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17 de diciembre de 2017
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Ojo de mosca

No. 199 Usar a los animales

El ser humano siempre ha convivido con animales. No sólo los silvestres y los de caza, sino los que domesticó mientras iba volviéndose humano.

Por muchos siglos se asumió que estaban ahí para ser aprovechados por nosotros. También se pensó que había seres humanos cuyo papel “natural” era ser esclavos. Pero conforme nos hemos ido civilizando y hemos reflexionado sobre nuestra relación con la naturaleza y los demás seres vivos, hemos cambiado.

Muchas sociedades modernas consideran que los derechos humanos son parte fundamental de toda persona. Al mismo tiempo, nos hemos convencido de que también los animales, en especial los que cuentan con un sistema nervioso de cierta complejidad, poseen derechos.

Dos tipos de actividades han sido especialmente criticadas por los defensores de los derechos animales. Una son los deportes y formas de entretenimiento en que se les utiliza y causa sufrimiento, como el toreo o las peleas de gallos o perros. Otra es el uso de animales en la experimentación científica. En el primer caso, porque se usa el sufrimiento y muerte de animales sólo como espectáculo. En el segundo, porque se cuestiona el derecho que tenemos, como especie, a utilizar a otros seres vivos capaces de sentir dolor o emociones, incluso si ello nos puede reportar beneficios enormes.

Es cierto: los animales usados en experimentación sufren. Desde hace décadas se han establecido y reforzado en todo el mundo medidas cada vez más estrictas para evitar, en la mayor medida posible, este sufrimiento. Pero es también cierto que, sin experimentos con animales, nos habría sido imposible obtener el profundo conocimiento que hoy tenemos de la anatomía y fisiología humanas, y desarrollar los tratamientos que hoy existen para incontables enfermedades.

El uso de animales en la experimentación científica es tan indispensable para el bienestar humano como su uso como alimento. En ambos casos hay opciones: usar un mínimo de individuos, técnicas que reduzcan el sufrimiento, sustituirlos por tejidos en cultivo o simulaciones en computadora, y otras variantes, en investigación; disminuir el consumo de carne o incluso promover el vegetarianismo, en el caso de los animales de cría. Pero estas soluciones no sirven para todos los casos.

Como ocurre en tantos asuntos, una visión de blanco o negro, que pretenda evitar de manera absoluta el daño a cualquier animal es tan poco aceptable como la opuesta: desdeñar o ignorar los derechos animales. Lo ideal es buscar un punto medio: un balance en que el costo —el sufrimiento animal— se reduzca al mínimo, y el beneficio para el humano sea máximo.

Es imposible dejar de utilizar a los animales. Al menos, hagamos que su uso valga la pena.

 

Martín Bonfil Olivera

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