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22 de octubre de 2017
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Ojo de mosca

No. 207 La inteligencia delegada

La memoria humana es limitada. Por eso a lo largo de la historia hemos ido desarrollando tecnologías que nos permiten pasar la información de nuestra mente a algún otro soporte físico: dibujos en una cueva, muescas en tablillas de barro, escritura en papiros y libros, y últimamente soportes digitales computarizados.

De nuestros cuadernos de papel a esas microcomputadoras que llamamos teléfonos inteligentes, todos nos sirven como memorias sustitutas, como prótesis mentales para recordar con más eficacia. (Mientras tanto, nuestra memoria intracraneal se deteriora: si perdemos nuestro teléfono, no somos ya capaces de recordar el número de nuestros familiares o amigos).

La inteligencia humana también es limitada y hemos buscado maneras de complementarla. La idea de tener un secretario o ayudante personal, por ejemplo, es una forma de delegar nuestra inteligencia en otra persona, que ejecutará por nosotros razonamientos y acciones que no tenemos el tiempo de hacer. Un buen secretario, es decir, uno inteligente, no tiene precio… así como uno malo puede ser una pesadilla.

Pero la tecnología es otro recurso para delegar cada vez más nuestra inteligencia. Un ejemplo son las reglas de cálculo y tablas de logaritmos usadas en buena parte del siglo XX, que permitían hacer de forma simple complicadas operaciones aritméticas. En los años 70, fueron sustituidas por calculadoras electrónicas baratas, que hicieron innecesario saber cómo multiplicar, dividir o sacar una raíz cuadrada. Actualmente estas calculadoras están incorporadas en nuestros relojes o teléfonos inteligentes. Esa parte de nuestra inteligencia la hemos dejado, de hecho, totalmente en manos de la tecnología.

Hoy se habla de "inteligencia artificial" y "ayudantes digitales" que comienzan, sí, a ahorrarnos la tarea de pensar en muchas de las pequeñas cosas de la vida cotidiana. Y se trabaja para desarrollar "autos inteligentes" que se manejen solos, entre otras maravillas. Quizá un día nuestras inteligencias digitales igualen o superen a la nuestra.

Pero no sólo la alta tecnología sirve para delegar nuestra inteligencia. También las cosas pequeñas pueden usarse para ello. Por ejemplo, las gráficas, cuadros sinópticos y mapas conceptuales nos pueden ayudar a entender mejor una idea. E incluso la modesta cajita que usan los pacientes para acomodar los medicamentos que deben tomar cada día lo hacen; la persona no tiene que concentrarse y prestar atención cada día para tomar las pastillas correctas: basta con que lo haga una vez a la semana (o que alguien lo haga por él, si la inteligencia del paciente ya no es confiable).

Poco a poco vamos estableciendo una simbiosis con las inteligencias externas que construimos, y que nos ayudan a vivir con más comodidad. La ciencia y la tecnología forman parte de nosotros.

Comentarios: mbonfil@unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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