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18 de octubre de 2017
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Ojo de mosca

No. 196 Realidad y redes

Es común pensar que para hacer ciencia basta con observar sin prejuicios la realidad, recabar datos sobre ella y construir, mediante razonamientos lógicos, explicaciones —hipótesis— que le den sentido a lo observado. Luego, los científicos hacen experimentos para someter a prueba sus hipótesis, y a partir de los resultados, las mantienen o corrigen, o bien las desechan para sustituirlas por otras mejores.

Ésta es una buena primera aproximación para entender el quehacer científico. Pero es también un poco ingenua. ¿Por qué? Porque el conocimiento científico no simplemente se descubre: se construye.

El sentido común nos dice que usamos nuestros sentidos para percibir las cosas y así sabemos que existen. Parece simple: la realidad es lo que percibo.

Pero no lo es tanto. Para comenzar, porque nuestros sentidos pueden engañarnos. Hay alteraciones neurológicas que pueden causar que experimentemos imágenes o sonidos en forma distorsionada, o incluso ilusoria. Y no sólo cuando hay enfermedad: existen ilusiones ópticas, auditivas o táctiles que cualquier persona puede experimentar en forma reproducible. Que uno vea algo con sus propios ojos no siempre es prueba de que exista.

Más aún: cuando estamos dormidos y soñando, nuestro cerebro —que es quien construye, con la información de los sentidos, las sensaciones conscientes de ver, oír y tocar el mundo— nos hace creer que percibimos una realidad que no existe.

¿Cómo saber, entonces, que lo que percibimos no es una alucinación o un sueño? Sólo hay una forma: yendo más allá de la percepción individual y recurriendo a los demás. Una persona aislada no podría distinguir la realidad de una alucinación: sólo cuando otras personas perciben lo mismo podemos hablar de que algo es real. La realidad es acuerdo: producto de una red de individuos que comparten un consenso.

Y aún así, grupos muy grandes de personas han mantenido, a veces durante miles de años, creencias erróneas: por ejemplo, que el Sol da vueltas alrededor de la Tierra mientras ésta permanece quieta.

Por eso, la humanidad ha ido desarrollando, a lo largo de siglos, un método cada vez más refinado para estar lo más seguros posible de que lo que pensamos acerca del mundo es real. O al menos, que el conocimiento que construimos acerca de él es lo más confiable posible.

Pero la ciencia hecha por un solo individuo estaría también sujeta a distorsiones. Por eso es la discusión abierta, crítica y rigurosa en una red de especialistas, expertos en un tema, lo que lleva a construir los consensos científicos sobre qué es conocimiento confiable y qué no.

Para la ciencia, la realidad es producto del acuerdo, pero de un acuerdo sometido a prueba.

 

Martín Bonfil Olivera

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