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28 de abril de 2017
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Ojo de mosca

No. 210 Manipular la vida

Las religión y la literatura han hablado del riesgo de que el ser humano "juegue a ser dios". Al comer el fruto del árbol del conocimiento. Al armar una creatura con partes de cadáveres. O, más recientemente, al manipular los genes de un ser vivo.

Aunque desde los años 70 los biólogos moleculares hablaban de "ingeniería genética" para referirse al aislamiento, copia, corte y pegado de moléculas de ADN que introducían en células vivas para otorgarles nuevas funciones útiles. ¿Para qué? Para entender mejor cómo están hechas y cómo funcionan las células, y para modificarlas en nuestro provecho.

Desde hace unos 20 años, el estadounidense Craig Venter, uno de los biólogos más polémicos de la historia, decidió ir un paso más allá e intentar crear "células artificiales". Pero no en el sentido de crear una célula "desde cero" (a partir de compuestos orgánicos simples). Su plan era ir "desarmando" gen por gen una célula para descubrir qué genes son absolutamente indispensables para obtener una "célula mínima" que luego se pueda reprogramar con otros genes para producir biocombustibles, hidrógeno, medicamentos, o para degradar petróleo y otros compuestos contaminantes.

Venter eligió a la bacteria Mycoplasma mycoides, uno de los organismos con genoma más pequeño: sólo 985 genes (Escherichia coli, la bacteria más usada en biología molecular, tiene 4 300 genes, y el ser humano unos 20 000). En 2007, Venter y su equipo lograron purificar el genoma completo de M. mycoides e introducirlo en una célula de una especie cercana, Mycoplasma capricolum, a la que previamente le habían eliminado todos los genes. Se "reprogramó" así a M. capricolum para convertirla en M. mycoides.

En 2010, Venter repitió el experimento, pero usando un genoma de M. mycoides fabricado totalmente en el laboratorio: comprobó así que se podía reprogramar una célula con un genoma artificial.

Ahora, en 2016, el equipo de Venter reporta el resultado de la siguiente etapa de su proyecto: durante varios años estuvieron creando versiones incompletas del genoma de M. mycoides, con diversas combinaciones de genes, e insertándolas en M. capricolum para buscar el "genoma mínimo" con el que la bacteria pudiera sobrevivir. El resultado es una bacteria con sólo 473 genes (menos de la mitad del genoma completo).

Esta "célula mínima" podrá ser el prototipo para fabricar los organismos a la medida que Venter ansía. Pero será también una gran herramienta de investigación para entender mejor cómo funcionan las células vivas. Para empezar, ya reveló lo mucho que ignoramos: de sus 473 genes, hay 149 cuya función es desconocida.

Queda claro que antes de querer modificar con confianza la vida, nos falta entenderla más a fondo.

 

Martín Bonfil

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