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18 de septiembre de 2018
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Ojo de mosca

No. 232 Limitaciones

Un malentendido frecuente respecto a la ciencia es verla como infalible: un método a prueba de errores que produce verdades absolutas. Nada más falso: la ciencia es una labor humana, con todos los vicios y defectos que esto acarrea. Su virtud es ser una labor humana que ha hecho el mayor esfuerzo posible por superar sus humanas limitaciones.

En realidad la ciencia genera modelos, teorías, que buscan representar lo más adecuadamente posible el mundo natural para poderlo entender, predecir y a veces controlar. Lo hace por un proceso de aproximaciones sucesivas, por prueba y error, basado en evidencia. Ningún conocimiento científico es definitivo; está siempre sujeto a revisión y mejora.

Un ejemplo es la teoría de la evolución por selección natural, publicada por Charles Darwin en 1859. Explica cómo las especies de seres vivos logran adaptarse tan admirablemente a tantos ambientes distintos en todos los rincones del planeta. Lo logran, explica Darwin, gracias a que la herencia de padres a hijos es imperfecta: en la descendencia surgen variaciones que pueden hacer que algunos individuos estén un poco mejor mejor adaptados al medio que otros. Esto les puede dar ligeras ventajas que, a su vez, heredarán sus descendientes. Con el tiempo, se irán diferenciando más y más para formar distintas especies.

Por un tiempo pareció que la selección natural podría explicar absolutamente todo en biología. Pero luego comenzaron a aparecer sus limitaciones: casos que no podían ser explicados fácilmente con el modelo planteado por Darwin.

Un ejemplo: cuando envejecemos y rebasamos la edad reproductiva, la selección natural es “ciega” a lo que pase con nuestros cuerpos y las mutaciones que pudieran beneficiarnos. De ahí mucho del deterioro y las enfermedades propias de la vejez. Pero, según esta visión, la evolución también sería ciega a los genes que intervienen en comportamientos como la homosexualidad (no es que haya un “gen gay”, claro, pero sí hay factores genéticos que influyen, junto con la educación y la cultura, en la orientación sexual de una persona). Siempre han existido personas homosexuales a través de la historia (y en muchísimas especies animales). ¿Cómo pueden perdurar estos genes, si quienes los portan no se reproducen y son por tanto “invisibles” para la selección natural?

No hay una respuesta, pero sí algunas hipótesis interesantes. Una plantea que esos genes se heredan y seleccionan porque el individuo homosexual frecuentemente ayuda a cuidar a los hijos de sus hermanos: contribuye así a que los genes pasen a través de su descendencia indirecta.

¿Funciona esta explicación, o tendremos que modificar la teoría de Darwin? Ya lo veremos. En ciencia no hay verdades inmutables, sino preguntas siempre abiertas.

 

Martín Bonfil Olivera

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