si en este caso el lema para disfrutar el arte sería “Sentir y callar”.

Ahora sabemos que razonamiento y emociones tienen más vínculos de los que se supuso, y también que las interpretaciones filosóficas de la mecánica cuántica son tan interesantes como la fisica real.

 

Ana María Sánchez

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