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17 de noviembre de 2018
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Ojo de mosca

No. 236 Elecciones

La base de la democracia es, idealmente, el pensamiento racional. Los ciudadanos votan de manera libre para elegir entre varios candidatos, tomando en cuenta las propuestas que presentan, su preparación, antecedentes y su equipo de colaboradores, entre otros factores.

Así, con base en información confiable, y después de meditar y razonar las distintas opciones, cada ciudadano escoge al candidato que le parece más adecuado, el que más le convence, y le otorga su voto.

Claro, los ciudadanos pueden equivocarse, o los candidatos pueden defraudar las expectativas depositadas en ellos. Pero normalmente el daño no es grave, pues las sociedades democráticas cuentan con mecanismos para minimizarlo: en primer lugar, las propias elecciones, que requieren que haya diversas opciones en competencia, y que sea posible la alternancia entre ellas: una democracia en la que siempre gana la misma opción no es una verdadera democracia. La competencia y la alternancia, junto con el principio de no reelección, garantizan que un mal gobernante no pueda durar mucho tiempo en el poder.

Por desgracia, las democracias ideales no existen: las opiniones, juicios y decisiones de los ciudadanos pueden ser manipuladas y sesgadas por información falsa, propaganda, prejuicios ideológicos y la natural tendencia humana a evaluar las cosas más visceral que racionalmente. Quizá por eso Winston Churchill dijo su famosa frase: “la democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las demás”. El caso extremo es una democracia disfuncional donde las decisiones de los ciudadanos no son más racionales que su decisión de a cuál equipo de futbol apoyar.

La democracia ideal es un sistema de competencia electoral en que los candidatos —y los partidos políticos que los apoyan—, si dan buenos resultados, seguirán obteniendo el apoyo ciudadano. En cambio, las opciones políticas que no den buenos resultados, o que no convenzan, no tendrán oportunidad de gobernar, y pueden llegar a desaparecer. Igual que los mercados, la supervivencia de los organismos en la naturaleza o la ciencia, la democracia es un sistema darwiniano.

Es por eso que Carl Sagan, en su libro El mundo y sus demonios, argumentaba que los hábitos de pensamiento científico —la libre circulación de las ideas, su confrontación con la evidencia y su discusión amplia, racional y crítica— eran esencialmente los mismos que necesita un buen ciudadano en una democracia, y que la educación y la cultura científicas ayudan a tener sociedades más democráticas.

La democracia perfecta es una utopía. Pero los buenos hábitos de pensamiento crítico y racional nos permiten acercarnos, así sea un poco, a este ideal.

 

Martín Bonfil Olivera

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