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25 de junio de 2018
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¿Cómo ves?
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De letras

No. 232 Chicle fosforescente

A pesar de la conseja de las abuelas sobre mascar chicle como actividad vulgar, especialmente si se produce con tronidos, sabios de todos los tiempos han dicho que mascar chicle estimula la concentración y reduce la ansiedad y el estrés, entre otros amables efectos, aunque también contribuye a tragar más aire y por tanto a expulsarlo, con lo que la concentración podría disminuir y aumentar el estrés social, me imagino. Hay muchas cosas que podría decir la ciencia del chicle: basta con leer el artículo “No pegues tu chicle” publicado en el No. 81 de ¿Cómo ves?

La campeona mascachicle de la literatura es Violet Beauregarde, personaje de Charlie y la fábrica de chocolate de Roald Dahl, obra que ya ha sido llevada a la pantalla en dos ocasiones. Violet es una niña maleducada que se saca el chicle de la boca para pegarlo tras su oreja o en otros lugares más públicos; además, suele gritarle a su mamá. Violet está orgullosa de los récords que ha roto gracias a su habilidad mandibular. Sin embargo, por su carácter competitivo y voluntarioso desoye los consejos del Sr. Wonka y termina inflada como un chicle bomba.

Confieso que, sin caer en esos excesos, me gusta el chicle, pero desde la tragedia de Chernobil yo no me meto a la boca cualquier cosa. Alimentos y golosinas pueden venir de los lugares más inesperados, y si uno no se fija en las etiquetas puede estar consumiendo roentgens (unidad de exposición a la radiación) de más, eso sin contar los rayos X y las radiaciones provenientes del espacio. Quedó para ejemplo de aplicación del principio precautorio no consumir leche de fosforescencia desconcertante. Pero esta reciente preocupación se debe más al conocimiento de los procesos de emisión de partículas y rayos energéticos, es decir la actividad de desintegración atómica, que a la fobia natural que esperaríamos tener por nuestra propia seguridad, como a los bichos ponzoñosos.

No sé si nuestros ancestros pleistocénicos tenían oportunidades de toparse con materiales radiactivos. Supongamos que un antepasado, un tal Ug, encontró casi a flor de tierra un pequeño depósito de petchblenda, una mezcla de óxidos de uranio y, con la misma curiosidad y reverencia que madame Curie, trajo una muestrita colgada al cuello. Primero pudo haberle pasado algo bueno (se convirtió en un varón iluminado) que después se trocó en desastre (acabó quemado), pero esto no ayudó a generar una aversión hereditaria a la fosforescencia, al menos no al mismo grado que otras aversiones a sustancias nocivas, como la que ocurre con los alcaloides tóxicos y el amargor. La posibilidad de envenenarse con los frutos de la belladona, por ejemplo, era indudablemente muchísimo mayor que la de toparse con un material que emitiera radiaciones nocivas. Ta vez por ello los humanos no desarrollamos una fobia ni siquiera a los colores extremadamente chillones, escandalosos y autoluminosos. Se ha mencionado en los libros de historia de la física cómo los trabajadores de la industria relojera se producían cáncer de boca al afinar con los labios el pincel mojado en un líquido radiactivo para pintar las carátulas fosforescentes de ciertos relojes. La fobia, insisto, se debe al conocimiento del fenómeno y no al fenómeno en sí.

Todo esto viene a cuento porque he visto en una mampara callejera gigante el anuncio de un chicle “ácido atómico”. Un ser con antenas de enormes ojos observa una pastilla de chicle naranja estridente cuyo contenido está a punto de desbordarse: un líquido viscoso de un azul fosforescente. Después de la invención de nuevos sabores y colores, los comerciantes llegaron a los efectos: chicles que pintan la lengua, que dan la sensación de calor o frío, picor extremo, explosivo, súper ácido, súper hiper ácido y ahora ácido atómico (esto último inimaginable). Me pregunto si obedecen a los gustos infantiles o si ya estamos en la era de las golosinas de diseño.

 

Ana María Sánchez

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