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16 de agosto de 2017
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Ojo de mosca

No. 133 Principio de precaución

Contra lo que se cree, la ciencia no siempre proporciona respuestas tajantes. Sobre todo en las fronteras del conocimiento. Visualicemos el conocimiento científico como un círculo que va creciendo a lo largo de la historia. En su centro está lo que sabemos con certeza casi completa, como que la Tierra es esférica o que el ADN es una doble hélice.

Al alejarnos del centro del círculo encontramos conocimiento más reciente que, aunque sólido, puede ser cuestionado. Las posibles causas del cáncer o el significado de la teoría cuántica son dos ejemplos.

Y en el perímetro del círculo hallamos teorías que todavía están en discusión: los expertos aún no han llegado a un consenso. Quizá queden dentro del círculo, o quizá fuera.

A veces estas teorías en duda afectan directamente al ser humano o al ambiente, como ocurre con la discusión sobre el calentamiento global o la siembra de vegetales transgénicos.

Se cree que el actual aumento de la temperatura atmosférica se debe a gases de invernadero como el dióxido de carbono, liberado por la actividad humana. Si es así, como estudios muy numerosos indican, sería urgente dejar de producirlo. Pero el costo de sustituir la tecnología basada en la quema de combustibles por otras fuentes de energía sería inmenso.

Y los vegetales transgénicos tienen el potencial de aumentar la productividad alimentaria para combatir el hambre, pero podrían contaminar los genes de cultivos tradicionales y causar un daño ecológico difícil de predecir y controlar.

¿Qué decisión tomar, en casos así, si ni los expertos se ponen de acuerdo? Desde hace algunos años se acepta que la solución más adecuada es el llamado principio de precaución, que indica que si hay razones para creer que una acción pudiera causar daño público o ambiental, y no hay certeza científica de que esto no ocurrirá, debemos abstenernos de realizar dicha acción.

Suena simple. Pero el balance de costos y beneficios es complejo: someter a la economía global a una presión adicional podría causar mucho daño innecesario. Y dejar de producir alimento necesario ante un posible daño al ambiente puede ser no sólo un error, sino una falta de ética.

Afortunadamente el círculo del conocimiento sigue creciendo; las incertidumbres van dejando de serlo. Hoy hay consenso casi total respecto al cambio climático: es claro que dejar de emitir dióxido de carbono debe ser una prioridad para todos los países. El asunto de los transgénicos no es todavía tan claro, pero sin duda la discusión e investigación continua ayudarán pronto a tomar la mejor decisión.

La ciencia puede ser útil y benéfica, pero también peligrosa. Por eso, el conocimiento que produce debe aplicarse con cuidado y sabiduría.

comentarios: mbonfil@unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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