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16 de agosto de 2017
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Ojo de mosca

No. 143 La gran aguafiestas

La ciencia muchas veces se nos presenta como la Gran Dadora, la que hace posible lo imposible. Nos ha permitido volar como las aves, bajar a las profundidades marinas, curar infecciones antes mortales, observar lo invisible… Parecería que no hay límites para su poder.

Pero con bastante frecuencia la ciencia resulta ser, más que benefactora dadivosa, una gran aguafiestas.

Y es que, a diferencia del voluntarismo, esa forma de pensamiento mágico que promete que las cosas ocurrirán sólo porque las deseamos, la ciencia suele revelar las muchas maneras en que la naturaleza no se ajusta a nuestros anhelos. Nos muestra, por ejemplo, que no podemos causar —ni tampoco, por desgracia, evitar— fenómenos naturales como los terremotos o los huracanes. Tampoco curar muchas enfermedades, como el sida, el mal de Alzheimer, la diabetes y ni siquiera el catarro…

La ciencia también ha demostrado que no podemos, aunque imaginarlo sea sencillo, viajar al pasado, ni movernos más rápido que la luz, ni volvernos inmortales.

No podemos tampoco, aunque nunca deja de haber quien lo intente, sacar energía de la nada. La naturaleza impone sus límites como el más avaro de los contadores, y no permite obtener de un sistema más energía que la que éste originalmente contiene. Por ello, sin importar lo que avancen la ciencia y la tecnología que deriva de ella, será siempre imposible fabricar máquinas de movimiento perpetuo.

Y ni siquiera podemos aprovechar la energía disponible en forma total: muchas de las limitaciones de la naturaleza provienen de la segunda ley de la termodinámica, que afirma que "la cantidad de entropía de cualquier sistema aislado termodinámicamente tiende a incrementarse con el tiempo". En otras palabras, el desorden de un sistema aislado siempre se incrementa, y la energía utilizable se transforma en calor (la forma de energía más desordenada y menos utilizable).

Si nos atenemos a la imagen que se presenta en caricaturas, películas y novelas, un científico es una especie de inventor que, con sólo concentrarse y trabajar lo suficiente, puede producir máquinas que hagan cualquier cosa. Pero en el mundo real, el logro de los científicos muchas veces consiste precisamente en descubrir los límites: en revelarnos lo que no se puede lograr en este universo.

Antes que el engaño de creer que el mundo se acomodará siempre a nuestros deseos —que todo es posible—, los científicos prefieren desengañarse, aun a riesgo de pasar por aguafiestas. El primer compromiso de la ciencia es, ante todo, con la realidad.

comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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