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18 de octubre de 2017
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Ojo de mosca

No. 131 Experimentar con animales

Qué tanto derecho tienen los científicos a utilizar seres vivos en experimentos?

Nadie se preocupa si en un laboratorio se utilizan plantas. Se las puede cultivar, cosechar, someter a diversos tratamientos y hasta cortar en pedacitos para analizarlas, sin incurrir en dilemas éticos.

Usar seres humanos, en cambio, es éticamente inaceptable, excepto en casos muy particulares (que los sujetos acepten participar voluntariamente en el experimento y que no sufran ningún daño).

¿Y qué pasa con los animales?

En el Génesis, primer libro de la Biblia, se lee: "Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza; y que le estén sometidos los peces del mar y las aves del cielo, el ganado, las fieras de la tierra, y todos los animales que se arrastran por el suelo".

A partir de eso, durante siglos nuestra especie dio por hecho que los animales habían sido creados para servirla, y se sintió autorizado a utilizarlos a su conveniencia.

Esto ha cambiado. Hacer experimentos con animales como perros, gatos o monos es una cuestión éticamente delicada. La comunidad científica internacional, y la sociedad en general, considera que éstos y otros animales tienen derecho a no ser sometidos a sufrimiento innecesario, y se han creado mecanismos para supervisar que se cumplan los requisitos mínimos para garantizar su bienestar.

Incluso, existen grupos de activistas extremos, que están dispuestos a destruir laboratorios de investigación donde suponen —sea cierto o no— que se los está "torturando".

No es una cuestión simple. Hay investigación importante, que busca curar enfermedades graves, y frívola, para garantizar la calidad de los cosméticos. Hay experimentos que pueden hacerse usando células en cultivo o simulaciones en computadora, y otros que sólo pueden realizarse con animales vivos.

Pero hoy contamos con una herramienta para guiar nuestro criterio: la teoría de la evolución, que muestra que las especies han ido dando origen a especies nuevas, en un proceso ramificado que puede representarse como un gran árbol. Las especies en una misma rama están relacionadas entre sí, y por ello comparten ciertas características.

El punto de vista evolutivo nos explica por qué experimentar con plantas —u hongos, bacterias, almejas y hasta insectos— no representa un problema. La característica importante es la presencia o no de un sistema nervioso lo suficientemente complejo como para sentir dolor. La evolución nos da así una base racional, basada en hechos, para justificar las reglas para el uso de animales en experimentación.

Como ocurre con frecuencia, la ciencia nos proporciona en este caso una base más firme para tomar decisiones que las creencias u opiniones personales.

comentarios: mbonfil@unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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