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18 de octubre de 2018
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Ojo de mosca

No. 234 Frankenstein y la biología

En 1816, la escritora inglesa Mary Shelley escribió la novela Frankenstein o el moderno Prometeo.

Aunque popularmente se cree que trata sobre un monstruo, su verdadero tema es la ambición humana, que insiste en penetrar los misterios de la naturaleza, con resultados nefastos.

Se trata de una reelaboración del mito griego de Prometeo, el titán que creó a los humanos a partir de barro, y robó a los dioses el fuego para entregarlo a sus criaturas. En ambos relatos la sed de conocimiento es vista como algo peligroso, nocivo. Una visión francamente anticientífica.

Pero Frankenstein parte, además, de una idea biológicamente incorrecta. Como todas las buenas novelas de ciencia ficción —género del que es precursora—, retoma los avances recientes de la ciencia de su época. Shelley se basó en los trabajos del italiano Luigi Galvani, que en 1791 había demostrado la naturaleza eléctrica de los impulsos nerviosos.

En la novela, el monstruo creado a partir de cadáveres es animado a partir de la energía eléctrica de los rayos. Shelley retoma así, en forma modernizada, una de las ideas más antiguas del pensamiento biológico: el animismo, la creencia de que hay una “energía vital” que da vida a los organismos.

La idea es natural, y antiquísima. Después de todo, la única diferencia entre un cadáver y un ser vivo parecería ser ese “soplo vital” que se escapa en el último suspiro. Las religiones la equiparan al alma, una entidad espiritual. Shelley, y muchos después de ella, consideraban que podría ser algún tipo de energía natural, como la electricidad, la que cumpliera este papel.

¿Es así? Hoy sabemos que no. Siglos de investigación médica y biológica han llevado a descartar por completo el animismo, y a reconocer que la diferencia entre organismos vivos e inanimados no es algo tan sencillo como la presencia o ausencia de una vis viva, como también se le ha llamado. ¿Entonces?

Lo que hoy sabemos es que los seres vivos son sistemas enormemente complejos. Y estamos empezando a comprender que como producto de las intrincadas interacciones entre sus componentes materiales —átomos, moléculas, células, tejidos, órganos— surgen fenómenos emergentes: efectos que sólo aparecen en el sistema total, y no se pueden predecir a partir de sus partes.

La vida, así como la mente y la conciencia, parecen ser fenómenos emergentes de este tipo. Fenómenos complejos, pero totalmente naturales, y en principio explicables, comprensibles.

Hoy, aunque la visión de Frankenstein ha quedado totalmente descartada desde el punto de vista de la biología, la novela sigue siendo, sin duda, una obra maestra que vale la pena disfrutar.

 

Martín Bonfil Olivera

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