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26 de febrero de 2017
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Ojo de mosca

No. 109 Principio de precaución

La ciencia no ofrece verdades: sólo conocimiento confiable. Y además cambiante, según vamos modificando, y quizá mejorando, nuestros modelos de la realidad. Ésta es una de las características que más critican quienes preferirían que la ciencia ofreciera verdades absolutas.

La crítica es comprensible: proviene de la necesidad que tiene todo ser humano —y todo ser vivo— de tomar decisiones. A veces es vital decidir si se debe huir de un animal, que puede ser un depredador, o si es mejor acercarse a él, porque es una posible presa. Puede que haya que decidir si se debe comer o no una fruta, que puede ser un buen alimento o bien resultar tóxica.

O puede que lo que se necesite decidir es si el fenómeno de calentamiento global que actualmente presenta la atmósfera de nuestro planeta es causado por el ser humano, o bien es un fenómeno natural (aunque esta posibilidad es cada vez más lejana).

En el primer caso, sería imperativo disminuir drástica y rápidamente las emisiones de gases de efecto invernadero, principalmente el dióxido de carbono. Pero esto tendría un costo muy alto para las industrias de todo el mundo, y para las sociedades e individuos que dependen de ellas.

Dejar de emitir gases de invernadero probablemente requeriría que los ciudadanos renunciáramos a muchas de las comodidades de que actualmente disfrutamos, o que tuviéramos que pagar precios bastante más altos por ellas. Esto, por supuesto, traería consigo problemas de desigualdad, pues los más pobres serían los más afectados… Como siempre, los problemas científicos, tecnológicos y sociales forman una compleja red que no puede separarse.

Pero si el calentamiento no se debiera a la actividad humana, no habría necesidad de todos estos sacrificios (aunque seguiría vigente el problema de qué hacer frente a los graves efectos que ya está causando el calentamiento).

Frente a estas dudas, la respuesta de la ciencia, incapaz de ofrecer certezas absolutas —sobre todo en problemas tan complejos como el clima— puede ser decepcionante y hasta desesperante. Por ello, a veces hay que recurrir a estrategias que permiten tomar decisiones aun cuando no haya certidumbre científica.

Una de ellas es el famoso principio de precaución, tan citado actualmente. Se basa en el sentido común: si existe la posibilidad, aunque no haya certeza, de que alguna acción humana cause un daño al ambiente o a otras personas, conviene tomar medidas para prevenir ese daño. Quien se oponga, tendría que probar que no hay peligro.

Usar el cinturón de seguridad no asegura la supervivencia en un choque. Y sin embargo lo usamos: aumenta nuestra seguridad. Por la misma razón, adoptar medidas drásticas para combatir el calentamiento global es la actitud más razonable para las sociedades de todo el planeta. Y no hay certeza, tampoco, de que no sea demasiado tarde.

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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