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21 de agosto de 2017
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Ojo de mosca

No. 178 La imprescindible filosofía

La oposición entre ciencia y filosofía es tan vieja como tonta. Y como tantas discusiones inútiles, proviene de la ignorancia.

Por un lado, muchos de quienes se dedican a cultivar la ciencia tienden a despreciar la razón pura, con frases como "eso es sólo filosofía", dichas con un tono que implica que se trata de algo absurdo; de simples juegos mentales sin ningún valor. El ejemplo clásico son las discusiones medievales sobre cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler.

Por otra parte, hay filósofos que siguen construyendo razonamientos encadenados por la mera lógica, sin molestarse en voltear a ver el abundante conocimiento confiable sobre la naturaleza que la ciencia nos ofrece, y que con frecuencia nos sorprende pues va en contra de nuestro sentido común, de lo que hubiéramos esperado que sucediera. Muchas veces la ciencia contradice nuestra lógica. El reto es, entonces, interpretar lo recién descubierto bajo una nueva lógica.

Quizá el prejuicio de los científicos contra la filosofía nace de la historia de la ciencia. Se reconoce generalmente que la ciencia moderna es hija intelectual de la filosofía clásica desarrollada en la Grecia antigua, que privilegiaba el pensamiento puro como única fuente confiable de conocimiento.

La revolución científica, alrededor de los siglos XVI y XVII, rompió con esa tradición y, a través de la observación, la medición y la experimentación, demostró que el razonamiento que no está sustentado en los hechos corre el riesgo de ser engañoso. Laboratorios, microscopios y telescopios, experimentos, el registro detallado de los datos y demás herramientas que hoy asociamos con la ciencia moderna tomaron así un lugar central en el escenario.

Pero un científico haría muy mal en ignorar la importancia de la lógica y el razonamiento riguroso en la labor científica. Los datos son sólo la materia prima, pero es la razón la que los transforma en conocimiento. La labor intelectual de encontrar sentido a la información para transformarla en hipótesis y teorías, y hallar maneras de someter éstas a confirmaciones o refutaciones posteriores, es el corazón de la empresa científica. Claro, junto con la discusión crítica y abierta dentro de una comunidad de expertos, heredada también de la filosofía.

Aunque muchas ciencias no tengan un carácter eminentemente matemático, pocos científicos se atreverían hoy a desmentir la importancia fundamental de esta disciplina para la ciencia moderna. Sorprende, en cambio, que para muchos sea fácil descartar la formación filosófica como requisito indispensable en la preparación de cualquier científico (e incluso de todo ciudadano).

En ciencia la filosofía, como la matemática, no es opcional. Los científicos que lo ignoran lo hacen bajo su propio riesgo.

Comentarios: mbonfil@unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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