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25 de febrero de 2017
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Ojo de mosca

No. 103 Ciencia y belleza

Si en uno de esos concursos donde se menciona una palabra y se pide a la gente que diga lo primero que le venga a la cabeza se utilizara el vocablo “ciencia”, es probable que los pocos que respondieran con el término “belleza” serían científicos. Y es que, aparte de ellos, son pocas las personas que reconocen la profunda estética que encierra la visión científica del mundo.

Los ejemplos abundan: la elegancia y perfección de una demostración matemática; la simetría submicroscópica de una estructura química; la maravilla de reducir el comportamiento de un sistema físico a una simple ecuación, que sin embargo tiene el poder de predecir su comportamiento; o el encanto minucioso de una máquina diseñada y construida para cumplir su propósito con eficacia y precisión.

Ni hablar de la belleza natural, la que puede observarse a simple vista en el mundo que nos rodea y que ha sido inspiración para el arte de todos los tiempos. La ciencia revela cómo surgen los asombrosos colores de un atardecer —provocados por la interacción de la luz con las partículas de la atmósfera—, o los del plumaje de aves y flores tropicales. Nos explica los arreglos matemáticamente perfectos de la concha de un caracol, o de los estambres de una flor.

De hecho, muchas veces ha sido la belleza o “elegancia” de una teoría —su simplicidad, armonía, simetría…— lo que ha convencido a los científicos de su corrección, incluso antes de tener pruebas. Watson y Crick, al descubrir la estructura en doble hélice del ADN, afirmaron que “era demasiado bella para no ser cierta”.

A pesar de esto, la imagen popular supone que la ciencia no sólo no aprecia la belleza, sino que tiende a eliminarla. La ciencia explica cómo fenómenos antes misteriosos —un arcoiris, el nacimiento de un nuevo ser, el azul del cielo, el brillo de la Luna, la danza de los cromosomas en la división celular— son producidos por mecanismos completamente naturales y comprensibles. Y entenderlos parece quitar ese “misterio” detrás de la belleza de la naturaleza, sustituyéndolo por áridas explicaciones. Como si comprender un fenómeno impidiera maravillarse con él.

Quizá el problema, dijo el físico Richard Feynman, es que para apreciar la música de la ciencia hay que saber leer la partitura. La experiencia estética que nos ofrece la visión científica del mundo tiene primero que pasar por nuestra comprensión.

En el fondo, al igual que el arte, la ciencia sólo necesita un poco de preparación para ser apreciada en todo su valor. Sin duda, el esfuerzo vale la pena.

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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