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27 de febrero de 2017
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Ojo de mosca

No. 161 Científicos… ¿locos?

La imagen popular de los científicos, que vemos en novelas, películas, caricaturas ¡y hasta anuncios! —ya se ha comentado aquí— suele ser la de un personaje raro, despeinado y distraído. El típico científico loco.

También hemos comentado que en realidad los científicos son personas como cualquier otra. Y en efecto: los hay gordos y flacos, jóvenes y viejos, simpáticos y pedantes, nobles y tramposos (aunque la reputación de éstos no dura mucho tiempo), elegantes y desaseados, brillantes y atolondrados…

Pero hay que matizar. La ciencia es una actividad que tiene características muy específicas, y debido a ello suele atraer a personalidades de cierto tipo.

Como puede atestiguar cualquiera que tenga uno o varios amigos científicos, sí existen ciertos rasgos que de manera muy general comparten la mayoría de los científicos. Y varios de ellos pueden describirse, en cierta medida, como "raros".

Por ejemplo, cualquiera que estudie y logre terminar una carrera científica —y un posgrado, en caso de que quiera dedicarse a la investigación— tiene que poseer un cierto nivel de inteligencia, pensamiento abstracto y dedicación que están por encima de la media. No porque los científicos sean "mejores" que el resto de la población, sino porque se trata de requisitos necesarios para la profesión. Lo mismo ocurre con un deportista, que debe tener una condición física mejor que el promedio, o un cantante que requiere una voz más potente, afinada y educada de lo común.

Pero otra característica común en los científicos, y que es todavía más importante, es cierta obsesividad: un grado de gusto por los detalles, las rutinas, lo sistemático y, sobre todo, una gran pasión por su área de estudio.

Pedirle a un científico que nos hable de su tema de investigación es abrir la puerta a horas de conversación —que más bien tenderá al monólogo— en la que uno se da cuenta de cómo el experto dedica no sólo las horas de trabajo, sino las de reposo, los fines de semana, las vacaciones y hasta las de sueño a pensar sobre asuntos relacionados con su ciencia: a revisar datos e hipótesis, a leer y reflexionar sobre el trabajo de sus colegas, a planear nuevos experimentos y proyectos… Incluso es curioso ver cómo, cuando piensan en otros temas como la familia, el arte o la diversión, suelen hacerlo desde el punto de vista de su especialidad.

Y es que la ciencia, más que un trabajo, es una forma de vida. Es por ello que, para quienes viven fuera de ese mundo, puede parecer, a veces, una verdadera obsesión. Pero eso sí: una obsesión gozosa.

comentarios: mbonfil@unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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