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16 de agosto de 2017
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Ojo de mosca

No. 175 La ciencia ajena

Muchos conciben a la ciencia como una actividad especial, única, exclusiva, al alcance de sólo unos cuantos: en una palabra, ajena.

Y en efecto: viendo lo que aparece en la prensa, el cine o la televisión, o incluso en muchas novelas, clásicas o modernas, parecería que la investigación científica es algo que sólo se puede hacer en carísimos y complicados laboratorios (o en castillos tenebrosos), llenos de tubos de vidrio y aparatos ultramodernos. Y que sólo seres geniales (o locos), con cerebros privilegiados, luego de años de estudio —esto último es cierto— y vestidos, obligatoriamente, de bata blanca, pueden aspirar a ser científicos. De preferencia, si tienen cabello blanco y despeinado.

Pero además, parecería que para hacer ciencia se tiene que seguir un método especialísimo, único y muy difícil de aprender. Método que, cuando se domina, garantiza resultados pasmosos: una máquina del tiempo, un suero para volverse gigante o, más realistamente, la cura del cáncer. O, al menos, un auto volador, que seguimos esperando desde el siglo pasado.

Hacer ciencia —producir nuevo conocimiento confiable sobre la naturaleza— sería, entonces, una tarea sólo para privilegiados. Algo así como ser alquimista, sacerdote de una religión esotérica o miembro de un club secreto. Algo desconectado de los problemas, miserias y pequeños placeres de la vida diaria. Algo que, si bien nos dicen que es muy importante, en realidad no tiene nada que ver con el trasiego cotidiano de la familia, la escuela, el trabajo… Algo extraño y prescindible: una curiosidad que sólo le interesa a unos pocos, como la ópera o el coleccionar timbres postales.

La realidad es muy distinta. La ciencia, la verdadera (no la de las novelas o la televisión) es sólo un simple refinamiento del sentido común: de la lógica de todos los días que nos permite funcionar en un mundo complicado… y que ha permitido a nuestra especie sobrevivir a lo largo de su evolución.

Toda persona nace con la capacidad de discriminar datos y seleccionar los más pertinentes para llegar a una conclusión: agachar o no la cabeza ante la piedra que se aproxima, volver o no a comer el alimento que nos enfermó, decidir dónde es más probable que se halle el objeto buscado. Lo único que hace la ciencia es tomar esa lógica y perfeccionarla: buscar maneras de cometer menos equívocos con ella, y de someter sus conclusiones al escrutinio de otros, para reducir todavía más el margen de error.

Al final, la ciencia es sólo la aplicación sistemática —y colectiva— del pensamiento lógico y crítico. Algo que a todos nos es propio. Nada más, pero nada menos.

 

Martín Bonfil Olivera

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