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27 de febrero de 2017
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Ojo de mosca

No. 138 La ciencia básica es… ¡básica!

Cuando se habla de grandes empresas científicas como el Proyecto del Genoma Humano, que descifró la información genética completa de nuestra especie, o el Gran Colisionador de Hadrones, recientemente echado a andar para desentrañar varios de los misterios más profundos de la física, es común que surja una pregunta: ¿vale la pena?

La preocupación es válida: los dos proyectos mencionados tuvieron, cada uno, un costo aproximado de 10 000 millones de dólares. ¿Se justifica gastar esa cantidad en la llamada “ciencia básica”, en vez de invertirla, digamos, en combatir el hambre o la pobreza?

Pero la pregunta lleva ya, implícitamente, cierto prejuicio: que la ciencia básica “no sirve para nada”. Para nada más, claro, que para entender la naturaleza.

Se trata de un supuesto incorrecto. La ciencia no es una fábrica que pueda programarse para producir conocimiento bajo pedido. Si así fuera, ya tendríamos la cura del sida y el catarro común. La ciencia real trabaja de manera más bien desordenada y azarosa. Un investigador científico sabe dónde comienza su búsqueda de conocimiento, pero no a dónde lo llevará.

Este proceso continuo de exploración puede parecer poco eficiente… y en efecto lo es. Y sin embargo, de vez en cuando produce descubrimientos de tal magnitud que el mundo ya nunca vuelve a ser el mismo. Estos grandes hallazgos típicamente generan nueva tecnología que le permite a la humanidad hacer cosas que antes eran imposibles. Y esta tecnología, en países que saben aprovechar tales oportunidades, llega a generar industrias que mejoran su economía y elevan el nivel de vida de su población.

El descubrimiento de la electricidad, por ejemplo, en el siglo XVIII, no parecía ir más allá de un fenómeno curioso, pero básicamente inútil. Sus aplicaciones técnicas y comerciales comenzaron a aparecer poco después. Hoy una sociedad moderna sería impensable sin energía eléctrica. Algo similar ocurrió con el desarrollo de la electrónica y los transistores, antecesores de los actuales microprocesadores que hacen posible la computación y las telecomunicaciones.

Y la moderna tecnología de análisis del ADN, hoy usada constantemente en ciencia, medicina, industria e investigación forense, derivó de la ciencia básica que descubrió la estructura en doble hélice del ADN, en 1953.

La ciencia básica, lejos de ser inútil, es la raíz del árbol científicotecnológico- industrial que permite que algunos países —los que saben cuidar de él— pertenezcan al primer mundo, mientras que otros, carentes de una cultura que aprecia y aprovecha la ciencia, sigamos siendo parte del tercero. Invertir en grandes proyectos científicos siempre producirá, a largo plazo, beneficios mucho mayores que cualquier inversión que se haya hecho en ellos.

comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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