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15 de noviembre de 2018
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De letras

No. 235 El salto cuántico

“El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte…”

Así comienza “El guardagujas”, uno de los mejores y más famosos cuentos de la literatura latinoamericana. Vino a mi mente cuando llegué a una estación del metro normalmente repleta de estudiantes; por una rara coincidencia, ese día a esa hora estaba yo sola en el andén. Y como en el cuento, “alguien, salido de quién sabe donde” en lugar de una palmada suave me hizo una advertencia:

–No se acerque tanto a la orilla, no sea que pegue un salto cuántico.

Me volví rápidamente: era un vigilante de uniforme, aunque también podría pasar por jefe de estación. Me extrañó por supuesto la situación, pero más que nada lo dicho.

Como en el cuento, me miró sonriendo y yo le pregunté ansiosamente:

–¿A qué se refiere?

–Usted sabe… la vía… Se electrocutaría antes de que el tren se la lleve.

Francamente me sorprendió, pero contesté firme como el viajero del relato:

–¡Yo no estoy hecha para tales aventuras!

No se escuchaba ni remotamente el sonido compactado de un tren en el túnel.

–No estará insinuando que tengo cara de suicida…

–Ninguno la tenía. No antes de… Cinco al mes en promedio, ¿sabe?

Ahora sí me espanté. En el cuento de Juan José Arreola podía ser kafkiano que el tren no llegara a ninguna parte o que ni siquiera apareciera, pero la respuesta estadística del personaje real me había parecido un poco impertinente. Traté de distraerlo.

–Lo deben estar esperando arriba, en las taquillas. ¿No está usted contratado para vigilar las entradas monetarias?

–Yo no asisto en taquillas–, contestó sin inmutarse por mi intento de reproche. –Yo superviso que el usuario exhiba un boleto legítimamente adquirido.

–¿Acaso me vio brincándome los torniquetes? ¿Por eso me siguió?

Lo dije para suavizar la tensión; era una pregunta tan ambigua como la situación, como en la creación de Arreola, donde no se sabe quién está fuera de la realidad. Me miró y sonrió. Respondió con otra ambigüedad:

–No parece usted de los brincadores; más bien, pasaría por debajo del torniquete.

Un sudor fresco me recorrió a pesar del calor que hacía en el subterráneo y la falta de oxígeno. Entonces recordé su primera frase.

–¿Y por qué lo llama salto cuántico? Sería un salto cualquiera, en todo caso–. Me sentí más en mi elemento.

–Le podría llamar salto mortal, pero eso tendría una carga que quisiera evitar. Si alguien lo va a cometer, le daría alas; si no lo había considerado, podría darle ideas.

–Estoy de acuerdo. No le llamemos mortal, pero ¿por qué cuántico? Es un salto a secas, o saltote. O estilo astronauta, el gran salto. ¿Por qué cuántico? –insistí, más relajada–. ¿No será usted de esos que se curan con medicina quántica con q?

Reparé en que hablaba con un empleado del metro y me avergoncé; pero al igual que el guardavías, me respondió con toda corrección:

–No crea que me refiero a la altura o al alcance del salto. No es tanto – dijo mirando hacia las vías. –Ni siquiera haría falta saltar propiamente, digo, para llegar a la guía electrificada.

–Pero al paso del tren… –Y me arrepentí de haberlo dicho porque dio un discreto paso en dirección mía, por lo cual me alejé a mi vez.

–Me refiero a un cambio de estado de una sola vez, sin estados intermedios –explicó con voz neutra–. ¿No es eso un salto cuántico?

Afortunadamente se oyó el pitido del tren que se aproximaba, y entonces reparé en la multitud que ya se había reunido en el andén.

El empleado me hizo un guiño y sonrió bondadosamente. Por suerte, al contrario del cuento, no corrió ni saltó entre los rieles al encuentro del tren.

 

Ana María Sánchez

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